Por Sorayda Díaz
Con el fondo de una casa en su pueblo natal de Armenia, Colombia, y yo desde Charlotte, Carolina del Norte, nos sentamos a platicar. María del Mar Alzate, quien emigró a Estados Unidos cuando era niña, es hoy una inmigrante en su propio lugar de nacimiento. Ha vuelto buscando respuestas, reconstruyendo identidad, y observando con nuevos ojos el país que la vio nacer, pero que aún no termina de sentirse como hogar.

A los siete años, María del Mar llegó a Estados Unidos sin hablar inglés, tras años de espera por parte de su padre, quien se había ido mucho antes en busca de estabilidad, escapando de la violencia y el colapso económico tras la era de los carteles. Pero a los pocos meses de reunirse como familia, su madre fue diagnosticada con cáncer. Falleció cuando ella tenía apenas ocho años.
“Cuando ella falleció, me dio muy duro… hasta ese punto me había criado con mi mamá. Mi papá casi no lo conocía porque él había estado en Estados Unidos”.
Esa experiencia marcó su vida para siempre. Su primera conexión con el arte vino como terapia. Recuerda nítidamente cuando le dieron una silueta humana para pintar lo que sentía:
“Escogí el color rojo y pinté todo el cuerpo de rojo… eso es lo que siento: rabia, confusión”.
Esa fue su primera pintura. Sin saberlo, ese acto de infancia sería el inicio de una trayectoria artística profundamente emocional y política.
Creció en Carolina del Norte dibujando en silencio, sin imaginar que podría vivir del arte. “Uno como inmigrante piensa que hay que trabajar duro, como nuestros padres. Yo nunca pensé que el arte pudiera ser una forma de vivir mi vida”. Fue recién durante la pandemia, después de convertirse en madre, que encontró en la pintura un refugio. “Era como volver a ser niña. Uno trata de buscar esa identidad, lo que se nos ha olvidado”.


Desde entonces, su trabajo ha tomado fuerza. En sus lienzos abundan cuerpos de mujeres, colores intensos, figuras que, muchas veces, no tienen ojos. “Empecé a quitar esos ojos… no quería darles una identidad específica. No es una mujer con ojos blancos o trigueños. Me quería enfocar más en el mensaje y menos en la identidad de esos personajes”.
Ese mensaje es claro: la denuncia del trato que reciben las mujeres en América Latina, la sexualización, el silenciamiento, la normalización de la violencia. “Los problemas siempre caen en las espaldas de las mujeres… los hombres nos han sexualizado no solo en Colombia, también en México y otros países. Y ahora la gente viene a nuestros países por las mujeres, sin entender el impacto real que eso tiene”.


El realismo mágico como estilo literario ha sido una profunda fuente de inspiración para su trabajo artístico. Le inspira su forma de entrelazar lo cotidiano con lo extraordinario, revelando lo invisible dentro de lo real y abriendo espacio para representar emociones, memorias y símbolos que trascienden lo tangible.
«Las obra de Gabriel García Márquez, en especial, ha sido fundamental en mi forma de ver y construir imágenes. Sus novelas no solo cuentan historias, las tejen con una atmósfera cargada de belleza, melancolía y profundidad humana que intento traducir en mi lenguaje visual. Aspiro crear mundos visuales que, aunque anclados en la realidad, estén habitados por lo invisible, lo simbólico, y lo mágico.»
Su regreso a Colombia no ha sido un simple viaje: es una inmersión total en la memoria, en la historia familiar, en los detalles de la vida diaria. “Pensé que aquí me iba a sentir en casa, pero no ha sido así. Estoy en casa, pero dejé una casa atrás en Estados Unidos… no me siento ni de aquí ni de allá”. Mientras ella navega estas preguntas, su hija también vive su propio proceso: llegó a Colombia sin hablar español, como su madre alguna vez llegó a EE.UU. sin hablar inglés. “Ahora yo tengo que ser su guía”, dice María del Mar, sabiendo que esta historia se repite, pero con nuevas capas de conciencia.


Durante su estancia actual en Colombia, María del Mar ha comenzado a entrevistar a mujeres, no con fines periodísticos, sino para escuchar, entender y dejar que sus palabras nutran su obra. Planea postularse a una maestría en arte en el Royal College of Art en Londres y sueña con crear un espacio de apoyo para mujeres vulnerables. “Ese sueño nunca lo he soltado… mucho antes de ser artista, yo quería tener una fundación para madres solteras, mujeres que han sufrido violencia. Espero que con mi arte pueda fundarlo”.
Las influencias visuales de su infancia —como los vitrales de las iglesias católicas— emergen hoy en sus composiciones de bloques de color. Su voz artística, sin embargo, no se queda en lo estético: es una forma de reclamar espacio, de cuestionar estructuras, de no olvidar. De traer de vuelta a su madre en cada trazo rojo, en cada sombra sin ojos que aún tiene algo que decir.


María del Mar Alzate pinta desde el duelo, desde la búsqueda, desde el deseo de transformar el dolor en algo útil, visible, compartido. Su arte no busca respuestas definitivas, sino abrir preguntas urgentes: ¿quiénes somos cuando el país que dejamos y el que habitamos ya no se sienten como hogar? ¿Qué cuerpos callamos? ¿Qué historias decidimos finalmente contar?
Conoce más de la artista en: https://www.instagram.com/delmaralz/
Fotos: Cortesía
