Por Sorayda Díaz
En 2005, José Gregorio Barrios conoció en Caracas a un hombre que vivía en la calle. Estaba enfermo y pedía dinero para comprar sus medicamentos, pero algo hizo que José se detuviera a conversar con él. Los encuentros se repitieron y, poco a poco, aquel hombre comenzó a contarle su vida.
Había tanto que José un día se lo dijo: tu vida da para un libro, para una historia.
“Bueno, pero escríbela tú y me enseñas a leer para que yo después la pueda leer también”, le respondió.

José aceptó. Mientras comenzaba a escribir su historia, comenzó también a enseñarle a leer. Las dos cosas avanzaron durante un tiempo, hasta que en 2007 el viaje de José a Estados Unidos interrumpió las lecciones y dejó aquella historia inconclusa.
Por entonces José ya era maestro. Había estudiado para ser profesor de inglés en Venezuela y había tenido también una breve experiencia en el mundo editorial, pero no se consideraba escritor. De hecho, después de varios libros publicados y un reconocimiento literario, todavía prefiere otra manera de nombrarse.
“Soy un maestro que escribe”, dice.
Quizá por eso su primer libro tenía que comenzar de esa forma, no con la intención de convertirse en escritor, sino con una historia que alguien le pidió contar y una promesa que involucraba también enseñarle a leer.
José llegó a Estados Unidos en 2007 como parte de un programa que reclutaba maestros extranjeros para trabajar en zonas rurales. Su primer destino fue un pequeño pueblo de Carolina del Norte, de apenas unos cientos de habitantes. El plan original era quedarse tres años, pero el distrito escolar quiso retenerlo y terminó patrocinándolo. Más adelante se mudó a Greensboro, donde ha continuado trabajando como educador, enseñando inglés como segunda lengua, español y life skills.
La historia de aquel hombre en Caracas viajó con él, repartida entre una libreta y papeles que José guardó durante años. Fue durante la pandemia, en 2020, cuando regresó a esas notas, organizó el material y finalmente terminó el manuscrito que había comenzado quince años antes.
Lo envió a una editorial mexicana y fue aceptado.
El libro se convirtió en El Dios Mandingo, una historia basada en la vida de aquel hombre, a la que José incorporó elementos de realismo mágico.
Pero hay una parte que sigue pendiente. José no ha podido entregarle el libro. La última vez que vio al hombre que lo inspiró fue en 2013, durante un viaje a Venezuela. Para entonces, recuerda, su situación había mejorado y había conseguido vivienda. Desde ese encuentro no sabe dónde está.
Sus libros parten muchas veces de personas, recuerdos y experiencias que permanecen con él, pero también de una Venezuela que, después de casi dos décadas viviendo fuera, reconstruye inevitablemente desde la distancia.


José reconoce que no es lo mismo escribir sobre un país cuando se vive dentro de él que hacerlo desde afuera. La distancia modifica la mirada y vuelve importantes detalles que antes podían pasar inadvertidos. En sus historias aparecen sabores, costumbres y escenas cotidianas que quizá nunca se habría detenido a describir si todavía estuviera allá.
No necesariamente decide escribir sobre ellas, a veces simplemente llegan. Puede estar haciendo cualquier otra cosa cuando una idea comienza a perseguirlo y termina anotándola en una hoja, una libreta o incluso una servilleta.
“Es como un monstruo que dice: tengo que salir.”
Así puede terminar escribiendo un capítulo sobre la chicha, por ejemplo, no porque haya decidido explicar una bebida venezolana, sino porque extraña su sabor y su textura. Después descubre que ese recuerdo tan personal puede permitir que alguien que nunca ha estado en Venezuela conozca un pedazo del país.
“Leer alguna de las historias les permite viajar, como conocer Venezuela sin haber pisado nunca el suelo.”
Otras historias tardan mucho más en encontrar la forma de salir.
Después de la muerte de su padre, José conoció a hermanos y hermanas con quienes nunca había convivido. Él había crecido, dice, como una especie de secreto familiar. Sabía de la existencia de algunos de ellos, pero ellos no necesariamente sabían de la suya.
Cuando murió su padre decidió que ya no tenía sentido continuar separados y, en una de aquellas primeras conversaciones, su hermana menor le contó que cuando era niña le pedía al Niño Jesús que le regalara un hermanito. José recordó entonces algo que él también había pedido durante su infancia: una hermana.

Los dos deseos se habían cumplido, solo que habían tardado más de treinta años en descubrirlo.
De esa historia nació Los deseos sí se cumplen, su segundo libro, que obtuvo una medalla de bronce en los International Latino Book Awards.
José había inscrito el libro pensando también en darle una lección a su hijo: hay cosas que vale la pena intentar aunque no sepamos cuál será el resultado. No esperaba ganar.
“Creo que la razón fue que se escribió desde el corazón”, dice. “Y cuando se escribe desde el corazón, se percibe de igual modo.”
Después llegó El final de PI , y al momento de nuestra conversación, trabajaba en La pupila. Cada vez que termina un libro piensa que quizá será el último, pero eventualmente las ideas vuelven y comienza otra vez a guardar notas.
José puede resistirse a llamarse escritor, pero cuando describe lo que sucede una vez que finalmente comienza a escribir, queda claro que el proceso lo absorbe por completo. Puede llevar una historia durante meses en la cabeza porque sabe que, cuando se siente frente a la computadora, desconectarse del resto será inevitable. Por eso suele esperar las vacaciones escolares. La última vez incluso se disculpó anticipadamente con su esposa y su hijo.
“En lo que me senté no había más.”
Pierde la noción del tiempo, del hambre y de las demás responsabilidades mientras escribe.
“Es un proceso que empieza en la mente y termina en la computadora. Pero involucra todo el cuerpo.”
De niño, José decía que quería ser presidente porque estaba convencido de que desde ahí podría acabar con la pobreza y ayudar a la gente. Entró al Pedagógico de Caracas a estudiar inglés pensando que el idioma sería una herramienta para después estudiar Ciencias Políticas o relaciones internacionales.
Fue estando ahí cuando entendió que quizá había otra manera de hacer lo que quería.
“Yo no necesitaba ser presidente. Lo que necesitaba era un salón de clase para impactar, ayudar y servir a los demás. Solo necesitaba un salón de clase.”
Y quizá esa frase explica mejor que cualquier título profesional el camino que terminó siguiendo. Antes de los libros publicados y los reconocimientos, antes de Carolina del Norte y de todos los estudiantes que pasarían por sus salones, ya estaban ahí las dos cosas que todavía definen a José: enseñar y contar historias.
En 2005 ambas se encontraron en un mismo lugar, cuando un hombre le confió su vida y le pidió algo bastante extraordinario: escríbela y enséñame a leerla.
Veinte años después, el libro existe.
Lo único que falta es encontrar nuevamente a quien lo hizo posible.
José dice que, si ese día llega, primero habrá un abrazo. Después podrá poner El Dios Mandingo en sus manos y decirle: “Mira, esta es tu vida, esto fue gracias a ti y eres tú”.
Tal vez entonces pueda cumplirse finalmente aquella promesa que quedó suspendida cuando José salió de Venezuela: que el hombre que le entregó su historia pueda algún día tenerla también entre sus manos.
Fotografías cortesía.
Descubre más desde Vozes de Expresión
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
