El camino a casa

Por Juan David Cruz Duarte

There is no such thing as reality,

only our perception of it.

John Doe, Philosophical Idealism: An Introduction

Las nubes grises se elevaron gradualmente sobre los edificios de ladrillo, y gruesas gotas de lluvia comenzaron a caer sobre la ciudad. Las montañas, a lo lejos, se fueron difuminando tras una niebla densa y fría, y entonces ella quiso llamarlo, aunque sabía bien que no tenía caso. Cuando Alfonso salía a pescar en yate con sus viejos amigos del colegio casi ninguno llevaba consigo su teléfono celular. Para ellos era algo así como una fuga, como una evasión de la realidad. Bebían cerveza fría o whisky con hielo y hablaban de los viejos tiempos. Entonces podían descansar al fin de las presiones sociales que habían depositado sobre sus hombros sus fastidiosas familias de exóticos apellidos extranjeros.

En el canal del clima nadie había dicho nada acerca de la posibilidad de vientos huracanados. Al parecer esa tormenta los tomó por sorpresa a todos, incluyendo a la ciudad misma. Las palomas se apresuraban para esconderse entre las cavidades de los edificios antiguos, monolíticos como monstruos fosilizados de otra era o de otra dimensión. La ciudad entera parecía una suerte de castillo sepultado por el mar, y todo en las calles tenía un aire de catástrofe y de naufragio. Las sombrillas negras se abrían acá y allá como murciélagos gigantescos, y la gente corría sobre las aceras empantanadas en busca de refugio.

El yate en el que Alfonso y sus amigos viajaban se había hundido en el mar, al menos eso fue lo que dijo la guardia costera. Ninguna embarcación hubiera podido sobrevivir a semejante embestida de la naturaleza. Las autoridades sólo pudieron comenzar la búsqueda cuando amainó la tormenta. Eran casi las cinco de la mañana cuando el primer helicóptero sobrevoló las playas de la ciudad. Se instalaron un par de patrullas en el puerto y varias lanchas de la guardia costera se adentraron en las aguas, todavía algo turbias, del océano Atlántico. La búsqueda fue intensa y bien organizada, pero la tormenta había barrido con todo. Sólo Dios sabe si los habrían encontrado de haber iniciado las operaciones de búsqueda horas antes.

Tres semanas después cesaron los esfuerzos por encontrar los restos del naufragio y los cuerpos de los tripulantes. La guardia costera les dijo a las familias de los cinco hombres desaparecidos que se habían llevado a cabo todos los procedimientos posibles para hallar los restos de sus seres queridos. Todo había sido en vano.

Día tras día, semana tras semana, ella se levantaba y miraba el sol a través de su ventana; después clavaba sus pupilas en la costa, que se hallaba considerablemente lejos de su apartamento. Se preguntaba cómo sería la vida sin él, se preguntaba si algún día lograría acostumbrarse a vivir con ese agujero en el pecho. El peso de su ausencia era cada vez mayor; su desaparición era al fin irrefutable y sus esperanzas de volver a verlo fueron abandonándola muy gradualmente. Sin embargo, todavía ansiaba con todas sus fuerzas reencontrarse, de alguna manera, con su buen amigo… tal vez en esta vida o quizás en la otra. Esta idea la llenaba de esperanza y, con el tiempo, se convirtió en la estrella que guiaba su existencia. Al despertar cada mañana ella susurraba su nombre, apretando el rostro contra su almohada, y la fuerza de ese nombre le daba ánimo para incorporarse y enfrentarse al mundo. Cada día era una nueva batalla, y sólo la esperanza del reencuentro lograba salvarla del vacío sin tregua de la desesperación y del pecado imperdonable del olvido. Trataba de estar en paz, o al menos luchaba por no deprimirse. Lo curioso es que también en esa búsqueda de la serenidad, en ese afán por escapar del dolor, veía su rostro. Él había sido siempre un hombre alegre, y esa lucha perpetua contra la desesperanza era de alguna forma su legado.

Una tarde algo más oscura que las demás, mientras ella leía una novela que acababa de comprar en una librería en el centro, otra tormenta furiosa se desató sobre la ciudad. Después del naufragio, las tardes de tormenta la hacían llorar en silencio. Pero varios meses habían pasado desde la tragedia, y la vida seguía avanzando de alguna manera. Ese día las lágrimas no humedecieron sus mejillas. Pasaba las páginas con sus dedos delicados y oía el sonido incesante de su reloj de pared. Trató de recordar quién le había regalado ese artefacto negro con forma de gato. La máquina tenía sobre su barriga un gran círculo blanco en donde giraban las manecillas delgadas del reloj. Trató de recordar cómo había venido a parar ese gato de plástico a la pared blanca de su apartamento. La cola de la criatura mecánica hacía las veces de péndulo, y sus pupilas alargadas y verticales se movían incesantemente de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, y así hasta el infinito o hasta la noche del fin del mundo. El sonido incesante del segundero parecía hacerse más fuerte, la luz azulada que entraba por la ventana coloreaba todo con una tonalidad perezosa y enfermiza, y todo lo que ella podía ver y todo lo que ella tocaba con sus manos era hermoso en los últimos instantes del sol moribundo de las seis de la tarde.

Entonces escuchó pasos en el corredor, o tal vez cerca de la puerta. Alguien respiraba con mucha fuerza y ocultaba su rostro entre las sombras. Ella se levantó, sentía miedo. “¿Quién está ahí?” gritó, caminó hacía su habitación, apretó en su mano su teléfono celular, y volvió a decir, esta vez al borde de las lágrimas: “¿Quién está ahí?” En ese momento la figura se alejó de la puerta de entrada y las sombras ya no pudieron ocultar su rostro. “Soy yo,” dijo Alfonso, y ella pudo ver que esa voz no mentía. Alfonso estaba de pie en medio de la sala de su apartamento.

Alfonso estuvo hasta muy tarde con ella esa noche. El miedo supersticioso de estar hablando con un espectro la llevó a tocar las manos y el rostro de su amigo varias veces. Pero él estaba ahí, y era tan real como ella misma. Su voz rebotaba en las paredes, su peso deformaba ligeramente el sillón beige en el que ambos descansaban. Ella le preguntó si en verdad era él, si era cierto que estaba vivo. Alfonso le explicó que había logrado nadar hasta la costa a pesar de la furia de la tormenta. Algunas partes de su historia solamente parecían tener sentido hasta el momento en que el silencio apagaba su voz. Entonces ella se daba cuenta de que varias de las cosas que él le contaba eran simplemente imposibles. “¿Cómo nadaste tantos kilómetros en medio de semejante tormenta? ¿Qué hiciste para que las olas no te arrastraran hasta el fondo del mar? ¿Qué pasó con los demás?” Las respuestas a estas preguntas eran extrañas y contradictorias, y ella no lo notaba hasta que él terminaba de hablar. Pero, a fin de cuentas, el hecho de que Alfonso estuviera vivo era lo único que le importaba. Cómo se había salvado, por qué no se había ahogado como los otros, esas preguntas le parecían secundarias ante semejante bendición. El regreso de su amigo era un milagro. Alfonso estaba vivo y nada más importaba.

Eventualmente él dijo que tenía que irse, ella le pidió que se quedara y arregló un espacio en la sala para que pasara allí la noche. Él se lo agradeció y se echó a dormir enseguida, como si hubiera estado nadando por días y noches sin descanso. La tormenta se hizo más fuerte a eso de las dos de la mañana, pero cesó de pronto antes de las cinco. Ella se levantó a las seis y media o siete y pudo ver que Alfonso se había marchado y que había dejado su sofá perfectamente ordenado. Buscó sobre la mesa de la cocina, en el sofá e incluso en el suelo. Ni siquiera había dejado una nota. Quiso llamar a la madre de su amigo, suponía que ella ya se habría enterado del regreso de su hijo y quería que todo el mundo supiera que Alfonso no estaba muerto. Tal vez, incluso podrían organizar una fiesta de bienvenida en su honor. Antes de levantar el teléfono un llanto profundo la estremeció, y aunque ese llanto era en un principio un llanto de alegría e incontenible emoción, con el tiempo se fue convirtiendo en un llanto de dolor e impotencia. Había empezado a considerar la idea de que todo hubiera sido un sueño, nada más que un cruel espejismo. Tal vez por eso el sofá estaba intacto, y tal vez por eso la historia de Alfonso, el relato épico de su regreso a tierra firme, tenía tantos agujeros y carecía de coherencia. Sintió miedo de estar perdiendo la razón. Decidió descansar ese día, beberse una copa de vino tinto y relajarse. Con el correr de las horas llegó a estar prácticamente segura de que todo había sido un sueño (aunque una pequeña duda al respecto no la abandonaba del todo). Finalmente llegó a la conclusión de que habría sido un gran error haberse comunicado con otras personas; semejante disparate habría generado un enorme alboroto y habría terminado por romperle el corazón a muchos. Alfonso estaba muerto y ella lo sabía, todo el mundo lo sabía. No obstante, aquel sueño había sido tan real, tan estremecedoramente real… Sin embargo, ella sabía bien que su amigo nunca habría podido entrar a su casa por sorpresa, ya que ella siempre cerraba la puerta con llave. También era absurda su partida silenciosa. Detalles como éstos la convencieron de que esa visita no había sucedido en realidad. A pesar de todo, se sentía sumamente cansada, como si en verdad hubiera estado charlando con un amigo toda la noche. Se sirvió una segunda copa de vino y se sentó en una silla en la cocina, luego escondió el rostro entre sus manos y se echó a llorar de nuevo.

A eso de las seis y media de la tarde los ruidos en la puerta se repitieron. Antes de darse vuelta supo que era él. Ella estaba viendo televisión, sentada en su sofá, y tenía un vaso de leche en la mano izquierda. De nuevo todo en su apartamento era de un extraño color azul y él se asomó por entre las sombras. Alfonso se acercó y le tocó el hombro. Un estremecimiento recorrió su espalda, pero algo en su interior le decía que era él, que ese hombre que la visitaba no era un fantasma o una alucinación; en verdad era él.

“¿Cómo entraste?” preguntó ella. Él caminó lentamente, rodeando el sofá, y se sentó a su lado. “La puerta estaba abierta,” dijo—, ella miró hacia la puerta y pudo ver que en efecto estaba entreabierta.

—Qué raro—susurró—, nunca dejo la puerta abierta.

—Tal vez me estabas esperando—contestó él con una sonrisa. Quizás la dejaste abierta inconscientemente.

—No creo.

Después de un largo silencio en el que el único movimiento que se podía percibir era el vaivén mecánico del péndulo del reloj, ella le tomó la mano y lo miró muy fijamente a los ojos. “Tú estás muerto, ¿no es verdad? Tú te ahogaste, Alfonso, y ahora vienes a despedirte de mí.” Él parecía no entender de qué le estaba hablando su buena amiga.

—Ya te lo expliqué ayer: yo no estoy muerto, pude nadar hasta la costa y cuando llegué a la playa me di cuenta de que nadie más había logrado escapar de la tormenta.

—¿Y por qué tu mamá no me ha llamado a decirme que estás bien?—preguntó ella en tono de reclamo. ¿Cómo puedes explicar eso?

Él se acercó a su oído y le dijo que nadie sabía, que nadie podía enterarse de que él había sobrevivido. Pensaba aprovechar el hecho de que todos lo creían muerto para largarse de allí, para comenzar una nueva vida en otro lugar. Sería una vida mejor, una en la que su familia no estaría diciéndole qué hacer o qué no hacer, una vida libre en donde podría dedicarse a lo que se le viniera en gana y ser el hombre que siempre quiso ser. Ella guardó silencio por un rato y luego dijo que le creía. Se abrazaron muy fuerte y ambos lloraron por un largo tiempo. Mientras el sol terminaba de ocultarse en las montañas lejanas ella sentía que el vino tinto que había bebido a lo largo del día empezaba a llenar sus venas con una sustancia lenta y espesa, y entonces sus ojos comenzaron a cerrarse contra su voluntad. “Estás muy cansada, déjame llevarte a tu cuarto.” Ella se negó, le explicó que quería quedarse con él, hablando toda la noche, y que no quería dejarlo ir. Luego él se levantó y se preparó un café, ella le pidió que le preparara uno bien oscuro.

Otra vez charlaron hasta muy tarde, esta vez hasta poco antes del amanecer, y cuando las aves diurnas empezaron a afinar sus voces para cantar las melodías agudas de su cotidianidad ella empezó a quedarse dormida y él le dio un beso en la mejilla y se levantó del sofá. Con voz temblorosa y casi inaudible ella le pidió que no se fuera, que se quedara un rato más. Pero el peso de sus párpados se hizo insoportable y ya no fue consciente de nada más. Despertó después del mediodía y no podía recordar ninguno de sus sueños. Era domingo.

Mientras almorzaba en un pequeño restaurante cerca de su casa se preguntaba por qué razón Alfonso había decidido desaparecer como lo había hecho. Cuando él decía que quería escapar de esa familia que lo asfixiaba, que lo agobiaba con expectativas que él no podía o no quería cumplir, en ese momento todo parecía tener sentido. No había nada extraño en sus respuestas y ella no tenía motivo alguno para dudar de la veracidad de sus palabras. Pero ahora que Alfonso ya no estaba, ahora que todo se hallaba en silencio y su mirada se perdía en el vaso de agua que le habían servido en el restaurante, entonces ella lo veía todo desde otra perspectiva, y podía darse cuenta de lo absurda que era aquella situación. ¿Cómo podía Alfonso vivir con la culpa de haber hecho que su madre lo creyera muerto? ¿Cómo podía un hombre que lo tenía todo renunciar a sus comodidades y alejarse de sus seres queridos sin la menor muestra de angustia o dolor? ¿Y cómo podía haber sobrevivido a una tormenta semejante? ¿Cómo había podido nadar tantos kilómetros en medio de esos vientos huracanados que hacían que las olas parecieran montañas? Y si había sobrevivido a la tormenta, ¿cómo había logrado encontrar su camino en altamar? ¿Cómo era posible que hubiera nadado hasta la costa sin ningún punto de referencia, en medio de ese laberinto de dunas líquidas que se extiende hasta el infinito?

La verdad, ya no sabía qué pensar, no sabía qué hacer ni por dónde comenzar. Ella quería que Alfonso estuviera vivo, quería verlo y hablar con él. Sin embargo, temía estar perdiendo la cordura, y no estaba segura de si en verdad valía la pena renunciar a la razón para mantener vivo a un fantasma del pasado. Ese fantasma del pasado era, no obstante, su mejor amigo, y ella habría dado cualquier cosa por no haberlo perdido en ese maldito naufragio.

Estaba terminando de comer cuando comenzó a hacerse preguntas con el fin de comprender la naturaleza de la visita que había recibido la noche anterior. Se preguntó si había dos tazas sucias con restos fríos de café en el lavaplatos, se preguntó si la puerta estaba cerrada por dentro cuando despertó, sola, en su sofá. En verdad no sabía qué pensar. Pidió una limonada sin hielo, y se la tomó lentamente mientras una brisa fría recorría las calles de la ciudad como un susurro subterráneo. Creyó oír una voz que decía algo acerca de Alfonso; se oía muy lejos, al otro lado del restaurante o al otro lado de la ciudad… tal vez al otro lado del mundo. Levantó la cabeza y la voz le dijo: “Alfonso está muerto.”

Al día siguiente tuvo que levantarse temprano para ir a trabajar. Tenía que dictar una clase después del mediodía y usualmente no salía de su oficina hasta las cinco y media o seis de la tarde. Ninguno de sus compañeros mencionó el nombre de Alfonso, y nadie le dio ninguna razón para pensar que su amigo estaba vivo; nadie le dijo que lo había visto en la calle, nadie la felicitó por su buena suerte, nadie dijo nada en absoluto, y ese día fue tan triste y aburrido como cualquier otro. Llegó a su apartamento a eso de las seis y media, se quitó sus zapatos de tacón alto y se sentó en el sofá a ver una película española que estaba comenzando en la televisión. No tenía ganas de cocinar y decidió ordenar una pizza. Cuando se dio la vuelta para tomar el teléfono vio la sombra de un hombre dibujada en el suelo. Aguantó la respiración por un instante, pero en seguida se dio cuenta de que era tan solo la sombra de su propio abrigo colgado en el perchero. Esa noche se comió un par de rebanadas de pizza en silencio y se fue a dormir temprano.

Cuando regresó del trabajo la noche siguiente supo que alguien estaba en su casa. Oía voces en su habitación. Luego se dio cuenta de que era la voz de Alfonso, y no supo si eso debía tranquilizarla o preocuparla. Al entrar a su cuarto lo vio sentado en la cama, hablando por teléfono. Después de abrazarlo le dio una cachetada y le pidió que no jugara más con su mente. Le exigió que le dijera la verdad acerca de cómo sobrevivió a aquel naufragio. Él le pidió perdón por haberle mentido antes, y le explicó que su padre y él habían decidido fingir su muerte para cobrar un seguro de vida. Luego él se rio con esa voz profunda y masculina que le salía del estómago, y le pasó su brazo pesado sobre la espalda. Se sentaron a hablar en la cama y luego ella se levantó para prepararle un café. Cuando regresó a su habitación él ya no estaba allí.

Las visitas se siguieron repitiendo por un buen tiempo (quizás por dos tres meses) y ella aún no sabía a ciencia cierta si Alfonso estaba vivo o muerto. Su desempeño en el trabajo se vio afectado por el peso de su incertidumbre, y finalmente su jefe le sugirió programar una cita con el psicólogo de planta de la universidad para que aquel especialista “la ayudara a encontrar una manera de sobrellevar cualquier cosa que la estuviera afectando”. Ella sabía que la sugerencia de su jefe era más que una sugerencia, y no quería poner en riesgo su posición en la universidad. Le parecía injusto que una situación personal afectara negativamente su carrera profesional. Ella había sido siempre una empleada responsable y efectiva, y había ocupado cargos muy importantes dentro de su facultad. A estas alturas ya tenía una reputación que cuidar, y un par de colegas que habrían hecho cualquier cosa por ocupar su posición. Por estas razones, un poco a regañadientes, llamó a la oficina del psicólogo de planta y programó una cita con él para el día siguiente a las tres de la tarde.

Esa noche Alfonso la visitó de nuevo (lo cual ya no le causaba la menor sorpresa) y le dio otra explicación de cómo había logrado escapar de la tormenta. Para ese entonces ella ya había escuchado de su boca todo tipo de historias épicas en las que su amigo vencía tiburones en el océano, o nadaba cientos de kilómetros esquivando remolinos gigantescos. También había escuchado decenas de historias acerca de oscuras conspiraciones, enrevesadas especulaciones financieras, acreedores vengativos, usureros de la mafia y estafadores internacionales. Le preparó el sofá a Alfonso, como lo había hecho ya tantas veces en los últimos meses, y se fue a dormir. Sabía perfectamente que al día siguiente él ya no estaría allí.

Esa mañana, muy temprano, oyó ruidos en la cocina. Se levantó tan rápido como pudo y salió de su habitación en tres zancadas. Al llegar a la sala pudo ver un pequeño copetón que volaba entre los vasos de vidrio y las tazas de porcelana en el lavaplatos de su cocina. “Debe haber entrado por la ventana,” se dijo, y su semblante adquirió un aire triste. Luego abrió de par en par todas las ventanas del apartamento para que el pequeño gorrión pudiera salir de allí. Al verlo alzar vuelo hacia el cielo azul (profundamente azul) de la mañana, una sonrisa se dibujó en su rostro, iluminado por los rayos tibios de aquel sol nuevo.

“Buenas tardes,” dijo el psicólogo. Ella contestó en un tono de voz muy suave. Hablaron por un par de horas y ella le contó acerca de las recurrentes visitas de su amigo Alfonso. Se sentía extraño revelarle a alguien ese gran secreto, ese secreto gigantesco y cotidiano que había cargado a cuestas por tanto tiempo.

—Usted se da cuenta de que Alfonso ya no existe—dijo el doctor—, ¿no es así?

—Alfonso existe… Solamente…

—No existe, él es sólo un producto de su imaginación.

—Pero…

—¿Iba a decirme algo? Termine la frase.

—Pero… ¿cuál es la diferencia?

Al salir del consultorio recibió una llamada a su teléfono celular. Buscó en su bolso y en los bolsillos de su chaqueta hasta que dio con el aparato. Contestó la llamada apresuradamente, antes de ver el número o el nombre de la persona que la llamaba. Al otro lado de la línea, alguien dijo su nombre. Era una voz conocida y dulce, y hablaba con el tono triunfal de quien ha vuelto a casa después de un largo y extenuante viaje. También ella dijo un nombre, y siguió andando por la calle solitaria.

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