India: The Taste of Belonging

By Sorayda D. León

Cuando recuerda los nacatamales, Samantha Enriquez no habla solamente de comida. Habla de una mesa llena de manos trabajando juntas, de hojas de plátano abiertas como pequeños hogares, de arroz, cerdo marinado, papas, aceitunas y pasas (aunque ella las odiara), pasando de mano en mano en una especie de ritual familiar. Habla de su tía, de sus padres, de conversaciones alrededor de la cocina y del vapor saliendo de las ollas mientras toda la familia construía algo en conjunto.

“Era uno de mis platillos favoritos”, dice. “Porque nos reunía.”

Así comienza también la historia de la chef y creadora de La India, una propuesta culinaria nacida desde la memoria, el duelo, la migración y el deseo profundo de reclamar identidad a través de la comida.

Más que un proyecto gastronómico, La India se ha convertido en un espacio de resistencia cultural, comunidad y conversación sobre lo que significa ser latino, indígena y migrante en Estados Unidos.

Hija de padres nicaragüenses, la chef creció entre dos realidades distintas: la historia privilegiada de su padre en Nicaragua y la pobreza que marcó la vida de su madre, quien creció en una pequeña comunidad de Granada y enfrentó discriminación por el color de su piel y su cabello. “La negrita”, recuerda que le decían. Años después, esa palabra se transformaría en símbolo de orgullo.

“Quería que mi negocio representara algo”, explica. “Y la palabra que seguía apareciendo era ‘La India’.” Lo que para muchos había sido usado como insulto, ella decidió convertirlo en afirmación. En reconocimiento de las raíces indígenas que atraviesan gran parte de Centroamérica y Latinoamérica. “La gente indígena es la más resiliente”, dice. “La que comparte aunque tenga poco. La que hace algo de la nada.”

Her cuisine stems precisely from that collective memory. From a childhood where blended chicken broth was served in a baby bottle, where weekends meant roast beef, indio viejo, or vigorón, and where cooking was a way for the family to find emotional support.

Pero también nace del duelo, sobre todo cuando salió de casa, comenzó a extrañar profundamente la comida de sus padres. “Empecé a cocinar desde la nostalgia”, cuenta. Desde los olores y recuerdos esa búsqueda emocional evolucionó eventualmente hacia algo más grande: usar la gastronomía para reclamar el lugar de la cocina latinoamericana dentro de las narrativas culinarias globales.

En la escuela culinaria, notó que las llamadas “cocinas madre” casi siempre eran europeas o asiáticas. Nunca latinoamericanas, y eso le molestaba ya que muchas técnicas y alimentos vienen de nuestros ancestros. «Solo que no las documentamos. Las guardamos dentro de las familias» afirma.

Esa necesidad de contar historias se volvió todavía más urgente durante las redadas migratorias ocurridas en su ciudad de Charlotte. Mientras gran parte de la comunidad vivía con miedo, ella comenzó a cocinar caldo de pollo para familias afectadas por ICE. Organizó entregas, levantó fondos, reunió voluntarios y terminó repartiendo más de 400 cuartos de sopa en una sola semana.

“Solo pensaba: ¿qué necesita alguien cuando siente miedo?”, recuerda. “Comida caliente. Algo que le recuerde su casa.”

La experiencia la marcó profundamente. Visitó complejos de apartamentos afectados por incendios y deportaciones, habló con familias que dormían afuera de oficinas migratorias esperando citas, escuchó historias de separación y desesperación. Pero también encontró algo más: comunidad. “La gente quiere ayudar”, dice. “Solo que muchas veces no sabe cómo.”

Su cocina, sin embargo, nunca se queda únicamente en el alimento, cada cena que organiza incluye poesía, historias y elementos visuales que reconstruyen memorias de infancia: ladrillos, barro, hojas de plátano, crayones sobre la mesa.

Sus invitados leen relatos mientras comen, dibujan recuerdos y eflexionan. “No quiero que la gente solo consuma comida”, explica. “Quiero que se vea reflejada en las historias.”

Uno de esos relatos recuerda una noche de apagón en su infancia. Sin electricidad ni dinero, su padre improvisó una fogata afuera de la casa para recalentar baho, un platillo tradicional nicaragüense hecho con yuca, plátano y cerdo cocido en hojas de plátano. “Comimos alrededor del fuego”, recuerda. “Y en vez de hacernos sentir pobres, mi papá convirtió ese momento en algo mágico.”

Para ella, esas historias son tan importantes como la comida misma.

También lo es hablar sobre género, migración y el lugar de las mujeres dentro de la gastronomía. Cuestiona constantemente la estructura masculina de las cocinas profesionales y reivindica el trabajo emocional y comunitario que históricamente han sostenido las mujeres latinoamericanas. “Nos enseñaron que cocinar era para servirle a un hombre”, dice entre risas. “Ahora yo cocino para contar mi historia.”

Hoy, aunque ha tenido que pausar temporalmente parte de su proyecto por cuestiones económicas, su visión sigue clara: abrir un restaurante de alta cocina centroamericana. Un espacio que coloque sabores nicaragüenses, hondureños, salvadoreños y guatemaltecos en conversaciones gastronómicas de las que históricamente han sido excluidos.

“Nunca he visto un restaurante nicaragüense fine dining aquí”, dice. “Entonces alguien tiene que hacerlo.”

La India no intenta separar la comida de la historia, ni la migración del sabor, ni el dolor de la belleza. Todo existe al mismo tiempo como esos nacatamales de su infancia: complejos, lentos, llenos de capas, construidos colectivamente y envueltos cuidadosamente para alimentar a otros.

https://www.instagram.com/laindiacuisine/?hl=en

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