Por Juan David Cruz Duarte
¿No ves que el mundo gira al revés
cuando miras esos ojos de videotape?
Charly García, “Ojos de videotape”
Soy irremediablemente nostálgico. Soy un poco como el tipo del chiste que entra a un café y se acerca a un grupo de personas que se hallan sentadas en una mesa. El hombre les pregunta con cierta timidez: “Disculpen, ¿este es el club de los nostálgicos?” Otro tipo en el grupo se da la vuelta y le contesta en tono desencantado: “Sí, pero ya no es lo que era antes”. En términos lógicos, comprendo que es mentira el viejo adagio que dice que “todo tiempo pasado fue mejor”, pero la verdad no son muchas las cosas en esta vida que pueden causarme algo de alegría, paz o satisfacción.
Cuando tenía seis años una profesora me pidió que fuera a otro salón de clase para traerle unas tijeras que necesitaba. Mientras caminaba de vuelta al aula con las tijeras en la mano recordaba el consejo de mi mamá: “No corras con objetos afilados”. De repente, sentí una tibia y agradable sensación de bienestar. El sol brillaba sobre la sabana de Bogotá, y los árboles bailaban al ritmo suave de la brisa. Algo me decía que mi vida era perfecta y que el mundo era bueno. Fue así cómo, sin ninguna razón en particular, caminé sonriendo hasta el salón en donde se encontraban mis compañeros y mi profesora, con la satisfacción del deber cumplido y con una recién encontrada paz que hacía nido en mi interior. Tal vez en el fondo sabía que esta sensación estaba condenada a desaparecer en el algún momento, quizás, incluso entonces sabía que crecería, que mi cotidianidad iría llenándose de pequeños y grandes problemas por resolver, que mi alma se vería marcada por el tiempo y el dolor, y que mi corazón iría adquiriendo un carácter extraño con los años. O tal vez nada de esto ocurrió, y es solo un recuerdo ficticio que yo creé de forma inconsciente en algún momento de mi juventud. Yo qué sé.
Cuando era niño, a veces mis padres nos llevaban a visitar a nuestros abuelos. En el apartamento de mis abuelos paternos en la localidad de Chapinero hay un sofá para dos personas. Una tarde, mientras mi abuela me cuidaba, me escondí con un lápiz detrás del sofá y dibujé varias figuras en la pared. Yo tendría unos seis o siete años. Recuerdo que hice un dibujo de Súper Ratón, otro de las Tortugas Ninja, tal vez dibujé a Batman, al Fantasma del Espacio o a un conejo antropomorfo de mi propia autoría (lo dibujaba a veces con traje de súper héroe, a veces con traje de astronauta, y otras cosas por el estilo). Al principio nadie sospechó de mi artística fechoría. Cuando mi abuela nos cuidaba a mi hermano y a mí se ponía a bordar o a tejer en la sala de su apartamento y nos dejaba viendo televisión. A veces quería que rezáramos con ella el rosario, pero eso me resultaba sumamente aburrido. Ese día, cuando llegó mi abuelo de la oficina y descubrieron que yo había llenado de mamarrachos la pared, me obligaron a limpiarla. Mi padre me reprendió, pero era obvio que no estaba muy molesto. Mientras limpiábamos la pared con un borrador y con algún producto químico cuyo nombre no recuerdo, él me felicitaba por algún dibujo que le parecía particularmente bueno. Siempre me ha gustado dibujar.
A veces, en casa de mis abuelos veíamos una película en su VHS. Siempre era la misma película: Los diez mandamientos, con Charlton Heston. Mi abuela había grabado la película mientras la transmitían por un canal religioso, pero sólo la había grabado desde la parte en que Moisés se encuentra con la zarza ardiente y su cabello y su barba se tiñen de blanco. Yo amaba esa película. No sé cuántas veces la vi, acostado junto a mi hermano en la cama de mis abuelos. Sentía un vacío en el estómago cada vez que el mar se abría de par en par, y sufría en silencio cuando el primogénito del faraón moría por mandato divino. El cine siempre fue una parte importante de mi vida. Es una de las pocas cosas que disfruto tanto hoy como cuando era un niño.
Yo nací en Bogotá a inicios de 1986 (poco después de la toma del Palacio de Justicia y unos diez meses antes de la masacre de Pozzetto), así que, mientras crecía, la única forma de ver películas en casa era con un aparato de VHS. En el cine, las películas se veían mucho mejor que en el televisor (el filme es de mucha mejor calidad que la cinta magnética que hay en los casetes de VHS). Además, entre más veces se reproduce una película en VHS, más daño sufre la cinta, lo cual empeora gradualmente la calidad de la imagen y el sonido. Pero eso a mí no me importaba, no me interesaba si una película estaba doblada al español o si tenía subtítulos, no me importaba si la calidad de la imagen era buena o si el audio era deficiente, lo que yo quería era ver películas. En esas noches de cine en casa en el barrio Puente Largo yo me ponía mi pijama más abrigada, introducía el casete en la máquina, y no despegaba los ojos de la pantalla hasta que empezaran los créditos.
Todavía recuerdo algunas de mis primeras experiencias en una sala de cine: vi La sirenita, Bambi y El Rey León. También vi algunas de las películas de Las Tortugas Ninja. Por allá en 1995 mi madre nos llevó a mi prima, a mi hermano y a mí a ver Toy Story en el Museo de los Niños. De todas estas películas guardo gratos recuerdos. Pero creo que lo que más me marcó fue cuando mis padres me llevaron a ver las películas de Star Wars. En 1997 las versiones remasterizadas de las tres primeras películas fueron presentadas nuevamente por Lucas Films en salas de cine de todo el mundo. Tal vez esta famosa trilogía (y las novelas de Verne) fueron lo que estableció mi larga afición por la ciencia ficción. Pero, para un niño enamorado del cine, ir a las salas de los centros comerciales un par de veces al mes no era suficiente. Por eso quería tanto ese reproductor de VHS negro que mis padres tenían conectado al televisor de su habitación.
Cuando no íbamos al cine, íbamos a alquilar películas a Betatonio. Me encantaba recorrer esos pasillos iluminados los sábados en la tarde. Recuerdo que alquilamos la versión de Disney de Colmillo Blanco decenas de veces. Mi hermano y yo ya nos sabíamos los diálogos de memoria. Esta película fue estrenada en el 91, pero supongo que mis padres la alquilaban para nosotros en el 92 o el 93. Un par de años después alquilamos La Máscara, a mi hermano y a mí nos gustó tanto que la vimos varias veces antes de regresarla. De vez en cuando también alquilábamos videojuegos de Sega Genesis (yo tenía Street Fighter II, un videojuego de Tiny Toons, otro de George Foreman y uno de James Bond… a veces mi primo nos prestaba Sonic para que pudiéramos jugarlo también). Alguna vez nos topamos con un videojuego de Batman, tal vez inspirado en la película de Batman Forever, el juego no era muy bueno, pero yo me divertí muchísimo tratando de completarlo en un par de días. Podría decirse que para mí ir a Betatonio era como hacer una breve excursión al paraíso. Y cuando Betatonio desapareció, hacíamos excursiones similares a Block Buster. Fue allí donde me topé con la película de Batman & Robin. La mayoría de los fanáticos de Batman la detestan, pero esa noche yo la vi encantado en la habitación de mis padres mientras todos en casa dormían. Calculo que tendría unos 11 años.
A finales de la década de los ochenta e inicios de los años noventa, mientras los carros-bomba de Pablo Escobar sembraban terror en la población, yo veía en la televisión episodios de los Thundercats, los Looney Tunes, Las Tortugas Ninja y Popeye. Me enteraba de la violencia por las noticias televisadas, a veces también por la radio. Me asustaba imaginar que un día mis padres podrían morir en alguna explosión, tal vez sepultados entre los escombros de algún edificio de oficinas o un centro comercial. Bogotá era un ciudad enorme, caótica y hostil. Las bombas se han ido, pero Bogotá no ha cambiado tanto.
A principios de los años noventa podía pasar horas y horas viendo capítulos de Batman: la serie animada, Dragon Ball, Caballeros del Zodiaco, Motorratones de Marte, Street Sharks y La Tropa Rex. La existencia de estas tres últimas series habría sido imposible de no haber sido por el enorme éxito de Las Tortugas Ninja a mediados de la década anterior. Por otra parte, la existencia de la serie de Batman habría sido imposible sin el enorme éxito de las películas de Batman dirigidas por Tim Burton.
Pero mi vida nocturna de niño cinéfilo estaba completamente ligada a mi vida diurna de comediante del salón. Aunque a muy temprana edad comprendí que las niñas no me veían como un tipo atractivo, mi tendencia a buscar un chiste en cualquier situación me ayudó a relacionarme tanto con ellas como con mis compañeros. Como no era bueno para los deportes le hice el quite al fútbol por varios años, pero por allá en el 96 volví a encontrarle el encanto al balón. Aunque era un defensa relativamente mediocre, nunca fui el peor en la cancha, y lo que me faltaba en talento lo suplía con un esfuerzo y un entusiasmo que podían devenir en tendencias autodestructivas. Lo que estoy tratando de decir es que, en términos generales, tuve una infancia feliz.
Se terminó el Siglo XX, yo ya era un adolescente, pero mi amor por las películas seguía tan vivo como siempre. Por fortuna, tenía un buen grupo de amigos que me apoyaban sin importar las circunstancias. Siempre estaban allí, brindándome una mano amiga si sufría por la indiferencia de una compañera o si algún tarado me fastidiaba en el recreo. A pesar de mi temperamento tranquilo, un par de veces me fui a los golpes con otros estudiantes. No era bueno peleando, pero creo que logré conectar un par de buenos puñetazos antes de alcanzar la mayoría de edad. Y la verdad es que tal vez habría recibido más golpes de no haber sido por la intervención oportuna de mis amigos. Pero incluso esas peleas estúpidas, ese dolor y esa rabia adolescente adquieren hoy un color agradable en mi memoria. Creo que había algo genuino en esa furia, algo cursi pero sincero.
Cuando nació mi hermana yo ya había cumplido 16 años, sin embargo, nuestro viejo aparato de VHS seguía funcionando. No sé cuántas veces vimos juntos películas como El rey león y Alicia en el país de las maravillas. Aunque ya circulaban películas en DVD, yo seguía aferrándome a esa vieja máquina con un amor y una fidelidad que ni yo mismo podría explicar de manera adecuada. Al fin y al cabo, tuve una infancia análoga y una adolescencia digital; esa transición fue más fácil para algunos de mis compañeros de lo que lo fue para mí. ¿Acaso se estaba volviendo incomprensible el mundo mientras nuestros cuerpos y nuestras mentes cambiaban? ¿Me aferraba a nuestro viejo reproductor de VHS en un esfuerzo inconsciente por aferrarme a mi infancia, a tiempos que me parecían más simples y felices? No lo sé.
En mi colegio había una sala especial para las clases de inglés: el English Center. Ese salón se encontraba en el primer piso de un gran edificio de ladrillo. En los televisores de este lugar habíamos visto muchas películas, incluyendo Titanic (que en ese entonces venía en un set de dos casetes de VHS). Una mañana, mientras caminaba distraídamente hacia la rampa que lleva a los salones del segundo piso, noté que había una conmoción extraña dentro del English Center. Me acerqué y vi que todos estaban viendo algo en la pantalla del televisor. Había un grupo grande de estudiantes y profesores. Todos estaban absolutamente hipnotizados por lo que estaban transmitiendo en el canal de noticias. Parecía una escena sacada de Independence Day o algo por el estilo. Nadie decía nada. Al parecer, un avión había chocado por accidente contra una de las Torres Gemelas en Nueva York. Me quedé helado, parado en silencio cerca de la puerta. Poco después otro avión impactó contra la segunda torre, y todos nos enteramos de que el primer choque no había sido realmente un accidente. Yo recordaba aún las bombas en Bogotá, pero la escala de esto era diferente, era algo tan grande, tan devastador, que era difícil de comprender. Nunca me imaginé que esas imágenes extrañas en ese enorme televisor marcarían el final de una era. Ahora pienso que tal vez este no fue solamente el final de un momento en la historia, sino también el final de una parte importante de mi vida. Fue como despertar de golpe de un largo sueño. De todo lo que vino después no quiero hablar ahora.
Juan David Cruz Duarte
Escritor
Nacido en Bogotá Colombia en 1986, Cruz Duarte es el autor de Dream a little dream of me: cuentos siniestros, La noche del fin del mundo y Léase después de mi muerte (poemas 2005-2017).


Excelente relato de los tiempos de niñez y adolescencia 👏👏👏
Retorné con emoción a la época en que los vi crecer!!!
Felicitaciones Juan David 👏👏👏