Creando en tierra nueva: Monica Villegas

Por VozEs

Migrar no es solo cambiar de país. Es desarmarse por dentro y volver a armarse con lo que queda. Mónica lo dice con una frase sencilla que lo contiene todo: “Migrar te mueve cosas que nadie va a entender hasta que lo haga”.

Ella es de Monterrey, Nuevo León. Llegó a Estados Unidos hace poco más de un año, después de que una situación de inseguridad tocara demasiado cerca a su familia. En México había comenzado algo pequeño y poderoso junto a sus hijos: un taller donde el arte servía como refugio para la infancia. Nació como una necesidad tanto para ella como para su comunidad.

En una ciudad grande, con parques que ya no eran seguros y jornadas interminables de padres trabajando, entendió que hacía falta un espacio donde los niños pudieran simplemente ser niños. Así comenzó Espacio Creativo, con lo que había a la mano: colores regalados por su hija, música, imaginación y reciclaje. Porque no siempre hay presupuesto, pero casi siempre hay cartón, botellas y voluntad.

Cuando cruzó la frontera, pensó que tal vez ese proyecto tendría que quedarse atrás. El idioma era una barrera real. La soledad también. De pronto ya no estaban la mamá, el papá, los hermanos, ni esa prima con quien tomar café un martes cualquiera. Solo estaban ella, sus hijos, su esposo y una sensación de vacío que muchas personas migrantes conocen demasiado bien.

Pero algo pasó rápido. Su hija habló con una maestra. La maestra llamó. Y Mónica, con su inglés todavía tembloroso, entró a una escuela para trabajar con estudiantes de educación especial. Dice que estaba nerviosa, pero entendió algo fundamental: la infancia no juzga el acento.

Espacio Creativo volvió a nacer, esta vez en Charlotte.

Lo que hace Mónica no es enseñar arte desde la técnica rígida. No hay líneas obligatorias ni colores correctos. Antes de pintar, hay un círculo de bienestar. Se preguntan cómo se sienten. Se estiran. Respiran. Luego sí, toman el pincel.

En su taller hay una regla clara: nadie puede juzgar lo que otro crea. Porque lo que sale del papel no es solo pintura; es emoción, identidad, memoria, frustración o alegría. Y eso no se corrige.

Trabajar con niños migrantes le abrió otra dimensión. Escuchó historias de desarraigo, de no entender el idioma, de sentirse perdidos en escuelas nuevas. Ha tenido pequeños que le preguntan si pueden ir todos los días. No por el dibujo en sí, sino por el espacio seguro.

También trabaja con adolescentes y adultos. Y ahí la diferencia es evidente. Los niños crean como si caminaran dentro de un sueño. Los adultos, en cambio, llegan más cargados, más condicionados, más temerosos de hacerlo “mal”. Con ellos, el proceso requiere cuidado. Porque una palabra puede desbloquear o puede cerrar.

El reciclaje se convirtió en parte esencial de su metodología. No solo porque el presupuesto sea limitado —que lo es—, sino porque hay algo profundamente simbólico en transformar lo desechado en algo bello. Cuando les propone pintar botellas o construir esculturas con cajas, al principio hay sorpresa. Luego hay descubrimiento. Y después hay orgullo.

“No es basura”, les dice. Y en esa frase cabe más que el material.

En este año, Mónica ha tenido más de ocho trabajos distintos. Ha trabajado en restaurantes, en construcción, pintando, cuidando gatos. Se pone distintos uniformes según el día. Un día la playera de Espacio Creativo. Otro día el chaleco de obra. Otro, el uniforme invisible de madre migrante sosteniendo todo. Ella misma lo describe como una comedia romántica donde cada jornada es distinta.

Pero debajo de esa multiplicidad hay algo que no negocia: su esencia.

Podría haberse quedado detrás del estigma, detrás de la etiqueta de migrante, detrás de la idea de que las mujeres mexicanas solo están aquí para limpiar o cocinar. En cambio, eligió tocar puertas. Presentó su proyecto en escuelas. Organizó talleres gratuitos para integrar familias nuevas. Se presentó en el consulado mexicano con un PDF bajo el brazo. Buscó museos. Buscó oportunidades. No desde la grandilocuencia, sino desde la convicción.

Porque si algo tiene claro es que lo que predica a sus estudiantes también se lo debe a sí misma: no perder la esencia.

Espacio Creativo hoy no es solo un taller. Es una forma de reconstruir comunidad cuando la red se ha roto. Es una manera de decirle a un niño que su voz importa, aunque hable otro idioma. Es la prueba de que el propósito también cruza fronteras.

Y que hay cosas como la imaginación, la vocación, la capacidad de sostener a otros, que no se quedan del otro lado del mapa.

Conoce más de Mona y Espacio Creativo en su instagram

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