En la calle Amado Nervo

Por Sorayda Díaz

Crecí en una calle nombrada tras el poeta Amado Nervo, jugando en sus caminos alborozados de agua con las lluvias de julio y agosto, tomando atole de grano sentada en la banqueta acompañando a mi abuela afuera del número ciento cincuenta y ocho.

En esa calle di mi primer beso, e igual que como escribió el poeta, cerraba sin pensar los ojos y dije muchos ¨hasta mañana¨; en esa calle aprendí a trabajar, cocinar, soñar, llorar, leer y escribir. Ahí también me despedí muchas veces y regresé tantas más.

En la oscuridad de las madrugadas de la sierra michoacana, la calle Amado Nervo se iluminaba con los faroles a media luz esclareciendo la neblina de las heladas decembrinas y  entre ella como fantasmas se veía regresar a los emigrados llegando de Estados Unidos al pueblo para disfrutar las fiestas patronales.

En la Calle Amado Nervo se amanecía con música de saxofón, de guitarra o de trompeta, pero nunca en triste silencio, nunca se pasaba hambre y nunca se dejaba de jugar.

Un día la música ya no sonó igual, la cocina se quedó vacía,  y ya no hubo más ¨hasta mañanas¨ sino un tajante ¨no sé hasta cuando¨ que se perdió entre esa densa niebla decembrina llevándome a ese mismo lugar a donde se van los emigrados.

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