Por Sorayda Díaz
Nadie sabe de qué murió mi papá, o si realmente murió cuando dicen que lo hizo; lo único que recuerdo es que por ahí, de mil novecientos treinta y dos, un día se fue a Pachuca a vender guitarras y nunca regresó.
Francisca, o mejor conocida como ´Quica´, mi mamá, decía que él era uno de los pocos que hacían guitarras en el pueblo, y de esos pocos, él era el mejor: Don Jerónimo Amezcua.
Al menos ese fue su nombre en vida, porque su seudónimo para morir fue «Juan García». Resulta que cuando se fue a Pachuca, alquiló un cuarto en la casa de una señora. Ahí, me imagino, que embriagado con el aguardiente le dio por ser otro; o el que siempre había querido ser y luego, pues le dio mejor por morirse, porque él no estaba enfermo de nada, solo de tanta «tomadera» es que se ponía malito.
Cuentan que la señora que le alquiló la habitación lo llevó al hospital y mandó un telegrama aquí para que alguien fuera a verlo; pero los telegramas tardaban tanto en llegar y no había nadie más que Refugio, el hijo que tuvo antes de casarse con Quica, para ir a verlo. Cuando llegó al hospital, ya no había nadie con las características de mi papá. «Llegó un señor que se llamaba Juan García», dijeron las enfermeras y los doctores, pero como ya habían pasado muchos días desde su muerte, no pudieron conservarlo más tiempo, y lo único que le entregaron a Refugio fueron las guitarras y el huacal que llevaba como equipaje.
Quica decía que no era cierto que se había muerto, que lo único cierto es que le había dejado la carga de seis hijos: a Fidel, el más pequeño, sin conocerlo; a Coty, Paula y María con muchos trapos que coser para ayudar a Quica a mantenernos; y a Gerónimo, el más afortunado, porque le dejó la herencia de saber cómo hacer guitarras. Y a mí, a mí me dejó comiendo percances y haciendo el quehacer en casas ajenas.
Sí, yo también tuve que dejar la escuela para ponerme a trabajar, y eso que era lista, una vez gane un concurso al escribir una carta; pero me salí en tercero de primaria y desde los siete años ya estaba criando niños ajenos. Trabajé como sirvienta en la casa de mi padrino Ignacio Juárez durante mucho tiempo. Yo cuidaba a sus hijos, uno de los cuales ahora es doctor y el otro ingeniero.
La esposa de mi padrino me decía que no hiciera nada más que cuidar a los niños, pero cuando ella salía a hacer mandados, yo aprovechaba para limpiar la casa. Una vez, después de terminar de trabajar, me invitaron a quedarme a cenar. Mi madrina había hecho un comal lleno de tortillas y percances de res. Mi padrino me preguntó: «¿Qué te gusta, hija? Toma lo que quieras de carne». Yo pedí el ´bofe´, y él me dijo que tomara otra cosa porque el ´bofe´ era para los perros. Esa fue la primera vez, aunque desafortunadamente no la última, que comí percances, o lo que vendrían siendo las tripas de res que, con tortillas y sal, ya no sabían tan mal.
Mis padrinos vivían justo al lado de nuestra casa, a una cuadra de distancia, por eso mi mamá me dejaba ir a trabajar con ellos. Estuve allí trabajando hasta que tuve unos nueve años. Me gustaba, porque a veces nos llevaban al pueblo vecino a pasear y nos compraban cosas. Lo único malo era que mi madrina no era buena para cocinar.
La primera vez que nos llevaron al pueblo, mi mamá estaba muy emocionada. Me puso las mejores «naguas» con pliegues que teníamos. Estaban bonitas, de colores brillantes, pero gruesas y pesadas. Debajo llevaba un calzón de manta, sobre el calzón un fondo para que el rollo se viera bien y encima un delantal de terciopelo y encaje, como los que usaba en ocasiones especiales. Me sentía como la ´Guananchita´ que está en el templo del rancho. Sí, me veía bonita, sobre todo porque también me habían hecho trenzas con moños de colores y tenía el cabello largo. Pero ya no podía ni moverme. En un momento, me escondí detrás de la puerta y, jalándome el hilo del calzón, me lo quité. Lo dejé tirado en la entrada y salí corriendo hacia la casa de mi padrino, pero no me di cuenta de que mi hermano Guillermo me había visto y me estaba persiguiendo con los calzones en la mano, gritándome «¡Clementina, vas a ver con mi mamá que te quitaste los calzones!». Seguí corriendo y no pudo alcanzarme.
Esa noche me quedé a dormir con los padrinos. Tenían una hija de mi edad llamada Salud, y a veces jugábamos juntas cuando yo no estaba cuidando a sus hermanos o haciendo el quehacer. Esa noche todos nos dormimos temprano porque teníamos que salir al pueblo temprano al día siguiente, para llegar a tiempo a la función de las cuatro de la tarde en el cine. Así era entonces. Íbamos en burro: yo y Salud en uno, mi madrina con el ahora doctor en otro, y mi padrino con el ahora ingeniero en el tercero. En el pueblo nos quedábamos en un mesón, un gran patio con techos de adobe, donde la gente dejaba sus burros y caballos para pasar la noche antes de regresar al rancho al día siguiente. Mi padrino nos llevó a la plaza del pueblo y al cine Odeón. Recuerdo que las películas eran mudas y en blanco y negro. Esa fue la primera vez que fui al cine.
El camino de regreso al rancho era bonito, con muchos árboles, campos de maíz, vacas, becerros y borregos. Nos deteníamos entre las laderas para hacer del baño o descansar un rato del burro. Mi madrina alimentaba a los niños. Estaba cansada y hambrienta, como todos.
Para mi mala suerte, me invitaron a quedarme a cenar cuando llegamos a su casa. Mi madrina hizo caldo de res (su especialidad).
«¡Mira cuánta carne me dieron!», pensé. Con esfuerzo me comí el caldo, pero la carne apenas la masticaba y la guardaba debajo del delantal de encaje blanco y terciopelo morado. «Al rato salgo y la tiro al patio», pensé. Pero justo antes de que casi todos se levantaran de la mesa, fingí que iba al baño en el patio. Lancé la carne, pero no me di cuenta de que mi padrino también estaba allí. La carne le cayó encima. Por pura vergüenza, regresé rapido al comedor y me quedé sentada en la mesa terminando la poca carne que quedaba.
Cuando mi padrino llegó y me preguntó: «¿Hija, no te gustó la carne?», respondí: «Ay no tio, es que, no me gustan los percances».
Estas historias son parte de mi legado familiar, aquellas con las que crecí y que guardo con cariño en mi corazón. Las escribo para honrar la memoria de mi querida abuela, doña Clementina Amezcua Reyes, y para preservar su legado de amor, fortaleza y alegría. Son un tributo a su cocina exquisita, su sabiduría y su templanza. Las escribo para recordar los entrañables días sentados en su cocina, y después, los martes telefónicos en los que conversábamos durante horas, yo desde los Estados Unidos y ella desde nuestra casa en el «0009» nuestro teléfono local. Esas conversaciones eran mi refugio, una fuente de paz y conexión con mis raíces.
Las comparto con ustedes en honor a ella, porque doña Clementina fue más que una abuela, fue un faro de luz en nuestras vidas.
*Algunos nombres en esta historia fueron cambiados, bien por falta de memoria o por falta de permiso. Así mismo, sus palabras son una paráfrasis de mi memoria.
