Drift constante: el arte que nunca se queda quieto

Por Sorayda Diaz

El nombre artístico de Carlos Aguilar theydrift no es casualidad. Habla de movimiento, de trayectos que nunca se quedan quietos, de una vida que ha ido saltando de ciudad en ciudad con el arte como brújula. Drifter, para él, es alguien que se desplaza constantemente, no solo geográficamente, sino también entre escenas, estilos y mundos: del graffiti a las galerías, de East Los Angeles a Memphis, Seattle y ahora Portland, siempre con una lata de pintura o un pincel en la mano.

Carlos nació en East LA en 1981 y creció en Compton hasta los 15 años, rodeado de cultura chicana, murales, vírgenes en las paredes y grafiti en cada esquina. Su papá, hijo de padres originarios de Durango, nació también en East LA; su mamá es de un pequeño pueblo en Baja California llamado Cuervos. Esa mezcla de raíces mexicanas y vida en Los Ángeles marcó su imaginario desde niño, aunque no siempre fue consciente de ello.

El dibujo lo acompaña desde temprano: recuerda estar en el camión de carga de su papá, entreteniéndose con cómics que después intentaba copiar página por página. También cuenta aquella escuela por correspondencia que evaluaba dibujos de tortugas y piratas: un representante llegó a su casa, vio sus dibujos, habló con sus padres y les dijo que no se asustaran si su hijo empezaba a dibujar “cosas locas”; era parte del camino artístico. No duró mucho en el programa porque la familia no podía pagarlo, pero esa fue la primera vez que alguien externo le dijo con claridad: esto que haces es arte, y vale la pena tomarlo en serio.

A los diez años se acerca al graffiti, y hacia 1996 ese mundo lo atrapa por completo. Las calles se convierten en su taller. Con el tiempo, la pintura en aerosol se vuelve su herramienta principal y le abre puertas en distintos estados. Gracias al graffiti, dice, aprendió dos cosas fundamentales: a dominar un medio muy específico —el spray, tan distinto al pincel— y a ser humilde. En la calle, cualquier pieza puede ser tapada al día siguiente; nada está garantizado. Esa conciencia de lo efímero lo mantiene con los pies en la tierra y en diálogo constante con las nuevas generaciones de escritores.

Su trayectoria también está hecha de mudanzas. A los 15 años su familia se va a Memphis, Tennessee, y el cambio es brutal. De la intensidad visual de East LA pasa a una ciudad donde casi no hay murales y donde, de pronto, se convierte en el único chicano de su escuela. El shock cultural es fuerte, pero el arte y la patineta lo ayudan a encontrar comunidad. Más adelante, se mudará a Seattle buscando una escena artística más vibrante; allí trabajará años como gerente de producción en una imprenta de serigrafía, al tiempo que sigue pintando.

El giro decisivo llega cuando, ya instalado en Portland, consigue un encargo grande que le paga lo suficiente para sostenerse un par de meses. Carlos decide entonces renunciar a su empleo y apostarlo todo al arte. Desde hace alrededor de dos años vive de sus murales, de la venta de obra y de proyectos que lo llevan de ciudad en ciudad. Reconoce que la vida de artista tiene subidas y bajadas, pero también que nunca había podido dedicarse con tanta intensidad a su práctica como ahora.

Aunque su identidad chicana siempre estuvo presente, hubo una larga etapa en la que se fue diluyendo a medida que se alejaba de Los Ángeles. Vivir en lugares donde casi no hay comunidad latina hizo que perdiera contacto con muchas de sus referencias culturales. Hoy, parte central de su trabajo es precisamente volver a esas raíces.

Su exposición más reciente, cuenta, nace de ese deseo: reconectar con lo que dejó atrás durante los últimos veinte años. Uno de los temas que lo obsesionan ahora son los vaqueros: la figura del cowboy que históricamente tiene un origen profundamente mexicano, pero que ha sido blanqueada y reapropiada desde otros relatos. Carlos investiga, lee, se informa y luego transforma ese material en imágenes. A través del color y la composición, intenta insistir en algo muy simple pero poderoso: esa historia también es nuestra, y él quiere que quede claro desde el arte.

Su trabajo combina años de graffiti con técnicas de óleo, retrato y lenguajes propios del pop y lo psicodélico. Sus piezas parecen “glitcheadas”: fragmentadas, saturadas, con colores brillantes —sobre todo turquesas y rosas neón— que le vienen de la infancia, cuando su mamá pintó de esos tonos los muebles viejos de la casa. Esos colores, dice, se le quedaron grabados para siempre y hoy aparecen, aunque sea en una línea mínima, en casi todo lo que hace.

Carlos se mueve entre el muro y la galería. En los murales, suele responder a encargos concretos: un negocio, una persona, una temática. Quienes lo buscan ya conocen su estilo y le dejan un margen amplio para interpretar. Él investiga, propone bocetos y encuentra el punto medio entre lo que el cliente pide y su propio lenguaje. En la galería, en cambio, la obra es completamente suya: ahí coloca sus preguntas sobre identidad, pertenencia y cultura; ahí se permite arriesgar más, seguir impulsos y emociones del momento.

Con los años también ha aprendido a traducir su experiencia en acompañamiento a otros. Mantiene buena relación con generaciones más jóvenes de grafiteros, les habla de cómo pueden profesionalizarse y cobrar por lo que hacen. A la vez, esa red de respeto mutuo protege su trabajo: sus piezas rara vez son vandalizadas, algo que él no da por sentado y que atribuye a la relación que ha construido con la escena.

Drift, dice, también tiene que ver con cómo entiende el pertenecer. Después de 13 años en Seattle, construir una comunidad sólida y luego irse a Portland fue difícil. De pronto, otra vez eran solo él y su esposa en una ciudad nueva, sin el círculo de amistades que habían tejido. Esa sensación de empezar de cero se repite en cada mudanza: buscar la escena artística, presentarse, ir a exposiciones “sin conocer a nadie” hasta encontrar su lugar.

Esa vida en movimiento le ha enseñado que el sentido de pertenencia no siempre está en la geografía, sino en la práctica: en seguir pintando, un día tras otro. Una frase que se le quedó grabada de un artista mayor es simple, pero la repite como mantra: haz al menos una cosa al día. Un trazo, un boceto, un pequeño avance. Esa constancia, más que los grandes saltos, es lo que lo ha traído hasta aquí.

Si pudiera hablarle a ese niño que practicaba su firma y mandaba dibujos por correo, le diría que nada ocurre de la noche a la mañana, que el camino es largo y a veces incómodo, pero que vale la pena. Hoy, a sus cuarenta y tantos, Carlos por fin puede nombrarse con tranquilidad: es artista, vive de lo que ama y usa cada muro y cada lienzo para seguir rastreando sus raíces, reescribiendo la narrativa chicana y recordando que nuestra presencia, como dice, no solo está en las sombras del país, sino también en sus colores más vivos.

Sigue al artista en: https://www.instagram.com/theydrift/

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