Un banquete de dialectos

Por Susana Illera Martínez


Paula intentaba asimilar su realidad, se encontraba lejos de su país, a las puertas de iniciar una nueva vida, y aceptarlo le producía ansiedad y tristeza. Era una calle como todas, pero no era su calle; tiendas por doquier, pero muy diferentes a las que conocía en su barrio; gente común y corriente, pero irreconocible para ella. 

«Bienvenida a Miami… ¡Ya estás en los Estados Unidos! ¿No era lo que tanto deseabas?», se repetía en la mente, mientras repasaba las razones que la convencieron para dar este salto a un país ajeno, abandonando todo lo que conocía y comenzar de cero. 

Antes de salir de Colombia, su vecino Alejo le entregó un papelito con el nombre y la dirección de un primo que había emigrado hacia tiempo y ahora era dueño de un almacén de electrónicos. Paula sabía que llegar a este país con un trabajo garantizado era un privilegio que muy pocos tienen, así que se propuso sentirse afortunada en medio de su desazón. 

—Mira, Paulita ―le dijo Pablo, dándole la espalda mientras acomodaba en la vitrina los celulares que acababan de llegar de China―. No porque seas amiga de Alejo quiere decir que no te va a tocar trabajar, ¿oís?  

—Sí, cómo no, don Pablo ―respondió Paula disimulando una leve incomodidad. Al rato se le acercó José, un muchacho venezolano encargado de las reparaciones, quien al verla un poco desanimada le buscó conversación.  

—No te agobies, vale… el hombre parece una ladilla, pero es buena gente. ¿Quieres cotufas?  

—¿Co… qué? ―preguntó Paula confundida mientras José le ofrecía algo de comer que para ella era crispetas.  

—Cotufas… bueno, vale «popcorn» ―le aclaró José con «comillas en el aire» y tono burlón.  

—Ándale que ya te he dicho que son palomitas de maíz, güey ―interrumpió Diego, el cajero mexicano.  

—¡Gracias! tengo mucho que aprender ―dijo Paula aceptando el bocadillo y sonriendo ante la amabilidad de ambos.  

Esa noche llegó exhausta al lugar donde se estaba hospedando; Teresa, la señora cubana dueña de la casa, la recibió y la invitó a sentarse a la mesa con los demás huéspedes del lugar. Teresa y Marcos, su esposo puertorriqueño, siempre tenían la misma discusión:  

¡Alabao, Marcos! ¿Ahora qué tienen los frijoles? 

 —¡Nena que se llaman habichuelas, no frijoles! ―refutó Marcos―. Nunca te quedan como a mí me gustan… Además, ¿cuándo te vas a poner a hacer un buen mofongo para que cambies un poco el menú ese?  

—Querrás decir fufú de plátano… ponte pa’ las cosas, ¡que te lo cocine tu abuela! ―concluyó frustrada Teresa.  

A Paula, este mar de palabras le pareció novedoso, y mientras Teresa y Marcos discutían, ella no perdía detalle para aprender que para unas personas frijoles no son habichuelas, ni frijoles, sino fríjoles, y aunque tampoco le sabían igual a los que preparaban en Colombia, son sabrosos y diferentes. Así que siguió comiendo mientras trataba de adivinar qué podía ser eso del fufú y el mofongo

Luego de la cena, Paula se hizo amiga de Jimena, una joven ecuatoriana que también se hospedaba con ellos. En la conversación, Jimena trataba de explicarle que el fufú y el mofongo eran algo así como el bolón de verde o el tigrillo, pero con otra forma y sin queso… Paula se quedó igual, sin entender. Fue a la cama pensando si algún día dejaría de sentirse como una extraña.  

Para Paula, todos los días parecían el mismo, pero ningún día era como el anterior. Aquel país de la libertad se le antojaba como una pequeña cárcel, donde sus recuerdos la encerraban sin dejarla disfrutar de lo que ahora podía tener. Al día siguiente en el trabajo, Paula se enfrascó en una discusión con José, quien defendía a capa y espada que las arepas venezolanas eran mejores que las colombianas.  

—Ya está bueno… ―agregó Diego―. La neta que las tortillas son mejores que sus arepas desabridas, ¿eh?, y por tanto hablar ya me entró el hambre… ¡Qué bueno que traje unos elotes para el almuerzo!  

―¿Elotes? ―contestaron en coro José y Paula. 

Diego soltó una carcajada y los dejó discutiendo ahora sobre mazorcas, choclos y jojotos.  

Para sorpresa de Paula, esa noche en casa no había fríjoles para la cena… Miguel, un dominicano recién llegado a Miami, había ofrecido cocinar su especialidad: mangú, que resultó ser muy parecido al fufúmofongobolón y tigrillo… y acabó por ser, además de la comida, el tema central de una agradable velada.  

Al poco tiempo, Paula aprendió que las crispetas también eran rositascocalecas y canguil. Que el banano podía ser cambur, la naranja era china y el aguacate palta. Que los patacones eran tostones y las tajadas… maduros o amarillos. Durante su aprendizaje comenzó a sentir que podía convertir su nostalgia en alegría y que todos los días podía escuchar y absorber cosas nuevas, convirtiendo esas calles y lugares ajenos en algo familiar. Que todos los que la rodeaban, pese a tener diferentes palabras y procedencias, siempre podrían compartir y tener algo en común.  

Así fue como Paula comprendió que no se trataba nada más de llenar su mente con recetas, o su estómago con diversas sazones, sino también su corazón con los deliciosos e inagotables manjares del banquete de dialectos. 

©Susana Illera Martínez 

Cuento tomado del libro: Lo que escribo en la arena (cuentos y otras cosas que se olvidan) 

Más sobre la autora en: www.susanaillera.com y en nuestra sección de Travesías lee la entrevista que tuvimos con ella.

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