Renaciendo entre colores: Samia Jaramillo

Por Sorayda Díaz

Cuando Samia Jaramillo decidió dejar Colombia y mudarse sola a Charlotte, Carolina del Norte, no imaginaba que el arte , una pasión que había quedado arrinconada por los deberes y las expectativas familiares, sería el hilo conductor para reconstruirse en un país nuevo. Su historia refleja el recorrido de muchas mujeres inmigrantes que, al llegar a Estados Unidos, enfrentan no solo el desafío práctico de empezar de nuevo, sino también la tarea íntima y profunda de redescubrir quiénes son.

Aunque nació en Nueva York, Samia creció en Montería, en la costa caribeña de Colombia, donde la calidez de la comunidad y los lazos familiares marcaron su infancia. Desde pequeña, el arte formaba parte de su universo personal: las manualidades, la pintura, los programas creativos de televisión eran parte de su día a día. Sin embargo, como muchas jóvenes latinoamericanas, creció con la noción social de que el arte era solo un pasatiempo, no una opción de vida. Esto, en parte la llevó a estudiar odontología.

“Me encantaba pintar. Veía todos los capítulos de Art Attack, hacía manualidades.” recuerda Samia.

El cambio llegó cuando, después de años de ejercer como odontóloga en Colombia, tomó la decisión de migrar. Llegó a Charlotte sin red de apoyo, sin pareja, sin garantías. Trabajó en lo que encontró: primero limpiando oficinas y luego en una empresa de diseño gráfico, donde comenzó como asistente general. Poco a poco, ese entorno despertó algo dormido.

“Empecé lijando letreros, limpiando la oficina, pero me llamaba tanto la atención lo del diseño gráfico que me fui quedando. Fui aprendiendo materiales, programas, colores… hasta llegar a ser manager.”

Ese trabajo marcó el inicio de una nueva etapa. No solo aprendió habilidades técnicas, también inició un proceso de introspección que la llevó de vuelta al arte. Fue durante la pandemia y en medio del encierro que Samia redescubrió la pintura como una forma de sanar.

“Yo pintaba y pintaba en mi casa, yo solita. Nadie veía, ni mi familia sabía que estaba pintando. Lo hacía por necesidad, por ansiedad, porque me ayudaba a sentirme menos cargada,” dice.

Este retorno al arte no fue inmediato ni fácil. Las dudas sobre su identidad profesional y personal la acompañaron durante años. Por mucho tiempo sintió culpa por haber dejado su carrera, el esfuerzo de sus padres. Le costaba entender que podía valer por otras cosas, no solo por sus títulos. Fue a través de la pintura, el acompañamiento terapéutico y las conexiones con otras personas que comenzó a redefinirse. El arte dejó de ser un pasatiempo escondido y se convirtió en su espacio de afirmación.

Una de sus primeras obras públicas, que presentó en un festival local en Charlotte, fue un huevo de Pascua intervenido con plantas reales. “Lo llamé Nuevos comienzos. Era un huevo abierto del que salían plantas colombianas. Para mí simbolizaba el renacer, el despertar que estaba viviendo. Fue la primera vez que me mostré como artista, y me dio mucho miedo, pero también fue muy sanador.”

Hoy, Samia continúa explorando esa identidad híbrida que combina sus raíces caribeñas con su vida en Estados Unidos. Sus pinturas reflejan rostros de mujeres con rasgos indígenas, plantas nativas de Colombia, texturas que evocan su infancia, su abuela, su gente. “Quiero que la gente vea mis obras y se reconozca. Que un monteriano vea una heliconia y diga: ¡eso es mío!”

Actualmente, Samia estudia UX Design y colabora con la Casa de la Cultura en un proyecto del NC Arts Council centrado en accesibilidad e inclusión en las artes. Es parte de una cohorte que se prepara para llevar experiencias artísticas a personas con discapacidad. Su visión es clara: hacer del arte un espacio abierto, no exclusivo. “Crecimos con la idea de que el arte es para los ricos, para los museos. Pero todos podemos crear. Yo quiero que la gente vea mi trabajo y piense: ‘yo también puedo hacerlo’. Que se atrevan.”

Más allá de sus piezas, Samia quiere crear oportunidades para que otras personas, especialmente inmigrantes, encuentren en la expresión artística una herramienta de conexión y pertenencia. Su mensaje es poderoso en su sencillez: no necesitas un título para crear, no tienes que esperar validación externa para explorar lo que te mueve.

En un país donde muchas veces el valor personal se mide por los diplomas o el tipo de empleo, Samia Jaramillo nos recuerda que hay otros caminos. Que hay belleza en empezar de nuevo, y fuerza en atreverse. Como ella misma lo resume con humildad: “No soy la gran artista, ni tengo formación formal, pero todo lo que hago es mío, es honesto, y eso es lo que quiero compartir.”

Porque, a veces, reinventarse no es olvidar lo que fuiste, sino permitirte ser todo lo que puedes llegar a ser.

Conoce más de la artista en: https://www.instagram.com/samiajaramillo/

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