Cristina Lozano y la tradición del cafecito

Por VozEs

El aroma del café puede viajar más lejos que una maleta.

A veces cruza países enteros antes de instalarse nuevamente en una cocina, en una conversación o en una memoria. Para Cristina Lozano, ese aroma siempre regresa a la costa ecuatoriana, al calor húmedo de la playa, a las mañanas familiares, al sonido de la licuadora preparando jugos frescos y a una taza de café que aparecía incluso bajo el sol intenso del Pacífico.

“Es chistoso tomarte un café en la playa, con 80 o 90 grados”, dice entre risas. Pero en Ecuador el café nunca perteneció únicamente al frío o a las cafeterías elegantes. El café estaba en todas partes. En las mesas familiares. En las visitas. En las meriendas con la abuela. En los desayunos con plátano asado y huevos. En esas casas donde siempre parecía haber una olla caliente esperando compañía.

Mucho antes de crear Ikigai Bold, antes del cacao premium y del rebranding que hoy la ha convertido en una presencia constante en mercados y espacios culturales de Charlotte, Cristina era una niña tomando café junto a su abuela, a quien llama “mami”, mientras mojaban roscas ecuatorianas en la taza caliente.

Por eso, cuando emigró a Estados Unidos, algo le pareció extraño casi de inmediato: el café aquí se veía como un tabú para los niños.

“Me parecía súper raro”, recuerda. Porque para ella el café no representaba adultez ni dependencia. Representaba cercanía. Hogar. Una pausa compartida.

Cristina llegó a Charlotte oficialmente en 2006, aunque llevaba años viajando entre Ecuador y New Jersey para visitar a su padre. La ciudad que encontró entonces era muy distinta a la actual y, como muchas personas inmigrantes, tuvo que reconstruirse desde cero. Había estudiado diseño gráfico en Ecuador, pero el idioma y la dificultad de validar estudios la llevaron hacia otros trabajos: ventas, Mary Kay y después el cuidado de niños como nanny.

Lo creativo, sin embargo, nunca desapareció.

Primero llegaron las bolsas pintadas a mano bajo su proyecto Loggy Bags, donde transformaba tote bags en piezas de arte portátil. Después apareció el cacao. Y finalmente el café, como si tarde o temprano fuera inevitable volver a aquello que siempre había estado presente en su vida.

Con Ikigai Bold, Cristina no solamente quería vender productos ecuatorianos. Quería transmitir sensaciones. Quería que las personas probaran un chocolate o un café y entendieran que detrás existía un lugar, una memoria y una historia familiar completa.

“Vamos a enseñarle al mundo que Ecuador también tiene un buen café”, explica. Durante mucho tiempo, dice, el reconocimiento parecía quedarse en otros países latinoamericanos, mientras Ecuador permanecía fuera de la conversación global del café.

Su reinvención en 2025 también se convirtió en una forma de regresar a sus raíces. Los cafés comenzaron a llamarse Suyu y Amanai, palabras en quichua vinculadas al origen y al renacimiento. El verde y el dorado de los empaques fueron elegidos pensando en abundancia, salud, familia y conexión.

Mientras habla, Cristina menciona constantemente la playa, los caldos familiares, el olor del desayuno y las conversaciones alrededor de la comida. Habla de Ecuador como quien recuerda sonidos antes que imágenes. La licuadora encendida por las mañanas. El café servido aunque hiciera calor. La familia reunida.

Mientras habla, Cristina menciona constantemente la playa, los caldos familiares, el olor del desayuno y las conversaciones alrededor de la comida. Habla de Ecuador como quien recuerda sonidos antes que imágenes. La licuadora encendida por las mañanas. El café servido aunque hiciera calor. La familia reunida.

Quizás por eso el café termina siendo mucho más que un producto dentro de su historia. Es una forma de continuar una tradición lejos de casa. Una manera de sostener recuerdos cotidianos que muchas veces parecen pequeños, pero que terminan construyendo identidad.

Cada mañana sigue el mismo ritual: primero agua, después café. Mientras toma esa taza piensa en lo que hizo el día anterior, no necesariamente en el futuro.

“No pienso mucho en el futuro”, admite. Y lo dice con tranquilidad, no con miedo.

Tal vez por eso su proyecto se siente tan humano. Porque no nace desde la obsesión de crecer rápido, sino desde algo mucho más íntimo: compartir sabores, recuerdos y pedazos de Ecuador con otras personas.

Charlotte está llena de historias migrantes construidas desde grandes sacrificios, pero también desde pequeños rituales y la nostalgia a veces llega en forma de café caliente, servido como se hacía en casa.

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