Asquerosamente sentimental

It’s not like I’m falling in love,
I just want you to do me no good,
and you look like you could.

Arctic Monkeys, “No. 1 Party Anthem”

Por Juan David Cruz Duarte

I

Alguna vez un periodista le dijo a Jorge Luis Borges que algunos lo acusaban de ser un hombre frío. Borges, en su defensa, contestó que eso no era cierto, por el contrario, él se consideraba un hombre “desagradablemente sentimental.” También yo sufría de una condición similar.

Conocí a Nikole hace unos quince años, cuando ambos estábamos tomando una clase de literatura latinoamericana en la University of South Carolina. Ella era una hermosa pelirroja de ojos azules, y desde que la vi tuve la intención de hablarle. Sin embargo, siempre he sido un tipo tímido y me costaba mucho hacerlo.

Un día después de clase me llené de valor y me acerqué a Nikole. Entonces noté que era unos centímetros más alta que yo, y esperé que no fuera el tipo de persona que le da mucha importancia a ese tipo de cosas. Le pregunté cuál era su nombre y hablamos por unos minutos. Me dio su número de teléfono y le dije que la contactaría para que nos tomáramos un café el fin de semana. Sin embargo, cuando llegó el viernes y le escribí un mensaje, ella me contestó que iba estar muy ocupada trabajando en sus exámenes finales. La volví a invitar a salir un par de veces más, pero siempre estaba muy ocupada. Con el tiempo asumí que ella no tenía ningún interés en mí, y decidí dejarla tranquila.

El semestre terminó y comenzaron las vacaciones de verano. Yo conseguí convencer al director del departamento de que me diera una clase para enseñar en ese periodo, no tenía mucho dinero y necesitaba algún tipo de trabajo que me permitiera cubrir mis necesidades básicas. Pero hubo un problema con los pagos a los instructores de las clases de junio. Por razones burocráticas que no sabría explicar, sólo nos pagaron la mitad de nuestro salario cuando terminamos de enseñar los cursos. No recibimos la segunda mitad de nuestro sueldo hasta dos semanas después de terminadas las clases de verano. Fueron meses difíciles. Tuve que comer sopa Ramen por tres semanas seguidas. No es fácil comer sopa caliente todos los días cuando la temperatura en la calle supera los treinta grados centígrados. El exceso de sodio en este tipo de alimentos también me provocaba una sed inextinguible. Mi garganta era como un árido desierto, un seco y arenoso tubo hecho de cartílagos y tejidos blandos. Todos los días iba al campus en mi bicicleta, repitiéndome cada una o dos cuadras: “Qué calor tan hijueputa”.

A veces se hacía de madrugada mientras yo trabajaba en mi tesis de maestría, tecleando encorvado frente a la mesa del comedor. Un día, a eso de las cinco de la mañana, sentí que una sombra gigantesca cubrió el apartamento entero. Me di vuelta y alcancé a ver, sorprendido, un halcón enorme, planeando hacia el horizonte con las alas completamente extendidas. Este espectáculo se repitió varias veces ese mes, y por fin comprendí que el halcón estaba anidando en el tejado del edificio, justo arriba de mi apartamento. A veces lo veía traer ardillas y ratones muertos para alimentar a su polluelo, a veces lo veía volando hacia mi ventana, silencioso e imponente. No sé por qué, pero esto me daba ánimos para seguir escribiendo, para no tirar la toalla.

El verano terminó y comencé mi primer semestre como estudiante de doctorado. Mis compañeros y yo teníamos que tomar tres clases, enseñar dos, y prestar ciertos servicios extras al departamento. Adicionalmente, nuestros profesores y colegas nos recordaban constantemente la importancia que tenía publicar nuestro trabajo en revistas académicas reconocidas internacionalmente. Supongo que todos nos sentíamos algo agobiados de vez en cuando. Todo se hacía más difícil, como siempre, hacia el final del semestre, cuando el clima se hacía más frío, los días se hacían más cortos, y los profesores empezaban a hablar acerca de ensayos finales. Fue en una de esas tardes frías del incipiente invierno, mientras me preparaba un café en mi pequeño apartamento, que recibí un mensaje de texto de Nikole. No recuerdo muy bien qué decía, pero empezaba de una forma graciosa y algo inusual, era algo así como: “Hello, amigo”. Me escribía para invitarme a su iglesia; iba a cantar en el coro, y me dijo que le gustaría mucho que la acompañara. Aunque era una invitación poco convencional, y en verdad no quería ir a ninguna iglesia, me emocionó recibir su mensaje. Cuando estuvo listo el café me serví un poco en mi taza favorita, me paré cerca de la ventana, contemplando el hermoso paisaje, y sonreí después de beberme el primer sorbo. Luego tomé mi teléfono, que estaba sobre la mesa del comedor, y le contesté a Nikole que estaría encantado de verla el domingo.

El viernes en la noche algunos amigos me invitaron a comer, pero yo preferí quedarme en casa a terminar de escribir un cuento en el que había estado trabajando por un par de semanas. Me pasé la tarde del sábado trabajando en mis ensayos finales, y en la noche aparté un par de horas para releer y pulir el cuento que había terminado de escribir la noche anterior. A eso de las once y media terminé de trabajar en el relato. Decidí que ese era el último cuento que escribiría para la colección de relatos que había estado escribiendo por más de un año. Quería celebrar, encontrarme con algún amigo y tomarme un par de cervezas, pero era muy tarde para llamar a mis amigos. Las victorias y los logros literarios tienden a ser silenciosos, casi imperceptibles. Las publicaciones, los premios, las firmas de autógrafos, no hay que darles demasiada importancia a esas cosas. Un buen libro, un buen poema, un buen cuento son logros en sí mismos. Casi siempre tenemos que celebrarlos en soledad.

Pero yo no quería que ese momento pasara desapercibido. Me puse un saco gris y una chaqueta de cuero encima. Me calcé mis viejos tenis puma de color negro, y me puse unos guantes de cuero para proteger mis manos del frío. Después me fui caminando a mi bar favorito, The Whig. Este pequeño bar era un acogedor establecimiento que se encontraba en el sótano de un viejo edificio que muchos años atrás había sido un banco. Después de bajar las escaleras y cruzar la puerta principal descubrí, fastidiado, que el bar estaba repleto de gente; no iba a ser fácil encontrar un lugar para sentarme. Me acerqué a la barra y ordené una Guiness. Con la cerveza en la mano me dirigí a la vieja rocola. Tenía música de bandas como los Beattles, los Rolling Stones, Sex Pistols, The Clash, Weezer, Ramones, The Cure y Television. También tenía discos de Buddy Holly, Ella Fitzgerald, Frank Sinatra y Louis Armstrong. Metí un billete de un dólar en la vieja máquina, y puse a sonar alguna canción como “Oh Darling” o “Paint it Black”. Las paredes estaban adornadas con una heterogénea e iconoclasta combinación de animales disecados, cuadros de paisajes naturales y jaulas con esqueletos de pájaros muertos. Empecé a caminar ente la multitud. Quería encontrar una silla en un rincón y sentarme a beber mi cerveza en paz, siempre he preferido pasar desapercibido.

Por fin, vi que un hombre se levantaba de una silla frente a la barra y me abrí paso entre la multitud. Pude sentarme y terminarme mi cerveza. No había comido nada esa noche, así que tomé un menú que estaba sobre la barra. Estaba leyéndolo, pensando qué tipo de hamburguesa iba a pedir, cuando oí una voz a mi lado. “Pide el mac & cheese, es buenísimo”. Me di la vuelta, confundido, y me topé con dos ojos verdes que me miraban con una expresión desafiante y divertida. Me quedé sin aliento cuando vi el rostro inquisitivo y sonriente de una mujer hermosa que estaba sentada justo al lado mío. “Estaba pensando en pedir la hamburguesa”, contesté. Ella me miro muy seria y dijo: “Tú te lo pierdes”.

La joven de los ojos verdes y yo estuvimos hablando por un buen rato. Me preguntó cuál era mi nombre, y me dijo que ella se llamaba Kielecia. Le pregunté cómo se escribía eso y ella deletreó el nombre con una sonrisa burlona. Después me agarró del hombro y dijo en tono de broma: “Puede que sea negra, ¿sabes?” Al principio no entendí el chiste, pero cando lo entendí no me pareció tan gracioso. Pedí otra cerveza y le pregunté si podía invitarla a un trago. Ella me dio las gracias, pero dijo que prefería tomarse su gin & tonic con calma. Me preguntó qué estaba haciendo solo en el bar, yo le contesté que estaba celebrando. Ella me preguntó si era mi cumpleaños y yo le contesté que sólo estaba celebrando el hecho de haber terminado un libro de cuentos. Esto nos llevó a hablar por un rato acerca del libro que había publicado en Colombia el año anterior. Kielecia dijo que le alegraba conocer a un escritor “de verdad” (¿pero qué carajos es un escritor de verdad?), después me habló acerca de su amor por la literatura, el cine y la animación japonesa. También comentó que estaba tratando de aprender japonés por su cuenta.

Empecé a sentir mucho calor. Me quité la chaqueta y la colgué del espaldar de la silla. Kielecia sonrió y dijo que le gustaba mi estilo; mi camisa a cuadros y mi chaqueta de cuero le parecían “muy 1950s”. Me pregunté si sería una historiadora de la moda. Le dije que también me gustaba el abrigo gris que ella llevaba puesto. Me preguntó si no tenía frío; una chaqueta de cuero y una camisa le parecían poca protección contra el frío del invierno. Me abrí la camisa y le mostré la camiseta de algodón que llevaba debajo, una vieja prenda de color blanco con la cara de Albert Einstein estampada sobre el pecho. 

—¿Por qué Einstein?

—Bueno—contesté—, me gusta la física. Y me cae bien Einstein.

—No le vayas a decir eso a los conspiranóicos antisemitas.

—Es cierto—me reí de buena gana. Qué hijos de puta.

—¿Eres judío?

—No, creo que no.

—Yo soy parte cheroqui.

—Yo debo tener sangre chibcha y española, pero los chibchas no son muy conocidos en este país.

—Ten cuidado—dijo ella, mirándome a los ojos. Hay muchos neonazis y antisemitas en Carolina del Sur.

—Por eso compré la camiseta.

Me sentía muy bien. No era común que una mujer hermosa me hablara en un bar. Al parecer estaba haciendo algo bien. Ella se veía contenta. Hubo un par de silencios incómodos, pero eso es natural en cualquier conversación, en especial cuando dos personas apenas se están conociendo. Le di otro sorbo a mi cerveza y le pregunté:

—¿Y… vienes a este bar muy seguido?

—Vengo a este bar todo el tiempo. Vivo en el edificio de al lado.

—Es mi bar favorito—Ella me miró con algo de lástima. Luego se me acercó y me dijo en voz baja:

—¿Puedo darte un consejo?

—Está bien.

—Si quieres hablar con una mujer en un bar sólo decídete y háblale. No seas tan tímido.

—Pero… esta era la única silla vacía en todo el bar. No tenía planeado sentarme a tu lado. Claro… ahora me alegra haberme sentado aquí.

Después de esta breve charla, un hombre de unos cuarenta años se sentó a mi lado y pidió una PBR. Llevaba puesta una camiseta amarilla y lentes de marco grueso. Estaba peinado al estilo “honguito”, lo cual le daba la apariencia de un enorme niño envejecido. Kielecia le dijo: “Me gustan tus gafas”. El hombre sonrió, nervioso, y le dio las gracias. Pero luego mi nueva amiga remató su comentario con un extraño: “Pero tienes que hacer algo con ese peinado”. El hombre, confundido, respondió: “No me interesa mi peinado. Solamente vine por una cerveza”. Yo interrumpí la conversación para defender al desconocido. “Kielecia, creo que su peinado se ve muy bien. Él sólo quiere beberse su cerveza en paz”. Pensé que Kielecia iba a molestarse conmigo por haberme inmiscuido en la conversación, pero en vez de recriminarme, sonrió satisfecha. “Tienes razón”. Aunque era evidente que mi nueva amiga se había excedido con los tragos, esa sonrisa me decía que detrás de todo ese sarcasmo había un corazón bueno.

Kielecia y yo seguimos hablando por un rato, yo no había ordenado nada para comer y en el bar ya habían cerrado la cocina. Estaba considerando la idea de invitar a Kielecia a comer en Pita Pit cuando un hombre alto y fornido se paró justo detrás de mi nueva amiga. “Eres la mujer más hermosa que he visto”, dijo el intruso. “Mi nombre es AJ. ¿Puedo comprarte un trago?” Me quedé pasmado ante semejante desfachatez. “¿Quién se cree este hijo de puta?” (me pregunté frustrado). Me habría gustado que Kielecia lo hubiera ignorado, pero en vez de eso le dijo que le gustaba su ridículo gorro de gamuza. “Es muy hípster”, dijo ella. Otra vez la especialista en moda. Después de ver a AJ coqueteando con mi nueva amiga por un par de minutos me levanté para ir al baño. Tal vez ella creyó que yo había decidido irme del bar, y me dijo en tono cínico: “Adiós”. “Sólo voy al baño”, le contesté.

El baño del Whig era algo de otro mundo: las paredes estaban llenas de frases escritas con Sharpie: mensajes de amor y lujuria, citas de Bob Dylan, Slavoj Zizek y Noam Chomsky, versos de T.S. Elliot, y un inquietante mensaje sudamericano: “¡Viva Chile, mierda!” Mientras me lavaba las manos, me encontré con otro gracioso mensaje escrito en el espejo: “Don’t worry, you are beautiful”. Ese simpático letrerito me sacó una sonrisa, pero cuando iba a salir del baño que me topé con otro grafiti, escrito con marcador azul sobre la puerta, que me borró la sonrisa de golpe: “Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad, y muere por casualidad”. “Maldito Sartre aguafiestas”, me dije entre dientes.

Cuando vi a Kielecia hablando con el imbécil de AJ sentí una tristeza cansada, sin fuerza y sin odio, un hastío amargo en la boca del estómago. Decidí agarrar mi chaqueta y largarme de allí. Pero cuando ella vio que me acercaba a la barra me tomó del brazo y me pidió que por favor no la dejara sola con ese ridículo gigolo. No sé por qué, pero sus palabras me hicieron sentir importante. Le dije que sí con un movimiento de cabeza. Supe que la seguiría hasta el fin del mundo si ella me lo pedía. AJ le preguntó a Kielecia si tenía hambre, ella le contestó que sí, y me preguntó si me gustaría acompañarlos por algo de comer. Yo acepté sin mucho entusiasmo. Como casi todo en la ciudad estaba cerrado, sugerí que fuéramos a comer a Pita Pit, en Five Points. AJ tenía estacionado al frente del bar un auto que había alquilado al llegar a la ciudad (al parecer estaba en Columbia “por negocios”). Aunque era un modelo nuevo, el diseño cuadrado de la carrocería hacía que el vehículo pareciera una gigantesca caja de galletas. Le di instrucciones a AJ acerca de cómo llegar a Pita Pit. Una vez allí ordenamos pitas y falafel. Creo que me bebí una Coca Cola.

Cuando terminamos de comer, AJ sugirió que fuéramos a hablar al río. Me pareció una propuesta sumamente extraña, pero cuando vi que Kielecia parecía interesada en la idea decidí unirme al plan. Aunque una vez entramos a su vehículo AJ se ofreció a llevarme a mi apartamento, Kielecia dijo que ella prefería no ir al río si yo no iba también. Entonces AJ condujo hasta la orilla del río Congaree, estacionamos cerca de las enormes columnas que sostienen el puente que une a Columbia con West Columbia, y nos sentamos a hablar cerca del agua. La luna se reflejaba en la superficie tranquila, las estrellas pálidas brillaban en el cielo profundo como una nube de luciérnagas moribundas. Alguien (¿fue Kielecia o fui yo?) dijo que, hace más de doscientos años, el General Sherman disparó, desde esa misma orilla, sus cañones de artillería pesada contra la casa de estado. Todavía me pregunto si esos viejos cañones tendrían semejante alcance. Estrellas de cobre en las paredes de dicho edificio (que en ese entonces estaba todavía en construcción) marcan los lugares en donde la artillería de Sherman impactó la estructura. La brisa que soplaba a la orilla del río era helada. Kielecia temblaba, casi acurrucada, envuelta en su grueso abrigo gris. Habría sido absurdo ofrecerle mi chaqueta (que no estaba diseñada para ese tipo de climas), pero en vez de eso le ofrecí mis guantes. Ella me dio las gracias con una sonrisa y un movimiento de cabeza, pero declinó la humilde oferta. La luz eléctrica de los postes cercanos de se reflejaba en sus cálidos ojos verdes. Reprimí el impulso pueril de tomarla de la mano.

Eran casi las tres de la mañana cuando AJ nos invitó a bebernos unas cervezas en su habitación. Se estaba hospedando en un viejo hotel cerca del aeropuerto. A pesar de que no quería ir, seguí a Kielecia hasta allí, como lo habría hecho un manso perrito faldero. Ya una vez allí, mientras AJ abría su computador portátil para poner algo de música, yo me excusé para ir al baño. Alcancé a oír la voz de AJ, quien trató de prevenirme acerca de lo que iba a encontrar allí, pero era demasiado tarde: un enorme mojón café flotaba en la taza del baño, como un pequeño submarino de mierda que se prepara para un ataque sorpresa. Casi me vomito. Salí del baño dando pasos cortos hacia atrás. AJ trató de explicarme que las tuberías del baño se habían atascado. “No me sorprende”, respondí en tono insolente. Luego bajé a la recepción del hotel y usé el baño que había en la planta baja.

La mujer sentada detrás del escritorio de recepción era una ancianita de ojos grises y pelo blanquísimo. Me miró con una profunda y rabiosa desconfianza. Tal vez no le gustaban los latinoamericanos, o quizás le molestaba la música que había puesto AJ en su habitación, o tal vez imaginó que Kielecia, AJ y yo estábamos dándonos un descanso después de una alocada orgía. Antes de subir nuevamente a la habitación, le dirigí una sonrisa silenciosa, y me despedí con un rápido movimiento de cabeza.

Cuando abrí la puerta de la habitación, vi a Kielecia y a AJ sentados en la cama. Él le estaba hablando acerca de su trabajo como escritor (la casualidad no me resultó divertida) mientras acercaba su rostro al de ella; presentí que, en cualquier momento, el idiota intentaría besarla. Kielecia, incómoda, se inclinaba hacia atrás. No iba a caer en su juego fácilmente. Entonces el viejo zorro puso las cartas sobre la mesa: “Siempre he admirado a las mujeres empoderadas, a esas mujeres que saben ejercitar su sexualidad libremente”. Después de un breve silencio incómodo, el idiota me preguntó sonriente: “¿Por qué no te sientas aquí con nosotros? Creo que podríamos divertirnos más si nos sentamos todos juntos”. Confundido y algo nervioso, respondí, tal vez en tono brusco: “No, gracias. Yo soy un tipo tímido, ¿saben? No me gustan este tipo de cosas. Si quieren pido un taxi y los dejo en lo suyo. Lo lamento, pero estas cosas no son lo mío”. AJ me miró fastidiado, Kielecia aprovechó la oportunidad para decir que ya era muy tarde y estaba cansada. “¿Tienes el número de algún taxista?” Le respondí que sí. Me saqué el teléfono del bolsillo de la chaqueta y solicité un servicio. No sé bien por qué, pero AJ se sentó frente a su computador, abrió su blog, y se puso a leer uno de sus cuentos en voz alta. Afortunadamente, el taxi-dron llegó antes de que el entusiasmado escritor terminara de leernos su relato. Él se despidió de mala gana, yo tomé a Kielecia del brazo y salimos de esa habitación tan rápido como pudimos.

En el taxi, Kielecia me dijo que AJ era un gigolo egocéntrico, luego discutimos acerca del uso correcto de la palabra “gigolo”. Yo le aseguraba que era una palabra que sólo se puede usar para describir hombres, ella argumentaba que una mujer también podía ser descrita con ese calificativo. El taxi se detuvo frente al bar. Yo me ofrecí a pagar, y mientras buscaba el dinero en mi billetera Kielecia empezó a alejarse del vehículo. Me asomé por la ventana y le pedí que me diera su número de teléfono. Ella me pidió un papel para escribirlo, yo le pasé mi libreta de apuntes y un bolígrafo de tinta negra. Ella escribió su teléfono en la última página, se despidió con una sonrisa, y se echó a andar por la acera. Eran casi las cinco de la mañana.

Yo me bajé del taxi y traté de alcanzar a Kielecia, pero caminaba demasiado rápido. Al parecer no vivía exactamente “al lado” del bar. Resignado, y un poco confundido, caminé a mi casa. Mientras caminaba por la Blossom noté que el sol de la mañana comenzaba a elevarse por el oriente. Cuando entré a mi apartamento pude ver que el polluelo de halcón que vivía cerca de mi ventana asomaba su pico por un pequeño agujero. Quería darme una ducha y acostarme a dormir, pero había olvidado algo importante.

II

Mientras me duchaba recordé, alarmado, que le había dicho a Nikole que iría verla cantar en su iglesia. Haber conocido a Kielecia me había hecho reconsiderar mi “cita” con Nikole, pero me habría parecido terriblemente irrespetuoso dejar a la joven estudiante esperándome. Tampoco me parecía correcto cancelar nuestro encuentro a último momento. Así que me vestí, preparé un desayuno de huevos fritos con tocineta y tostadas, y me bebí una taza grande de café bien cargado. Pedí otro taxi, algo molesto por la idea de tener que gastar más dinero en transporte. Pero no había remedio, la iglesia de mi amiga estaba a las afueras de la ciudad, y no podía pedalear hasta allí.

Cuando entré a la iglesia fui recibido amablemente por un hombre alto y de pelo blanco, llevaba un traje gris oscuro y una corbata roja. Le estreché la mano y entré al enorme edificio, buscando a Nikole. Ella me vio, de lejos, y se acercó con una gran sonrisa. Sus hermosos ojos azules brillaban como diminutos zafiros eléctricos. Me presentó a sus amigos, un grupo de jóvenes que tendrían, en promedio, unos veinte años. Me sentí un poco viejo. Estreché varias manos que se extendían hacia mí. Un cansancio infinito había inundado mi pecho, me pesaban los párpados, y de vez en cuando sentía súbitos mareos. Nikole me dijo que me sentara en una de las bancas del frente. Me hice ahí, entre dos jóvenes muy amigables que me hacían preguntas que ya no puedo recordar. Me pareció extraño que Nikole hubiera decidido sentarse en otra banca. No tardé en darme cuenta de que los amigos de Nikole se habían sentado en dos grupos, uno de hombres y otro de mujeres. La situación me pareció absurda.

Nikole se subió al escenario. Yo le sonreí cuando nuestras miradas se cruzaron. La banda de la iglesia tocó un par de canciones de alabanza, el coro los acompañaba. Nikole se destacaba en el grupo, era la única pelirroja en el escenario. Después de que el tiempo para la alabanza terminó, Nikole y el resto de los miembros del coro volvieron a sus asientos. Un pastor joven empezó a predicar, era calvo y de piel tersa y negra. “Al menos es una iglesia integrada”, pensé. No recuerdo de qué hablaba el joven líder religioso. Mis párpados pesados se cerraban por momentos, y a veces cabeceaba, cuando la fatiga inundaba mi cuerpo. Mis músculos se sentían como bolsas de gelatina. “Tal vez no debí haber venido”. Creo que me quedé dormido por uno o dos minutos. Me despertó la voz del pastor que gritaba, furioso, que dudar de la existencia de Dios era algo que sólo las personas más estúpidas podían hacer. Dada mi condición de ateo, me sentí sumamente ofendido por semejante declaración.

Cuando terminó el servicio, Nikole me invitó a almorzar con sus amigos. Pensé que esa sería una oportunidad perfecta para conocer mejor a mi “nueva amiga”, pero cuando llegamos a un restaurante japonés descubrí asombrado que mis jóvenes acompañantes se habían dividido de nuevo en dos grupos: todas las mujeres se habían sentado en una misma mesa, mientras que los hombres nos sentamos en la mesa de al lado. Nikole y yo no cruzamos más de dos o tres frases ese día. Antes de salir del restaurante me preguntó si necesitaba que alguien me llevara a mi apartamento, yo le dije que sí, y ella me dijo que su amigo Perrie se encargaría de eso. Perrie era un joven apuesto y carismático, era moreno y alto, y usaba unos anteojos de marco dorado. Creo que él y Nikole eran los líderes del grupo de jóvenes de su iglesia. Perrie dijo que no había problema, él se encargaría de llevarme.

Así que Perrie, un amigo suyo y yo nos subimos al viejo auto del joven líder religioso. Habíamos andado por un par de cuadras cuando Perrie notó que necesitábamos detenernos en una estación de servicio para llenar el tanque. Mientras Perrie llenaba de combustible el tanque yo les pregunté a él y a su amigo si querían una Coca Cola o una botella de agua. Ambos querían agua. Cuando salí de la tienda al lado de la estación de servicio me sorprendí al ver a Perrie y a su amigo tratando de forzar la puerta del auto. Puse las tres botellas en el suelo y les pregunté a los dos muchachos qué había sucedido. Perrie me preguntó si yo había cerrado con seguro la puerta del lado del pasajero, yo le contesté algo como: “Por supuesto que sí, soy de Bogotá”. Me explicó que su viejo auto había estado en un accidente casi nueve años atrás, y su padre había tenido que reemplazar la puerta del lado del pasajero por otra puerta similar. La puerta del conductor estaba tan oxidada que sólo habrían podido abrirla con un soplete o con una sierra de uso industrial. Como el auto era un coupé, solamente tenía dos puertas. Estábamos jodidos. Nos tomó al menos una hora y media forzar la puerta del pasajero. Como Perrie era negro y yo latinoamericano, temía que algún policía racista viniera a importunarnos. Afortunadamente, el amigo de Perrie era un joven blanco de ojos verdes y pelo castaño. Además, todos nos habíamos vestido elegantemente para ir a la iglesia. Quizás, por estas razones nadie vino a fastidiarnos o a acusarnos de intento de robo.

Por fin pudimos entrar al vehículo y Perrie condujo hasta mi barrio. Pasamos al lado de una heladería y les pregunté a mis acompañantes si querían un cono de helado de vainilla. Invitarlos a un postre era lo mínimo que podía hacer después de tantos inconvenientes. Ellos aceptaron de buena gana. Frente a mi edificio, Perrie y yo intercambiamos números de teléfono. Durante los meses siguientes nos vimos un par de veces más, pero los esfuerzos del joven por llevarme por el camino del Señor terminaron por cansarme. Nikole y yo nunca volvimos a hablar. Años después los vi en la calle, Nikole iba empujando un cochecito con un hermoso niño adentro. A su lado estaba su esposo, Perrie. Ellos no me vieron, supongo que es mejor así.

Por otro lado, Kielecia y yo seguimos en contacto por varios meses. Un día, mientras comíamos hamburguesa en Flying Saucer en Vista, Kielecia me dijo que tenía un novio. Sim embargo, dejó claro que estaba aburrida de él, y que estaba considerando la posibilidad de dejarlo y buscarse una pareja nueva. Me preguntó, en tono burlón, si yo podría ayudarla a encontrar a un hombre adecuado para el cargo. Le contesté que yo estaba dispuesto a ser su nuevo novio, si estaba hablando en serio.

—¿Cómo eres para el sexo?

—Bueno… no sé. Soy bueno, supongo. Al menos promedio. Aunque es posible que esté algo oxidado.

—¿Algo oxidado?

—Bueno, qué sé yo… no me esperaba esa pregunta. Nunca me han dado ninguna queja.

—Es una broma. De todas formas, eres muy bajito para mí.

Tal vez Kielecia sólo trataba de ser graciosa. Yo no me reí, peo tampoco quería tener una disputa con ella. No hablé mucho durante el resto de la noche. Un par de semanas más tarde conocí a su novio en el Whig. No era un mal tipo.

Un par de semanas después del encuentro en el Flying Saucer, Kielecia y yo corrimos por las calles desiertas de la ciudad, era casi la una de la mañana y estábamos buscando un misterioso bar conocido como The White Mule. Pero siempre que decidíamos ir allí el bar estaba cerrado. A veces íbamos a jugar dardos o pool a un viejo bar llamado Old Man Louis. La especialidad del lugar eran sus shots de ostras y su horrible cerveza americana. Pero pronto me aburrí de ir a ese lugar; los hombres viejos que lo frecuentaban a veces miraban a Kielecia con lascivia y eso me incomodaba un poco. Pero decidí no regresar el día en que entré al baño y me topé con una bandera confederada cerca del lavamanos.

Kielecia y yo comenzamos a alejarnos tan solo un par de meses después de habernos conocido. Yo tenía demasiados exámenes por corregir, demasiadas clases por preparar, demasiados libros y artículos por leer. Un día Kielecia me invitó a su cumpleaños, me dijo que ella y varios de sus amigos se encontrarían para beber unos tragos en el Whig. Sin embargo, cuando llegué allí ella y sus amigos ya se habían ido. Cuando la llamé para expresar mi enojo me dijo fastidiada que todo había sido mi culpa por tardarme tanto en llegar. En mi defensa, no era una caminata corta.

Esa noche me senté en el pequeño cementerio que había cerca del bar. Encontré, entre la maleza, un par de lápidas antiquísimas. Usando la linterna de mi teléfono pude ver, en letras desdibujadas por el paso del tiempo, los nombres de dos jóvenes soldados confederados que murieron en combate durante la guerra civil. Junto a estas lápidas había una pequeña cruz de metal oxidado. Pude leer sobre la borrosa sigla CSA sobre la pequeña cruz. Estuve ahí sentado por quince o veinte minutos, tratando de entender qué estaba haciendo con mi vida. Mi relación con Kielecia no era saludable. Aunque no me alejé de ella completamente, cada vez nuestros mensajes y llamadas se hicieron menos frecuentes. Una tarde de verano, mientras bebía cerveza artesanal con un buen amigo, Kielecia pasó caminando por la acera. Creo que estábamos sentados frente al Hunter Gatherer. Recuerdo que ella venía con un hombre atractivo y bastante alto. Nos saludamos, y ella presentó al hombre como su nuevo novio. Años después supe que Kielecia se casó, pero no sé bien con quién. Esa fue la última vez que la vi.

Había pasado algo así como un año desde la última vez que me topé con Kielecia. Me sentí algo confundido cuando me di cuenta de que ella me había eliminado de sus redes sociales. Tal vez estaba tratando de dejar de beber o algo por el estilo. Traté de no darle demasiada importancia al asunto. En noviembre recibí la llamada de un amigo de mi infancia, iba a pasar el día de acción de gracias con su familia en Atlanta, y quería invitarme a pasar unos días con él. Yo acepté, compré un boleto de bus de ida y vuelta, y me fui para Georgia sin pensármelo dos veces. Mientras cenábamos con mi amigo y su familia sentí algo de nostalgia. Decidí escribirle un mensaje a Kielecia para desearle un feliz día de acción de gracias. Tal vez quería tratar de revivir nuestra extraña amistad. Le envié un mensaje corto: “Feliz día de acción de gracias, Kielecia. ¿Cómo has estado?” Ella respondió algo así como: “Gracias. ¿Quién eres?” Me sorprendió la idea de que Kielecia hubiera borrado mi número de su lista de contactos. A decir verdad, estaba un poco dolido. Decidí ignorar su mensaje, pero ella volvió a escribirme minutos más tarde: “¿Te conozco?” Como respuesta, simplemente le escribí: “No me conoces, no me conoces en absoluto”. Pero nunca oprimí el botón de “enviar”.

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