El fin de la noche

Por Juan David Cruz Duarte


Life’s but a walking shadow, a poor player

that struts and frets his hour upon the stage,

and then is heard no more. It is a tale

told by an idiot, full of sound and fury,

signifying nothing.

William Shakespeare, Macbeth, V, 5.

Viví en Carolina del Sur por casi una década. Llegué allí a mediados del año 2009 y regresé a Bogotá, mi ciudad natal, a mediados de 2019. Durante mi tiempo allí hice muchos buenos amigos. Uno de ellos fue Marcel, a quien conocí en mis clases de literatura en la University of South Carolina. Marcel, que había venido de Francia, era un tipo alto, fornido y carismático, que habría tenido gran éxito con las norteamericanas si le hubieran interesado las mujeres. Probablemente era uno de los estudiantes más brillantes en nuestro departamento. Su conocimiento de filosofía y teoría literaria francesa lo hacían muy popular entre nuestros profesores. Marcel llegó a Carolina del Sur con su esposo, un hombre amable y trabajador que tenía el sueño de montar un restaurante de comida francesa en los Estados Unidos. Poco después de su llegada a Columbia, Marcel y su pareja se divorciaron. Después de dormir por un par de días en el sofá de una amiga nuestra, él arrendó una habitación en una vieja casa que quedaba sobre la calle Blossom, al frente del parque Maxcy Gregg.

Fue a través de Marcel que conocí a Iván. Él fue su compañero de casa por varios años. Iván era un tipo rubio y huesudo que había venido al sur después de haber pasado su infancia en uno de esos estados rurales poco poblados en el centro del país. Sus padres eran judíos practicantes, cuyos tatarabuelos habían inmigrado a los Estados Unidos después de abandonar Alemania. Pero Iván no hablaba mucho de su herencia judía;  podría decirse que era fervientemente ateo. Después de terminar su pregrado en lingüística en los Estados Unidos Iván había trabajado en varios países del lejano oriente, más que nada enseñando inglés en escuelas privadas y academias de lengua. Después de eso se había mudado a Carolina del Sur para obtener su título de posgrado.

Tal vez nos conocimos en una fiesta de cumpleaños en la casa de Marcel. Tal vez nos conocimos antes, en una de las cafeterías en el campus de la universidad. Ya no lo recuerdo. Aunque usualmente Marcel, Iván y yo salíamos a tomar juntos en los bares de Five Points, a veces Marcel prefería salir con alguno de sus amigos, o con alguno de los hombres que a veces que conocía a través de las varias aplicaciones de citas que solía utilizar. Cuando eso sucedía, Iván y yo nos encontrábamos en su casa para tocar guitarra, o salíamos a beber en algún bar del barrio. Iván fumaba como una chimenea y bebía como si el mundo se fuera a acabar mañana. Pero detrás de su personalidad explosiva e impredecible había otro Iván: el hombre solitario, el bohemio con el corazón roto, el tipo sensible y generoso al que no muchos llegaban a conocer. Ese es el Iván que yo recuerdo.

Ambos pasábamos buena parte de nuestro tiempo libre tocando guitarra. Él tenía un oído privilegiado y podía tocar el blues como si hubiera nacido con una guitarra en las manos. Me enseñó numerosos ejercicios de calentamiento, también algunos solos y un par de riffs. A veces hablábamos de la posibilidad de empezar una banda de punk. Iván propuso nombres como Grey Zombie Penis, yo sugerí otros nombres menos conspicuos. Pero la banda nunca pasó de ser una simple idea. Tal vez no teníamos el tiempo necesario para reunirnos a componer canciones, para grabarlas, para buscar oportunidades de tocar en público; empezar una banda no es algo que pueda hacerse de la noche a la mañana. O tal vez solamente nos faltó un poco de fe, una pizca de voluntad. Esa fue la primera y última vez en mi vida que consideré seriamente la idea de formar una banda.

Creo que, después de su regreso de Asia, Iván nunca logró adaptarse nuevamente a la vida en los Estados Unidos. A veces pienso que Iván estaba tratando de ahogar su soledad y su aburrimiento en un mar de alcohol, o que estaba tratando de esconder su depresión y su frustración en una espesa niebla de humo de tabaco y marihuana. Su comportamiento era cada vez más errático e impredecible. Pero Iván y yo teníamos algo en común: ninguno de nosotros estaba muy satisfecho con su vida. Él vivía una existencia de excesos, mi vida era monótona y solitaria; de manera extraña, podría decirse que hacíamos un buen equipo.

Un día, mientras comprábamos cerveza en una estación de servicio, Iván y yo nos topamos con un hombre viejo que pedía dinero en la calle. Recuerdo que llevaba puesta una camiseta manchada y llena de agujeros. Mi amigo le dijo que no tenía dinero, pero le preguntó si esa era la única camiseta que tenía. Cuando el hombre dijo que sí Iván se desabotonó su camisa y se la entregó. Luego se subió a su viejo Ford, con el torso desnudo, y me pidió que entrara a comprar las cervezas; temía que los dueños de la tienda lo echaran a patadas si entraba así al establecimiento. A veces el alcohol hacía que Iván se comportara de forma impulsiva. Pero esa noche fue la bondad de Iván, esa generosidad pura que emanaba del centro de su corazón, la que lo llevó a actuar de esa manera. Para mí era un verdadero privilegio poder sentarme a charlar y a beber con alguien como él.

Recuerdo que un viernes, después de clases, oí que algunos de mis compañeros en el departamento irían a un bar en Five Points llamado Group Therapy. Un par de años atrás un joven había sido apuñalado en la pista de baile. Curiosamente, este desafortunado evento no había afectado mucho las finanzas del establecimiento. El lugar se llenaba cada fin de semana. Yo quería ir al bar porque sabía que allí me encontraría con Paola, una joven argentina que había ingresado recientemente a la universidad. Había estado hablando con ella por varios meses, y sentía que había cierta química entre nosotros. Esa misma tarde, en una de las cafeterías del campus, me encontré con Iván. Me dijo que no tenía planes para el fin de semana y yo le conté que pensaba ir a Group Therapy en la noche. Lo invité y él aceptó después de pensarlo un rato.

Esa noche, en el bar, no me tomó más de un par de minutos encontrar a Paola y a los demás. Estaban tomando cerveza y charlando en una mesa cerca de la barra. Iván llegó unos veinte minutos más tarde, pidió un whisky y se sentó con nosotros. En algún momento de la noche Paola empezó a hablar con una de sus amigas acerca de un hombre con el que había empezado a salir. Entonces se hizo evidente que mi joven compañera nunca me vería como una potencial pareja. Todo había sido un malentendido. Traté de no tomármelo muy a pecho. Aburrido, y un poco frustrado, me tomé un par de cervezas más mientras Iván ordenaba un whisky tras otro. Le pregunté si quería ir a su casa a tocar guitarra y me sentí aliviado cuando él respondió que le parecía buena idea. Yo pagué por mi última PBR mientras él se bebía su último vaso de whisky, luego nos despedimos de mis compañeros y salimos a la calle. Era casi la una de la mañana.

Caminamos a una tienda para comprar cerveza. Allí nos topamos con un espectáculo inusual: una hermosa joven vestida con un elegante vestido negro coqueteaba en el estacionamiento con un viejo camionero. El hombre parecía algo desorientado, probablemente estaba ebrio. La situación era extraña, pero yo no le di mucha importancia. Entré a la tienda y me compré un paquete de cervezas. Pero cuando estábamos nuevamente afuera, en el estacionamiento, mi amigo Iván decidió que llegaría al fondo de aquel misterio. En verdad quería saber qué hacía una mujer como esa coqueteándole a un viejo borracho. Yo no quise inmiscuirme, pero Iván se acercó a la pareja, tratando de oír lo que decían. Pronto comprendió que la joven estaba tratando de convencer al viejo camionero de que le diera algo de marihuana. Esto era, por supuesto, ilegal en el estado de Carolina del Sur. Después de entender lo que estaba sucediendo, Iván desvió su atención a algo que le interesaba todavía más: ¿Dónde había comprado su marihuana el viejo camionero? Como un verdadero experto, Iván recorrió con su mirada el estacionamiento. Pronto identificó a un joven que estaba parado solo, cerca de la esquina, como el posible vendedor de hierba. Iván se le acercó con una sonrisa. En ese momento me puse bastante nervioso, no porque crea que la marihuana es una sustancia particularmente nociva (todos sabemos que no lo es), sino porque conocía el caso de numerosos estudiantes internacionales que habían sido deportados a sus países de origen bajo cargos como posesión y consumo de marihuana.

Iván charló con el joven microempresario por unos minutos y luego nos dirigimos juntos al viejo automóvil de mi amigo. Iván y yo nos sentamos adelante, el vendedor se sentó justo detrás de mí. El vehículo no era muy rápido, y a veces el motor hacía un ruido un poco inusual. Yo me imaginaba que iríamos a casa de Iván, pero pronto me di cuenta de que mi amigo nos estaba llevando en el sentido contrario. El hombre en el asiento trasero le daba direcciones Iván, y a mí me temblaban las manos mientras el viejo auto rojo avanzaba por las calles solitarias de los barrios periféricos de la ciudad. Entonces comprendí que la idea de mi amigo era conducir al lugar en donde el vendedor guardaba la droga para realizar allí la transacción clandestina.

Estaba asustado. Como es natural, algunas de mis experiencias en las calles de Bogotá me habían hecho algo nervioso. Temía que el hombre en el asiento trasero sacara un arma de su chaqueta y nos llenara de plomo. A veces, sobre las aceras solitarias y oscuras, me parecía ver figuras sospechosas y siluetas ominosas entre las sombras. Si nuestro “nuevo amigo” tenía la intención de hacernos caer en una emboscada, no había mucho que Iván y yo pudiéramos hacer. También me asustaba la idea de que la policía nos detuviera. ¿Y qué si nos paraban después de que Iván hubiese conseguido la hierba? Todos saben que los colombianos y las drogas no van bien juntos, especialmente en los Estados Unidos. Me recriminé una y mil veces por mi imprudencia. De pronto me di cuenta de que estaba sudando frío. El hombre en el asiento trasero parecía fastidiado, yo no había dicho ni una sola palabra desde que entramos al auto, y esto parecía ponerlo nervioso. Entonces nos preguntó, desconfiado, si éramos policías. Iván disminuyó la velocidad, se dio vuelta, y preguntó socarronamente: “¿Acaso parecemos policías?” Iván no esperaba una respuesta del joven vendedor; solamente se rio de buena gana y siguió conduciendo.

Estábamos entrando a un barrio lleno de casas destartaladas y viejos esqueletos oxidados de autos abandonados. El vendedor seguía dando direcciones, Iván conducía con absoluta calma. El extraño, frustrado por mi mutismo, le preguntó a Iván si yo hablaba inglés. La verdad, era poco lo que lograba entender cuando el joven microempresario nos hablaba; mi inglés no era malo, pero yo no estaba acostumbrado a ese fuerte acento sureño que se hablaba en las zonas rurales del estado. Iván pareció ofenderse cuando escuchó la pregunta. “¡Este tipo habla inglés mejor que muchos estadounidenses!” Luego agregó: “A demás, ha publicado libros. ¿Sabes lo que es eso? ¡No es fácil publicar un libro!” Después de una pausa, Iván cerró su monólogo con un inesperado broche de oro: “Él y yo somos lo que podría llamarse malparidos altamente educados”. Iván se rio a carcajadas de su propio chiste, las luces delanteras de una enorme camioneta Ford iluminaron los salvajes ojos azules de mi buen amigo. “Este tipo sabe lo que está haciendo”, me dije, un poco más tranquilo que antes. Pero, naturalmente, ese no era el caso.

Seguimos recorriendo las calles solitarias hasta llegar a un barrio oscuro cerca del estadio de beisbol. En una esquina vi a un hombre alto y fornido con una gruesa chaqueta de estilo militar. Noté que tenía las manos metidas en los bolsillos. Mala señal. El vendedor nos dijo que detuviéramos el carro. El hombre alto empezó a caminar hacia nosotros. Me pregunte si estaría armado. El joven sentado en el asiento trasero le pidió a Iván que le diera cuarenta dólares, él se bajaría del vehículo y compraría la hierba para mi amigo. Iván parecía desconfiado, pero el vendedor insistió que esta era la mejor forma de llevar a cabo la compra. Iván, algo nervioso, le pasó dos billetes de veinte dólares al insistente intermediario. Cuando uno de los billetes cayó al suelo Iván y el vendedor se miraron a los ojos, el tipo se estaba impacientando, Iván parecía estar perdiendo el control. Era una completa estupidez. Empecé a perder la paciencia y le dije al extraño: “Sólo tome el dinero y haga lo que tenga que hacer”. El tipo se bajó del auto rápidamente, cruzó un par de palabras con el hombre alto y volvió a entrar al vehículo. Iván y yo pudimos ver que llevaba algo en su mano derecha. El vendedor le dijo a Iván que encendiera el vehículo, mi amigo encendió el motor y los neumáticos comenzaron a girar sobre el frío pavimento. Ya nos estábamos alejando lentamente del hombre alto cuando Iván le pidió al vendedor que lo dejara ver la hierba. El tipo estiró su brazo y le dio a mi amigo un puñado de una sustancia verdosa y seca que parecía musgo. Iván se molestó y apretó la marihuana en su mano blanca y huesuda. El auto se detuvo bruscamente. El rostro de Iván se estaba poniendo rojo. “¿Cree que esta es la primera vez que compro hierba? ¡Mierda! ¿Es que ni siquiera tenían una maldita bolsa?” El vendedor se dio la vuelta, nervioso, y vio como el hombre alto empezaba a acercarse al carro. A juzgar por la expresión de nuestro intermediario, detener el vehículo había sido una mala idea. “¡Encienda el carro! ¡Vámonos! Le aseguro que la hierba es buena. Se lo juro. ¡Pero tenemos que irnos ya!” El miedo en la voz del joven hizo que Iván y yo fijáramos nuestra atención en el hombre que se nos acercaba a pasos lentos. Noté que el tipo hundía su mano cada vez más dentro de su bolsillo. Le hice a Iván un leve gesto con la cabeza. Era evidente que el miedo en la voz del vendedor nos había contagiado también a nosotros. Iván encendió su vehículo y condujo en silencio hasta su casa.

El vendedor nos acompañó a la casa de Iván. Yo tomé la guitarra y abrí una lata de cerveza. Iván sacó un tablero de ajedrez de su mesa de noche y los dos empezaron a jugar una partida. Iván hizo un pequeño cigarrillo de marihuana, y ambos se pusieron a fumar mientras pensaban sus primeras jugadas. Me preguntaron si quería probar la hierba, Iván dijo que el producto era bueno. Yo les di las gracias amablemente, pero les dije que prefería concentrarme en la cerveza. No pude evitar preguntarme una cosa: Si en verdad la marihuana era tan buena como decía Iván, ¿por qué él se veía tan triste? ¿Y por qué estaba triste yo también? Tal vez era algo natural, algo inherente a nuestra generación. Me bebí un par de cervezas más, me despedí de mi amigo y de su contrincante y me eché a andar por las calles oscuras. En menos de diez minutos estaba de vuelta en mi pequeño apartamento en el edificio Park Circle. Eran casi las tres de la mañana.

A veces, cuando estoy solo y no tengo nada mejor qué hacer, me pregunto qué significó realmente esa noche; no qué significó para Iván o qué significó para mí, sino qué significó en sí misma. Pero en el fondo comprendo que esta pregunta es absurda, y que la vida no tiene por qué significar nada en absoluto.

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