El musical colombiano dirigido por Juan Carlos Mazo y protagonizado por Majida Issa cerró el Charlotte Latino Film Festival en un dia de arte, conversación y emoción.
Por Sorayda Díaz
El cine, como la música, es un acto de memoria. Y cuando ambos se entrelazan en una historia que cruza fronteras, el resultado puede tocar fibras profundas.
Eso es lo que sucedió en Charlotte con la proyección de El Bolero de Rubén, la primera película musical colombiana escrita y dirigida por Juan Carlos Mazo, que llegó a la ciudad para abrir un espacio de reflexión colectiva.
Cargado de arte, emoción y latinidad, asi fue el cierre del Charlotte Latino Film Festival, donde se presentó El Bolero de Rubén. La película llegó a la ciudad gracias al esfuerzo de Cine Casual, plataforma que se ha dedicado a tejer puentes entre el cine latinoamericano independiente y audiencias del sureste de Estados Unidos.
Más que una función de cine, fue una experiencia compartida que comenzó con un conversatorio íntimo. Horas antes a la proyección, Mazo e Issa se sentaron frente a un público diverso para hablar no solo del proceso creativo detrás de la película, sino también de sus trayectorias, su visión del arte y el papel del cine latinoamericano en la representación de nuestras identidades.

El director relató cómo esta historia nació en los escenarios teatrales en 2012 y, con paciencia y convicción, fue tomando forma hasta convertirse en una pieza cinematográfica. Para él, no se trataba solo de contar una historia de amor o de duelo, sino de hablar de emociones profundas desde un lenguaje que le es propio a Latinoamérica: la música.
“Yo quería contar una historia desde nuestras emociones, con nuestra música, desde nuestra manera de sobrevivir a la violencia y de amar con intensidad”, compartió Mazo ante una audiencia cautiva, marcando el tono poético de lo que vendría después en la pantalla.
Majida Issa, por su parte, recordó cómo llegó a El Bolero de Rubén por casualidad, como espectadora, en una sala de teatro en Bogotá. La obra la conmovió al punto de quedarse hasta el final para conocer al autor. Ese primer encuentro con Mazo fue el inicio de una amistad y una colaboración artística que años después culminaría en la película. Ella se involucró como actriz, pero sobre todo como productora, impulsando el proyecto con una determinación que nacía del amor por la historia.
El conversatorio también permitió que ambos artistas reflexionaran sobre el estado actual del cine en Latinoamérica. Hablaron de los desafíos de producción, de los vacíos en los circuitos de distribución, y del deseo de construir una industria más sólida, donde las historias como la suya no tarden una década en ver la luz.
A medida que avanzaba la conversación, surgió un tema que no estaba en el guion, pero que tocó a todos: la migración. Si bien El Bolero de Rubén no trata directamente ese tema, su llegada a una ciudad como Charlotte —habitada por miles de personas con historias de desarraigo— lo volvió inevitable.


Fue entonces cuando Majida compartió su experiencia como actriz encarnando personajes muy distintos a ella, y cómo eso la ha llevado a desarrollar una empatía profunda por lo que no siempre se entiende de inmediato.
“Aunque no las vivamos igual, todas las historias migrantes merecen ser escuchadas. Como actriz, me ha tocado interpretar personajes con los que no comparto ni un valor, pero cuando conoces la raíz del otro, su dolor, su búsqueda… algo cambia en ti.”
El público escuchaba en silencio. La emoción flotaba en el ambiente. En ese momento, el arte dejó de ser solo estética para convertirse en puente.
Más adelante, Mazo retomó el hilo con una reflexión que conectó con la universalidad del acto de migrar. Él viene desarrollando desde hace años un concepto que lo ha llevado incluso a estudiar la migración animal como metáfora de los desplazamientos humanos.
“Migramos como los animales: por alimento, por refugio, por amor. Es parte de nuestra esencia. No se puede pedir a un latino que deje de hablar de migración, porque la llevamos en el cuerpo.”
La proyección de la película fue un éxito en Charlotte: dos funciones completamente agotadas y un público profundamente conmovido. En una ciudad marcada por el tránsito de culturas, la película encontró un hogar. No por casualidad: las historias, como las personas, también migran. Y cuando encuentran oídos abiertos, florecen.
Al final de la noche, quedó claro que el cine no solo entretiene. También sana. Nos conecta. Y, como dijo Issa en otro momento de la conversación, “nos recuerda quiénes somos”.
