La noche es de los desposeídos

Por Pedro Mieles-Cantos

La guerra había terminado hace 30 años atrás. Los bares, las cantinas, los cuartos de hoteles, las avenidas, las casas abandonadas, no serían jamás atestadas por la tan dichosa y llamada revolución. Ha llegado la era de la post-creación de libertad: niños y niñas perdidos que atraviesan la cuerda floja de la clarividencia: una mano sobre una mano que atenta contra laintriga del futuro, a la par que atenta contra su propia existencia. 

Revolución: una palabra mágica plagada de ideales ajenos a los propios. Revolución: esa palabra mágica moviéndose bajo los hilos invisibles de quienes sí nos pueden controlar; movimientos innecesariamente necesarios que nos ajustician el estilo de vida. Nos dieron todo: una vivienda, un lugar para mantenernos a salvo, un colegio al cual asistir, una universidad privada o pública, que tan solo nos diera la probada de la vida real: fiestas maratónicas que durarán hasta el amanecer: viajes estrambóticos que nos pudieran hacer deslumbrar lo que el verdadero sueño nos deparase. Nuestros padres dijeron: «Ellos no van a pasar por lo mismo que nosotros. Ellos no van a sentir el mismo dolor que nosotros sentimos».

Pero lo cierto fue que ninguna de sus palabras sería realidad. Tendríamos que ser demasiado imbéciles para pensar que la libertad solo se puede construir desde adentro. Todas esas imágenes. Todos esos videos. Todas esas formas. Todos esos estilos de vida regurgitando en las redes sociales, nos han carcomido.

El arte como tal, no existe. Solo nos queda una vaga encomienda del pueril desastre que arrastramos hace décadas. La música, significó protesta, a lo que ahora representa éxtasis y lsd y cocaína y marihuana. Arte, pintura y literatura, significó clarividencia y distopía ante una sociedad cada vez más y más industrializada, que dejó al ser humano, tan solo como una máquina autómata, a lo que ahora representa borracheras con orgías de alto calibre; cuerpos radicalmente deshumanizados, desprendidos por las alcantarillas, queriendo prevalecer con los mejores atuendos.

Es la mejor puesta en escena que gana la contienda de siempre. Pertenecer a un partido político también sustituye la falta de talento, la falta tajante de práctica, las noches en vela mejorando, destruyendo y reconstruyendo una obra para que esta sea ignorada, por personas con un vocabulario limitado, desentendido, aptos tan solo por contactos y contratos que se aprovechan de su falta de patria. Son: a-patriados. No existe nada para ellos más que el sueño utópico, de una vivienda alejada en las afueras de la ciudad, donde todo pueda nacer y crecer y prevalecer por la mera gracia de sus deseos.

Pertenecer tan sólo a lo que ellos piensan que es correcto.  Salvaguardando así tan solo a sus mártires más predilectos: Gilles Deleuze, Yuliana Ortiz, Mónica Ojeda, Friedrich Nietzsche, Nona Fernández, Roberto Bolaño, Mariana Enríquez, Dalí, Michel Foucault, Héctor Lavoe, Stevie Nicks, Miles Davis, Willie Colón, Celia Cruz, entre otros. Personajes con atractiva popularidad alcanzada en los últimos años.

La amargura, la miseria y la aventura desmesurada, ha llegado a ser tópico favorito entre los jóvenes artistas. Asemejando su vida a la de ellos. Buscando la misericordia en noches tristísimas de bohemia. Haciendo revolución en casas desconocidas. Haciendo revolución con un vaso de cerveza. Haciendo la revolución frente a una cámara web. Haciendo revolución, tan solo para ellos, observando las cuatro paredes, esperando que la pintura no se deshaga; queriendo escribir un soneto sobre eso, queriendo pintar un cuadro sobre eso, queriendo amortiguar la poca voluntad, con eso.

Cada canción, cada verso, cada partitura, cada pintura, cada videograma ha llegado a ser parte de un mismo mensaje: nuestra compleja atadura, también tiene que ser tu atadura. El mensaje es el mismo para todos: mata al imaginario, mata a la figura que te parió: mata a tu maestro: mata a tu ídolo. Pero caer y envolverse en el mensaje no daría lo mismo, si en la acción también se buscara esa meta. Muchachos y muchachas en cuartos de alquileres a 100 dólares el mes, en el centro de Guayaquil, compartidos con otros, de igual pensamientos, avalados por becas de próximos asesinados. 

La comida, la cocaína, los discos de Charly García, las botellas de cerveza, la marihuana y la impotencia, también van como regalo de sus padres. Y van por ahí, pegando los ojos en la pantalla de sus teléfonos celulares, escrutando con el dedo pulgar de abajo hacia arriba, fotografías de otros lugares, otras épocas, otras familias. Intentando ser parte de ello, queriendo ser parte de ellos, buscando la forma en la cual, su propia vida, deje de ser su vida, para convertirse en lo que siempre soñaron. 

Dejando a un lado la cuestión artística, la única pregunta es: ¿para qué? Los mismos mensajes, las mismas propagandas. Vulgares rostros carnosos hablando de lo que ellos mismos hacen en las calles. Vigilan y castigan a la par de que también sus acciones logran prevalecer en el altar, reconociéndose a sí mismos como dioses bajados de alguna nube imaginaria. Irnos por las ramas, también es una forma de esclarecer la realidad.

¿Qué es lo que verdaderamente cuenta al momento de que una obra salga a la luz?, su escritura, su ortografía, su historia, su sonido, su imagen, su mensaje, su trasfondo, el impacto provocado por aquella obra. ¿Qué es lo que de verdad tiene valor, al momento de ser un mensaje?, el significado, su significante, el hemisferio donde esa palabra significa algo, el número de popularidad que hemos de alcanzar. Si la historia deba de reescribirse, será desde abajo. Donde los verdaderos desposeídos están. En donde la noche ultraja de forma fácil y sencilla una vida.

No en cuartos pagos, donde las sonrisas blancas y fluorescentes están esperando a la próxima fiesta, no en donde los alguaciles de la verdad cortan fragmentos de novelas y películas, tan solo para que SU realidad sea. 

El arte en general ha perdido validez, porque ni la obra, ni la vida del artista es interesante. Todo ha devenido en una forma aburrida y rudimentaria de ver la existencia. Morir, solo es una palabra que toma fuerza cuando se vuelve palpable. Cuando al final de la noche ralentizas tu cuerpo y te das cuenta que nada de lo que has hecho tiene lugar, y te pones en marcha para lograr algo que valga la pena. El arte se ha denigrado hasta el bajo absoluto de basura politécnica accesible tan solo para gente rica, porque para eso nos han preparado: para una guerra sin cuartel.

Somos como animales castrados esperando a darle por detrás al primero que nos venga y viceversa. Escribir con rabia, es también saber que serás censurado y aún así, hacerlo. Entre la verdadera militancia, entre la verdadera revolución, el ARTE debería ser esa libertad luchada, una brecha, un puente en llamas dentro de un desierto congelado, dándonos la oportunidad de un nuevo comienzo.

¿Dónde está la fiesta que nos prometieron?

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