Por Ernesto Hernández
Bajo los cielos de México, tan amplios y brillantes,
la vida bailaba en colores, de la mañana a la noche.
Calles empedradas besadas por el sol,
eco de risas de niños en su rol.
Los mercados cantaban con voces claras y fuertes,
vendedores llamando: «¡Acércate, mi gente!»
El aroma de tamales, tortillas y especias,
un festín de infancia, ¡tan lleno de delicias!
Los papalotes volaban en la brisa vespertina,
mientras los sueños se alzaban sobre la colina.
Las posadas traían cantos y luz de vela,
romper la piñata era pura novela.
Historias de la abuela al calor del hogar,
de tierras antiguas y ríos al pasar.
Su sabiduría envuelta en melodías al dormir,
bajo la mirada plateada de la luna al surgir.
El ritmo de mariachis en días de fiesta,
llenando la plaza con alegría que se manifiesta.
Fe y familia, el dulce núcleo del corazón,
un amor tan profundo, que jura su unión.
Oh, México, cuna de mis primeros años,
un tapiz tejido con risas y desengaños.
Aunque el tiempo me aleje de esa tierra, tu esencia queda,
como arena que no se entierra.
Pero debajo de este cuento hermoso yace la verdad,
una historia de lucha que marcó tu realidad.
En un pueblo pequeño, lejos de la civilización,
la vida era sencilla, con mucha limitación.
La sombra de la pobreza siempre cerca estaba,
pero la resiliencia en ti siempre se alzaba.
Aunque el mundo estaba distante, tu espíritu volaba,
ante la adversidad, tu fuerza se restauraba.
