Por Edgar Larrea
Ódiame por piedad yo te lo pido, ódiame sin medida ni clemencia
Odio quiero más que indiferencia…. porque el rencor duele menos que el olvido.
Julio Jaramillo, “Ódiame”
Mi primer semestre en una escuela de posgrado en este país me había enseñado rápidamente, que iba a necesitar mucho más tiempo y (sobre todo) dinero del que disponía. Al final de esas primeras 14 semanas estaba realmente agotado física y mentalmente.
Echaba de menos mi vida anterior y los amigos que había dejado en Carolina del Norte. Como profesor de español de una escuela secundaria pública en un pueblito rural en el noreste del estado, había hecho pocos, pero buenos amigos en mis cinco años viviendo allí. Sin casi hispanos en el pueblo, ni familia en este país, los pocos americanos que había conocido en ese tiempo se habían convertido en mi único círculo de amigos. Ahora, a siete horas al sur, en una nueva ciudad, en un nuevo estado y con un nuevo trabajo y estudio, había que empezar todo de nuevo.
El estudio duro no me asustaba (la Facultad de Medicina de San Fernando en Lima me había preparado para cualquier cosa), pero la idea de tener que volver a vivir muy austeramente por los próximos cuatro o cinco años, sí (por eso me fui del Perú, coño). El sueldo que recibía como estudiante de doctorado era, por decir lo menos, asfixiante. Después de años de recibir un sueldo anual de tiempo completo, volver a vivir a punta de sopas Ramen y pizzas congeladas, Le Baron no era para nada alentador. Aunque la U me depositaba mi sueldito cada dos viernes sin falta, después de pagar mi parte de la renta y las cuentas básicas, era claro que siempre me quedaban todavía muchos días del mes para tan poco sueldo. Sobre todo, en el verano, cuando no me pagaban por tres meses y tenía que ver cómo sobrevivir.
Pero esa semana había sido diferente. Había cobrado cincuenta espléndidos e increíbles dólares por una traducción relativamente fácil. Entonces decidí premiarme y darme el lujo de ordenar una pizza decente con todos los toppings de la pizzería de moda de la ciudad y comprarme una botella de vino para mí solito. Hasta había separado $5 para la propina que le daría al repartidor. No quería que me viera como un estudiante latino, pobre y sin conciencia.
A los 20 minutos de haber hecho el pedido por teléfono, escuché aquel sonido por primera vez. Al comienzo pensé que alguien estaba abriendo una puerta vieja. Era un chirrido metálico, ronco, como un clavo rayando la pared.
“Ding dong”, sonó el timbre en el primer piso.
“Pizza for Gustavo!”
Bajé las escaleras corriendo descalzo, abrí la puerta y saludé al repartidor en inglés. Era un muchacho muy blanco y rubio, de mi edad, más o menos, pero muy delgado y mucho más alto que yo (a pesar de mis 1.85 metros de estatura). No pude dejar de notar que traía algo pegado, con trozos de cinta aislante, a la parte externa de la pierna izquierda, sobre su uniforme amarillo y rojo. Parecía una regla o algo así.
“It’s my ground wire”, dijo cuando notó que había ladeado la cabeza para ver mejor la extraña barra de metal, y soltó un ruidoso “ja,ja,ja” que hizo retumbar los pequeños vidrios de la puerta.
Yo tenía puesta una vieja camiseta que decía “Te amo Perú”, de esas que hizo popular el Chorri Palacios en el Perú, allá por los años 90.
“Peruvian? Oh my god, you’re kidding me??? Me toooo!!!!” Me dijo el repartidor con un fuerte acento sureño como el del Colonel Sanders.
“Oh, small world”, le dije. Debió haber sentido mi falta de emoción, porque en seguida me dijo en español: “Ya sé, tengo cara de gringo, ¿no? “ja,ja,ja”. Volvió a sonar la carcajada retumba-vidrios. “I’m Peruvian man! Mis padres trabajaban en Perú cuando yo nací, estuvimos 5 años allá y luego regresé a South Carolina para estudiar, mis padres son de aquí de Columbia”, dijo en un español casi sin acento. Yo estaba más interesado en la barra de metal pegada a su pierna.
Bert Lane había nacido en el Perú por casualidad. Sus padres eran médicos de Doctors Without Borders. Amaban Latinoamérica y a su gente, y se dedicaron por muchos años a recorrerla de cabo a rabo, ayudando donde más los necesitaran. Ellos habrían querido que Bert naciera en EE. UU., pero a los siete meses de embarazo (justo antes de que regresara para el parto) a su madre le detectaron placenta previa por exceso de trabajo: “Nada de agitarse y mucho menos volar hasta después del parto” dijo el médico. El destino había decidido que Bert naciera en el Perú.
Bert sufría pequeñas descargas eléctricas cada vez que tocaba una superficie metálica (pequeño inconveniente que sufren algunos). En su, caso como repartidor de pizzas, este problemita ya le había hecho tirar un par de pedidos al tocar el timbre con una pizza enorme de anchoas y otra de queso en las manos. “With all the toppings, man”. Desastres que tuvo que pagar de su bolsillo.
Alguien le había dicho que, para evitar las descargas, primero tenía que tocar las superficies con algo de metal. Se le ocurrió atarse una pequeña barra metálica a la pierna para así tener las manos libres todo el tiempo y olvidarse del asunto (y no volver a tirar por los aires otra pizza). “Qué interesante”, le dije, tratando de parecer interesado. “Bueno, aquí tienes”. Le di mi bien guardado billete de $5. Le pareció muy bien y desde el asiento de su camioneta, sonriente, me gritó al alejarse: “¡Adiós, amigo, viva Perú!”
“Gringo loco”, pensé. No pude evitar hacerme la pregunta clasista de cómo, a esa edad, un hijo de médicos americanos se ganaba la vida repartiendo pizzas.
No lo hacía. Bert trabajaba a tiempo completo reparando celulares en la gigantesca compañía de teléfonos americana de tres letras. Repartía pizzas y manejaba para Uber para ganar dinero extra y así poder pagar las cuentas médicas de su madre.
Sus padres se habían separado cuando él tenía diez años. Su padre dejó a su madre por una enfermera selvática que había conocido en Iquitos. Devastada, ella regresó a EE. UU con el pequeño Bert. Incomprensiblemente, ella empezó a tener problemas de habla y de memoria. Al poco tiempo ella fue diagnosticada con Alzheimer prematuro, algo como lo que tuvo Michael J. Fox, según pude averiguar luego. Ella solo tenía 41 años.
De esto ya hacía más de 10 años. Bert no pudo ir a la universidad, tuvo que estudiar una carrera técnica en un community college, encontrar trabajo y hacerse cargo de su madre, quien tuvo que dejar de trabajar por la enfermedad . Sus padres médicos, en veinte años de voluntariado por el mundo, no habían acumulado fortuna alguna.
Desde hacía un año, más o menos, Bert ya no pudo cuidar a su madre y tuvo que internarla en una casa de reposo. Hacía unos meses, ya no lo reconocía. Lo confundía con su padre y le recriminaba haberlos abandonado a ella y a Bert por aquella voluptuosa charapa.
Las agresiones se volvieron no solo más frecuentes, sino también físicas. La madre de Bert lo había empezado a agredir con lo que tuviera a la mano. Dos veces, las enfermeras tuvieron que quitársela de encima porque no dejaba de golpearlo. Los médicos le prohibieron regresar a verla por su propio bien, al menos hasta que pudieran controlar los ataques de ira de su madre al verlo. Esto lo había destrozado. Debido a su enfermedad, su propia madre (a la que él tanto amaba) lo odiaba, porque pensaba que él era su padre. Una ironía enorme.
Bert me contó esto un día que lo encontré en The Whig, ese dive bar en Columbia al que íbamos religiosamente los estudiantes de postgrado de la USC los fines de semana a contarnos nuestras penas, buscando algo de contacto humano fuera de las aulas. Bert me relató la historia con los ojos húmedos después que le preguntara por el ojo morado y el arañazo que traía en la mejilla. Pensé se los había hecho un cliente insatisfecho.
“I gotta go, today’s mom’s birthday”, me dijo apurando su cerveza la última vez que lo vi en aquel bar. Había comprado un pastel y unas flores para llevárselos a su madre al asilo. Ella muy probablemente se los tiraría por la cabeza y lo volvería a atacar, viendo en él al padre traidor. “Ella tal vez ya no sepa quién soy, tal vez ya no me recuerde, pero yo siempre sabré que, en la mente de esa persona que hoy me detesta, alguna vez vivió mi adorada madre”.
Vi a Bert abrir la puerta del bar, que se cerró detrás de él, preguntándome si, a veces, donde aún hay amor, el odio puede doler menos que el olvido.

Edgar Larrea nació en Lima, Perú. Tiene una maestría en enseñanza de español como lengua extranjera de la Universidad Nebrija en España. También estudió un doctorado en español y literatura latinoamericana en la Universidad de Carolina del Sur. Actualmente, es profesor a tiempo completo de español e ESL en la University of Maryland Eastern Shore en Princess Ann, Maryland. Vive en Delmar, Delaware.
