El otro Ezequiel 

Por Rosy Acosta 

Ezequiel siempre había sentido que no estaba solo, incluso cuando no había nadie más en la habitación. Desde que tenía memoria, una presencia lo acompañaba, una versión de sí mismo que nunca se alejaba: el otro Ezequiel. A veces, al mirarse al espejo, juraba que lo veía ahí, en el reflejo, no exactamente como él, pero lo suficiente como para saber que siempre estaba cerca.

Con el paso de los años, la sensación de estar doble se intensificó. A menudo escuchaba susurros, quejas, respiraciones pesadas al lado suyo, sobre todo en las noches en las que el silencio de la casa parecía ahogarlo. “El otro Ezequiel” era una compañía constante y familiar. Había aprendido a vivir con él, a escucharlo y a sobrellevar su presencia, como quien aprende a caminar con una sombra.

Cuando llegó a la vejez, Ezequiel se sintió más cansado que nunca. Con el paso del tiempo su salud se deterioraba, y todos sabían que su final estaba cerca. Pero lo que más lo inquietaba no era la muerte que veía venir, sino la repentina ausencia del otro Ezequiel. Desde hacía semanas, no lo escuchaba, no sentía su presencia. Esa queja constante, esa respiración al fondo del cuarto, se había apagado.

Un día, ya postrado en su cama, Ezequiel me miró con los ojos llenos de rabia contenida. “Estoy enojado”, dijo con voz rasposa. “No fui al funeral de Ezequiel”.

Lo miré extrañado, intentando entender a qué se refería. “¿Cómo sabes que murió?”, le pregunté.

“Es que ya no lo escucho”, respondió, entrecerrando los ojos como si buscara algo en la habitación vacía. “Ya no se queja. Ya no respira”.

En ese momento comprendí que el otro Ezequiel, esa presencia que lo había acompañado toda su vida, no era más que un reflejo de su propia conciencia. Y ahora, en sus últimos días, ese reflejo también había llegado a su fin.

La muerte se los llevaba a ambos.

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