“But gravity always wins,
And it wears him out.»
Radiohead, “Fake Plastic Tress”
Por Juan David Cruz Duarte
- Clinton
Me mudé a Clinton, Carolina del Sur, en agosto del año 2018. Antes de eso había vivido en Columbia, la capital del estado, por ocho años. Columbia es una ciudad mediana. Es un lugar tranquilo, pero yo no diría que es aburrido. Tiene un par de cafecitos que extraño y un par de bares que solía frecuentar y que ya no existen. No voy a idealizar ni a criticar esa ciudad, sólo voy a decir que era mi hogar.
Me costó mucho trabajo conseguir empleo en la academia. Por eso me alegré cuando fui contratado como profesor de medio tiempo en Presbyterian College, una pequeña universidad privada en Clinton. Dicho pueblo está en el Condado de Laurens, y es mucho más pequeño que Columbia. En Wikipedia dice que el censo de 2010 reportaba que el pueblo tenía alrededor de 8,500 habitantes. Seguramente este número fue disminuyendo con los años. Con frecuencia, mientras caminaba por las calles solitarias de Clinton, experimentaba la extraña sensación de estar perdido en un pueblo fantasma.
Según entiendo, la caída de la industria textil en el pueblo a principios de los años 2000 llevó a su declive económico. Tal vez, por eso tantas personas nacidas en Clinton se mudaban a ciudades más grandes, como Columbia, Greenville o incluso Laurens. Algunos de los profesores de Presbyterian College vivían en otras ciudades. Los que vivían en Columbia, por ejemplo, tenían que conducir alrededor de una hora de ida y una hora de regreso todos los días.
Cuando llegó el momento de mudarme, no tenía mucho dinero ahorrado (no se hace mucha plata como estudiante de posgrado). Tuve que pedirles prestado a varios amigos, y solicitar una tarjeta de crédito. Recuerdo que durante mi primer mes en Clinton no tenía servicio de internet en mi casa, así que cuando salía de mi oficina, perdía contacto con mi novia y con mis padres en Colombia. Como no tenía mucho que hacer en las noches, después de clase me quedaba en la oficina, algunas veces perdiendo el tiempo en la computadora, otras veces trabajando en un extenso libro de crítica literaria que muy probablemente nunca será publicado. Los fines de semana, casi siempre me quedaba en mi apartamento, me compraba un six-pack de cerveza o una botella de vino, y veía películas o series en el reproductor de DVDs que había comprado en Walmart un par de años atrás.
En la universidad, era más joven que la mayoría de mis colegas, y más viejo que mis alumnos. Clinton no es un lugar muy diverso. Cuando caminaba por las calles silenciosas, notaba que nadie se veía como yo. Los primeros meses fueron difíciles. Adicionalmente, Clinton no era un pueblo para peatones; como casi todas las ciudades de Estados Unidos, era difícil moverse de un lado a otro sin un carro. Afortunadamente, todavía tenía la vieja bicicleta marca Garelli que me había regalado un buen amigo. Era una reliquia de los ochenta, pero yo le había invertido algo de tiempo y dinero, y mí me parecía una máquina preciosa. Recuerdo que Bi-Lo, el supermercado más cercano a mi apartamento, estaba a unos 45 o 50 minutos a pie (nunca me ha gustado ir a hacer mercado en bicicleta: las bolsas pesadas afectan mi equilibrio, y eso me pone nervioso). Afortunadamente, a veces una de mis colegas me llevaba a hacer mercado con ella. No obstante, esto no sucedía muy seguido, y yo sentía vergüenza de pedirle que me avisara cuando tuviera la intención de ir al mercado. Teníamos una buena relación, pero no éramos amigos cercanos. Así que gran parte de mis víveres los compraba en el Family Dollar. Vendían comida enlatada (fríjoles, chili con carne, atún), donas, carne seca, huevos, leche, maní, uvas pasas cubiertas con chocolate, pan, papas fritas, Doritos, Snickers y helado. No era fácil tener una dieta saludable en esas condiciones. Sin embargo, pronto descubrí que en el centro del pueblo había una pequeña carnicería, donde usualmente conseguía pescado congelado, carne de res, cebollas y sopa enlatada (mi favorita era la de champiñones). Esto hizo mi vida en el pueblo un poco más fácil.
Pero la verdad es que había una belleza inusual en Clinton: esas construcciones de ladrillo de principios del Siglo XX, el cielo azul del mediodía, las calles amplias y tranquilas. A veces sentía que estaba caminando por una pintura de Edward Hopper. También me gustaba ver los animales que vivían en el bosque: los halcones que cruzaban el cielo como flechas, los venados que salían de la vegetación y exploraban el pueblo en medio de la noche, los mapaches que cruzaban las calles bajo la luz de la luna. Sí, había una belleza en ese lugar que a veces me tomaba por sorpresa.
- No Cars
“We know a place were no planes go.”
Arcade Fire, “No Cars Go”
Una noche, después de dictar mi clase de la tarde, decidí caminar a Bi-Lo, ya que me estaba quedando sin comida en el apartamento, y estaba cansado de comer víveres enlatados. El supermercado estaba a unos 15 minutos de mi oficina, y mi oficina estaba a uno 35 minutos de mi apartamento. Como se estaba haciendo tarde, decidí que no llamaría a ningún colega para que me llevara de regreso a casa, en vez de eso, llamaría un Uber una vez hubiera terminado de comprar lo que necesitaba. Mientras caminaba por los pasillos del supermercado, con un carrito lleno de productos de todo tipo, me pregunté si sería difícil conseguir transporte. Así fue.
Pagué por mis compras y me quedé parado en el estacionamiento de Bi-Lo, tratando de conseguir un Uber. Pero cada vez que lo intentaba la única respuesta que recibía era “No cars available”. Así estuve por un buen rato, tratando de conseguir ese maldito Uber que nunca llegaba. Me dieron las diez de la noche. No quería llamar a nadie para pedirle que me “rescatara” de la estúpida situación en la que yo mismo me había metido. Guardé los productos más pesados en mi morral, y agarré en las manos las bolsas que no cupieron allí. También amarré algunas bolsas a las correas del morral, lo cual me pareció muy ingenioso en ese momento. Poco a poco, empecé a caminar hacia mi apartamento.
El peso de las bolsas era abrumador. A veces me detenía por un momento y volvía a intentar conseguir el Uber. Era inútil. En un momento me senté en el estacionamiento de una de esas lavanderías que están abiertas las 24 horas, descansé ahí por un rato y luego caminé unos diez minutos más. Recuerdo que una lata de atún se salió de una de las bolsas, y rodó calle abajo, perdiéndose en la oscuridad. No tuve energía para irla a buscar. Luego tuve que parar de nuevo, y me senté en las escaleras de una iglesia. Dios no estaba allí esa noche.
Decidí dejar parte de las bolsas en mi oficina. Cuando estaba cerca al Neville Hall, el edificio principal de Presbyterian College, tuve que detenerme nuevamente. Abandoné un par de botellas grandes en una banca de cemento, y seguí mi camino. Una vez estuve en mi oficina, me senté en la silla, recosté mi cabeza sobre el escritorio, y me quedé así, descansando inmóvil, por un buen rato. Finalmente guardé casi todos los productos no perecederos en los cajones del escritorio. Después de dudarlo un poco, caminé hasta la banca en donde había dejado tiradas las botellas, las levanté con resignación, y las llevé hasta mi oficina. Creo que estuve en la universidad por unos 20 minutos o media hora, y luego emprendí lo que me quedaba del camino, con una carga más liviana.
Seguí caminando hacia el norte por South Broad Street. Como ya no llevaba tanta carga, podía caminar más rápidamente. Casi no tuve que hacer pausas. Recuerdo que me senté por unos minutos en las escaleras de una vieja farmacia. Mientras miraba el cielo nublado, pensaba que este era el tipo de historias que habrían hecho sentir orgulloso a mi abuelo: narraciones de esfuerzo, perseverancias y resiliencia. Pero eso no me importaba. Ya tenía suficientes historias de ese tipo. Ahora sólo quería descansar. Creo recordar que, por un instante, sentí ganas de llorar. Pero sólo me sequé el sudor de la frente, y seguí caminando hasta mi apartamento en Willard Road. Al final, esa caminata, que normalmente no me habría tomado más de 55 minutos, fue una tortuosa jornada de dos horas. El dolor de espalda me duró un par de días.
3. La caída
I get signs, from God, saying:
“Stay the fuck down.”
Car Seat Headrest, “Fill in the Blanks”
Nunca hacía gran cosa durante los fines de semana. Pero era viernes, y yo me había enterado de que en Clinton se celebraría ese día el Festival de la Cerveza. Yo estaba decidido a ir. Tal vez podría conocer a más personas, hacer amigos, cosas así. Aunque tiendo a ser un tipo tímido, ese día estaba emocionado por el dichoso festival. Dictaría mis clases, corregiría exámenes en la tarde, y en la noche iría al centro del pueblo para ver de qué se trataba el evento. A eso de las 9:45 de la mañana guardé mis marcadores para tablero y mis libros en el morral, me puse mi casco, y me subí a la vieja bicicleta. Era pesada, y me costaba un poco sacarla del apartamento, pero casi siempre disfrutaba el recorrido a la universidad.
Iba manejando por Munsgrove Street, cuando accidentalmente metí la punta de mi zapato de cuero en la rueda delantera, lo cual detuvo la bicicleta abruptamente, catapultándome contra el pavimento en cuestión de segundos. Alcancé a levantar mi mano izquierda para protegerme la cara, pero al parecer no moví mi mano derecha lo suficientemente rápido, y mi cabeza se estrelló violentamente contra el suelo. Si no hubiera tenido el casco puesto, seguramente las consecuencias de la caída habrían sido mucho más graves.
El cemento se sentía tibio bajo mi mejilla. Por un instante, sólo quise quedarme ahí, descansando en medio de la calle. Pasé mi lengua por mis labios, y noté que uno de mis dientes incisivos (el diente frontal derecho) se había quebrado. La boca me sabía a sangre. También me dolían el pómulo derecho y una rodilla, y pronto noté que mi mano izquierda se estaba comenzando a inflamar. Pero lo que más me dolía era el costado. Me costaba trabajo respirar. El día siguiente supe que me había fracturado una costilla.
Una mujer que conducía una camioneta de USPS se detuvo y me ayudó a sentarme. Creo que se llamaba Whitney. Otro conductor solidario se estacionó cerca de nosotros y llamó una ambulancia. Un anciano se asomó a su porche, y preguntó qué me había sucedido. Le explicaron que me había tropezado con algo en la calle. Entonces me di cuenta de que el rin de la rueda frontal de la bicicleta se había doblado, y que varios de los radios se habían roto. Por eso me dolía tanto el empeine. Me sentía como un perfecto estúpido. Cuando llegó la ambulancia, me puse de pie. En esos meses estaba viviendo sin seguro médico, y sabía que subirme a una ambulancia me costaría al menos dos mil dólares. Les di las gracias a todos, me subí como pude a la vieja bicicleta Garelli, y me fui pedaleando hasta la universidad. Eso no fue fácil, ya que el marco de la bicicleta se había doblado un poco, y el rin de la rueda delantera estaba completamente dañado.
Cuando llegué al salón de clase, mis estudiantes ya estaban empezando a irse (me habían esperado diez minutos). Yo les pedí que entraran al salón, y les expliqué que había tenido un pequeño accidente. Cuando proyecté las páginas del libro de texto en la pantalla al frente del salón, una estudiante me hizo notar que mi pantalón se había roto, y que tenía un raspón en mi rodilla derecha, otro mencionó el leve moretón en mi pómulo, y otro más me preguntó si me había roto el diente. Les dije que no se preocuparan por esas cosas y seguí dando la clase.
Después de clase almorcé solo en la cafetería de la universidad, o tal vez en el Moe’s que había en el campus. Mi rodilla derecha se había inflamado considerablemente, y no podía evitar cojear cuando caminaba. Me tomé un Advil para aliviar un poco el dolor. Después del almuerzo, en mi oficina, recosté mi cabeza sobre el escritorio y traté de dormir un rato. Pensé que no había visto a mis amigos de Columbia en unas dos o tres semanas. Me pregunté cuándo los vería de nuevo. Noté con alivio que ya no me costaba trabajo respirar, pero el dolor en mi costado persistía. Ahora parecía haberse esparcido también a mi espalda. En la tarde dicté otra clase, pero cuando terminé decidí que no llevaría la bicicleta de vuelta al apartamento. Era peligroso usarla con la rueda delantera en esas condiciones. Además, me sentía incapaz de pedalear. Subí la bicicleta a mi oficina, y allí la dejé por un par de semanas.
Esa tarde caminé de vuelta al apartamento, cojeando todo el tiempo. Un adolescente que iba caminando en la acera contraria me preguntó si estaba bien, yo levanté mi pulgar en un gesto de resignado optimismo. Cuando llegué al apartamento me puse mi pantaloneta de baño, me serví un vaso de vino tinto, me tomé otro Advil y me metí en la bañera. A esa hora, ya había abandonado completamente la idea de ir al Festival de la Cerveza.
Al salir de la bañera encendí mi televisor, me serví otra copa de vino, conecté el reproductor de DVD, y vi uno o dos episodios de Cowboy Beeboop. Estaba terriblemente cansado.
Y cuando finalmente me acosté a dormir, cubriéndome la cabeza con las sábanas, me sentí como un viejo perro callejero que se resguarda de la lluvia, tiritando debajo de un puente. Me sentí como una bestia herida que se refugia en su madriguera húmeda, esperando a que termine esa tormenta infatigable que azota la tierra, esa tormenta que ha inundado el planeta entero desde el inicio de los tiempos. Pero no hay esperanza, la situación no tiene remedio. La tormenta no termina, nunca termina; por el contrario, a veces parece estar echando raíces en la tierra, y esas raíces son tan profundas que seguramente han alcanzado ya el centro hirviente del mundo. No, la tormenta no va a terminar, nunca va a terminar.
Así me sentía esa noche, después del estúpido accidente. Mi habitación estaba completamente oscura, y el silencio era casi absoluto. Antes de quedarme dormido, recuerdo haber pensado: “¡Mierda! No más. Ya estuvo bueno de todo esto. Me regreso a Bogotá”. Y eso fue lo que hice.
