Por Sorayda D.León
Josué Javier Raya Clemente llegó a Estados Unidos a los 16 años después de la muerte de su padre. Su familia dejó Guanajuato buscando un cambio radical en medio del duelo. En ese proceso, los libros se convirtieron en refugio. “Cuando llegué aquí me sentía muy solo”, recuerda. “Leer era el apoyo más grande que tenía.”
Gaby Moreno Delgado, por otro lado, creció en una familia donde leer era parte de la rutina cotidiana. Recuerda a sus padres pasando las mañanas de fin de semana con un libro en la mano. Más tarde, durante la pandemia en México, comenzó a involucrarse en clubes de lectura virtuales y descubrió algo que transformaría su relación con la literatura: leer también podía ser una forma de construir comunidad.
Años después, ambos terminarían coincidiendo en Charlotte.
Primero se conocieron por redes sociales gracias a sus cuentas dedicadas a reseñas literarias. Compartían recomendaciones, hablaban de libros y eventualmente comenzaron a preguntarse algo muy simple: ¿por qué no existía un espacio presencial en español donde lectores latinos pudieran reunirse aquí?
Así nació Charlas y Libros.

Al principio pensaban que, si llegaban cinco personas a la primera reunión, ya sería un éxito. Llegaron quince. Y más importante aún: casi todos repitieron la misma frase. “Qué bueno que existe esto.”
Porque el club terminó llenando algo más profundo que el deseo de hablar de literatura.
Muchos de quienes asisten son inmigrantes latinoamericanos que llegaron a Charlotte buscando exactamente lo mismo que ellos: conexión, conversación y comunidad. Algunos habían dejado de leer hacía años. Otros simplemente necesitaban un espacio donde sentirse acompañados. “El libro es una excusa”, dicen entre risas. Pero detrás de esa frase hay algo muy real.
Hoy el grupo reúne personas de México, Colombia, Venezuela, Honduras, Nicaragua y otros países latinoamericanos. Y precisamente esa diversidad ha terminado enriqueciendo la experiencia lectora de maneras inesperadas.
Leer un autor peruano junto a alguien de Perú cambia completamente la conversación. Lo mismo sucede con expresiones, contextos culturales y formas de hablar. Gaby cuenta que convivir con personas de distintos países incluso transformó su manera de entender el idioma español.
“Antes era más rígida con el lenguaje”, admite. “Ahora entiendo que hay muchas formas correctas de hablar.”

Ese intercambio cultural ocurre también fuera de los libros.
En las reuniones hay comida venezolana, pan de bono colombiano, conversaciones sobre migración y debates sobre identidad latina en Estados Unidos. Poco a poco, el club se convirtió en algo más amplio que una actividad literaria.
Y algunos libros han dejado huellas particularmente profundas.
Uno de ellos fue Solito de Javier Zamora, la historia autobiográfica de un niño migrante centroamericano viajando hacia Estados Unidos. La lectura ocurrió en un momento especialmente difícil para muchas familias inmigrantes y terminó convirtiéndose en una de las sesiones más emocionales del club. “Lloramos muchísimo”, recuerdan.
Para varios miembros, fue la primera vez que pudieron hablar abiertamente de sus propias experiencias migratorias dentro de un espacio colectivo.
Ese tipo de conversaciones también les ha permitido cuestionar cómo se perciben a sí mismos dentro de Estados Unidos. Gaby habla, por ejemplo, de la extraña experiencia de sentirse “puesta en una caja” racial o cultural que no necesariamente representa quién es. “En México yo nunca pensaba en mí como latina o hispana de esa manera”, explica.
Charlas y Libros crea un espacio donde muchas de esas preguntas pueden existir sin necesidad de respuestas inmediatas.
Las reuniones ocurren una vez al mes, generalmente el último martes. Cada lectura se elige mediante votación grupal y durante mucho tiempo se enfocaron exclusivamente en autoras latinoamericanas que escribieran en español.
Pero el proyecto ha seguido creciendo.
Ahora organizan picnics, sesiones de yoga, encuentros gastronómicos y hasta viajes literarios. El año pasado llevaron a más de veinte personas a la Feria del Libro de Nueva York para participar en encuentros con escritoras como Brenda Navarro y Mónica Ojeda.

También crearon, casi accidentalmente, un “club alterno” dedicado a buscar tacos por NY.
Todo parece girar alrededor de la idea de compartir.
Y aunque ambos aman profundamente la literatura, también rechazan cierta visión elitista de la lectura. Hablan con naturalidad sobre audiolibros, novelas gráficas, fantasía y libros juveniles. Insisten en que lo importante es leer lo que genere curiosidad, especialmente para las nuevas generaciones.
“Muchas veces los jóvenes creen que leer es solo una extensión de la escuela”, dice Javi. “Pero leer también puede ser entretenimiento.”
Quizá por eso el club conecta tanto con personas que habían abandonado el hábito de leer durante años. Tener una fecha, una conversación pendiente y un grupo esperando la discusión hace que muchos vuelvan a acercarse a los libros sin presión ni solemnidad.


Al escucharlos hablar, queda claro que lo que construyeron no fue solamente un club de lectura.
Construyeron un espacio donde los libros funcionan como punto de encuentro para personas que, en muchos casos, también están intentando reconstruirse lejos de casa.
Porque a veces leer no se trata únicamente de escapar a otros mundos. A veces se trata, simplemente, de encontrar compañía dentro del propio.
Para más información del club y sus reuniones pueden encontrarnos en Instagram como @charlasylibrosclt.
