El arte de comunicar: la voz resiliente de Jhosie González

Por Sorayda Diaz

Para Jhosie González, comunicadora venezolana radicada en Charlotte, la historia de su voz empieza mucho antes de los micrófonos profesionales y los talleres de oratoria. Empieza con una niña de nueve años en su primera comunión, llamando al camarógrafo con señas para que la grabe a ella, presentando a sus amigas como si estuviera conduciendo un programa de televisión. Empieza también en fiestas familiares en Anaco, su ciudad natal, donde, entre tequeños y risas, era la hija y la sobrina encargada de dar la bienvenida a todos con un micrófono en mano.

“Cuando vi ese video de mi infancia hace unos años, pensé: claro, toda la vida he sido así”, recuerda. “Me di cuenta de que no era casualidad que hoy me dedique a esto. Dios ya me había mandado con esta misión desde niña”.

Jhosie de nueve años en su primera comunión, llamando al camarógrafo con señas para que la grabe a ella, presentando a sus amigas como si estuviera conduciendo un programa de televisión.

Su vida dio un giro definitivo cuando dejó Venezuela y llegó a Estados Unidos con 23 años. Allá ya era profesional, trabajaba en radio, televisión y eventos. Aquí, como tantas personas migrantes, tuvo que empezar de cero. La seguridad de su entorno, el idioma conocido y el reconocimiento profesional se quedaron al otro lado de la frontera.

“Salir de mi país fue lo que realmente me volvió resiliente”, cuenta. “En Venezuela estaba en mi zona segura. Aquí tuve que aprender un sistema nuevo, otro idioma y aceptar que, al principio, no iba a trabajar en mi profesión. Fui mesonera muchos años, después Uber Driver. Ese proceso te entrena para la vida”.

Esos trabajos que algunos mirarían por encima del hombro, ella los nombra como escuela: servir mesas le enseñó vocabulario, ritmos, trato con la gente; manejar para Uber la enfrentó a la ciudad, las leyes de tránsito, la policía, el manejo del miedo. Mientras tanto, guardaba en silencio una pregunta que la acompañaba día tras día: si algún día podría volver a ser la comunicadora que había sido en Venezuela.

En Charlotte, finalmente volvió a los medios. Trabajó en radio, televisión, presentó festivales, condujo eventos. Su voz ocupó escenarios frente a cientos de personas. Pero en medio de esa aparente realización profesional, apareció una incomodidad que no pudo seguir ignorando.

“Me di cuenta de que no estaba comunicando lo que realmente quería comunicar”, explica. “Repetía noticias, guiones, cosas que ya estaban en todos lados. Sentía que lo que decía ni me nutría a mí, ni le aportaba de verdad a la comunidad”.

Esa reflexión la llevó a una palabra que hoy repite con frecuencia: responsabilidad. Para ella, hablar en público no es simplemente articular bien o verse segura ante la cámara; es asumir que cada frase tiene impacto en quienes escuchan. “Lo que sale de mi boca importa. Cuando hablas ante una audiencia, estás insertando ideas en la mente de otras personas. Eso es un poder y una responsabilidad enorme”, dice.

De ese cuestionamiento nació una transición: poco a poco fue dejando el mundo del entretenimiento y orientando su voz hacia algo más alineado con su propósito. De ahí surge Comunica Academy, el proyecto donde ha logrado unir su experiencia profesional con su historia migrante y su deseo profundo de servir.

La idea apareció observando, una y otra vez, la misma escena: patrocinadores y emprendedores invitados a subir al escenario tenían dos o tres minutos para hablar y se paralizaban, divagaban o desaprovechaban la oportunidad. “Veía a empresarios y líderes comunitarios latinos con proyectos increíbles, pero que no sabían qué decir cuando les daban un micrófono. Y pensaba: aquí hay una necesidad enorme”, cuenta.

Comunica Academy nace precisamente para acompañar a profesionales, emprendedores y líderes comunitarios a sentirse más seguros y preparados al hablar en público o frente a una cámara. Más allá de “perder el miedo”, se trata de construir una nueva relación con la propia voz. Para ello, Jhosie ha desarrollado una metodología propia que resume con una palabra: META. Primero trabaja la mentalidad, el reconocer que la historia de cada persona tiene valor. Luego viene la técnica: dicción, pronunciación, lenguaje corporal, estructura del discurso. Solo entonces llega la acción: el momento de tomar el micrófono y hablar.

“De nada sirve enseñarte dicción si no crees que tu mensaje importa”, explica. “Primero hay que fortalecer la mente y el corazón, luego el músculo técnico, y después sí, lanzarte al escenario”.

La historia de Jhosie no se entiende sin la niña que era en Venezuela. En su familia numerosa —siete hermanos, muchos tíos, abuelos, primos— las reuniones eran multitudinarias. Entre 40 o 50 personas se reunían en un mismo espacio, y ella encontraba natural asumir el papel de presentadora: saludaba, bromeaba, nombraba a quien entraba, comentaba sobre la comida. Aunque en aquel momento nadie lo nombrara así, la escena ya contenía los elementos de lo que hoy es su trabajo: voz, presencia, ritmo, cercanía.

Sin embargo, comunicar desde la autenticidad implica también exponerse. Jhosie habla abiertamente de sus trabajos fuera de cámara, de los errores que ha cometido, de proyectos que no funcionaron, de momentos difíciles. Para ella, la vulnerabilidad no es una pose, sino una decisión. “En el mundo hay personas a las que les va a gustar lo que haces y otras a las que no. Ser vulnerable me ha permitido conectar con quienes sí puedo aportar algo, y aceptar que no soy para todo el mundo”, dice.

Esa honestidad trae desafíos: críticas, malentendidos, juicios. “He tenido que trabajar mucho mi amor propio y mi autoaceptación”, admite. “Entender que está bien ser quien soy, con mi historia, mis errores y mis aciertos. Y recordar que no estoy aquí por casualidad: mi historia tiene un propósito”.

Por eso, a la hora de elegir proyectos, se guía por algo más que la visibilidad o el dinero. Busca que lo que haga aporte valor real, respete sus valores y no la exprima hasta dejarla vacía. No le tiembla la voz para decir que no, incluso si eso genera incomodidad. “No puedo promocionar una marca o un evento que no refleje lo que quiero representar. Mi voz también es un límite”, afirma.

En una conversación sobre comunicación, tarde o temprano aparece el tema opuesto: el silencio. Puede parecer paradójico, pero para Jhosie el silencio también comunica. En escena, lo usa como recurso para llamar la atención del público, para marcar un punto clave, para crear un momento de pausa. Fuera del escenario, el silencio le sirve para deslindarse de conversaciones en las que no quiere participar: chismes, quejas constantes, discursos de odio. “A veces el silencio es la forma más clara de decir ‘yo aquí no quiero estar’. Es una herramienta para poner límites y cuidarme”, explica.

Venezolana de Anaco, Jhosie conserva con orgullo su acento; se ríe cuando dice que “se come las eses” y que a veces se le escapan expresiones colombianas, mexicanas o dominicanas, fruto de tantos años conviviendo con otras comunidades latinas. Esa mezcla, lejos de confundirla, la ha hecho más consciente de la diversidad dentro de la propia latinidad.

“Entendí que la forma de hacer las cosas en Venezuela no es la única. El mexicano tiene su manera, el dominicano la suya, el colombiano otra. Y todas son válidas. Esa expansión cultural es una riqueza enorme”, dice.

Cuando se le pregunta qué historias siente que la comunidad latina aún debe contar más, ella responde sin titubeos: las de gratitud. No para negar lo duro del camino migrante, sino para reconocer las oportunidades que han encontrado aquí. “En Estados Unidos también hay desafíos, pero el sistema permite organizarnos, planear, construir. En mi caso, me siento más segura, puedo ir al supermercado y encontrar lo que necesito, hay trabajo, hay posibilidades. Sin dejar de amar a Venezuela, también agradezco profundamente a este país por habernos abierto las puertas”, afirma.

Al final, todo en la vida de Jhosie González regresa a la misma idea: comunicar es servir. Hace años escuchó una frase que la marcó: “el que no vive para servir, no sirve para vivir”. Desde entonces, la repite como brújula. “¿De qué sirve un talento si no está al servicio del mundo?”, se pregunta.

Porque para Jhosie, el arte de comunicar no se trata solo de hablar bonito. Se trata de saber por qué hablas, para quién hablas y al servicio de qué hablas. Y en esa misión, su voz, forjada entre arepas, micrófonos, silencios, mesas servidas y kilómetros manejados, sigue encontrando nuevas formas de encender la de los demás.

Sigue a la comunicadora en sus redes sociales: @jhosiegonzalez

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