Mayleen García: color y raíces desde Simoca hasta Carolina del Norte

Por VozEs

Mayleen García llegó a Estados Unidos hace apenas tres años, con una maleta, un plan claro en la cabeza y una certeza íntima: no pensaba dejar atrás la pintura. Un año antes de graduarse de Arquitectura en Tucumán ya se había tomado la decisión en serio; organizó el viaje con amigos, ahorró pintando, dando clases y haciendo murales, le dijo a su familia “me voy” y cruzó de Simoca, ese pueblito del norte argentino, a Carolina del Norte. Nadie entendía del todo por qué se venía, pero ella lo sentía inevitable.

En Argentina, la arquitectura y el arte siempre caminaron juntas. Desde niña dibujaba, hacía manualidades, veía programas de bricolaje y creaba mundos con sus manos. A los diecisiete ya daba clases de pintura a niñas y niños en su casa. Más adelante abrió su propio taller, donde enseñaba a personas de todas las edades mientras trabajaba como arquitecta. Justo cuando su primer gran mural le daba visibilidad en Simoca, decidió irse. “Allá no te conoce nadie; aquí todos quieren que hagas murales”, le decían. Pero el viaje ya estaba decidido.

Al llegar a High Point, el paisaje emocional cambió por completo. Otro idioma, otra comida, otro ritmo, otra soledad. La pintura se volvió refugio; después del trabajo pintaba en casa, hacía velas y manualidades, buscando ese lugar seguro donde el tiempo se suspende. Por azares acertados del destino fue vendedora, voluntaria y despues se convirtio en directora de la Fundación Casa Argentina lo cual la acercó profundamente a la comunidad inmigrante: le permitió acompañar celebraciones, tradiciones y procesos de adaptación de otras personas que, como ella, estaban rehaciendo su vida lejos de casa.

Su vínculo con el arte también tiene una dimensión personal muy íntima. Cuando pinta o hace manualidades. Es el único momento en que su cuerpo se aquieta, en que el ruido mental se apaga. La creatividad, entonces, no solo es una vocación: es también un espacio de salud emocional, un lugar donde su atención se enfoca al cien por ciento y el resto del mundo se suspende.

Su estilo artístico ha evolucionado tanto como su vida. En sus primeros cuadros predominaban los marrones, los tonos oscuros, escenas más apagadas. Hoy sus murales y lienzos estallan en fucsias, turquesas, verdes intensos, amarillos vibrantes. Le interesa que sus obras transmitan alegría y vitalidad, que impacten a primera vista. Sin planearlo, su paleta se fue pareciendo a su personalidad: una energía grande, expansiva, habladora y luminosa.

En esa transición cromática asoman con fuerza sus raíces. Mayleen nació en Simoca, en Tucumán, un territorio lleno de flores, ferias y artesanías. La Feria Nacional del Sulky, los tejidos, los bordados, las vasijas de barro y la explosión de color que caracteriza al norte argentino dejaron una huella visual profunda. Hoy reconoce que el fucsia y los colores vibrantes que tanto la representan vienen de ahí, de ese patrimonio cotidiano que se lleva en la piel sin darse cuenta. “Toda mi crianza está en mis cuadros”, dice. Son fragmentos de Argentina que ahora viven en muros de Carolina del Norte.

En cuanto a técnicas, se define impaciente. Respeta el óleo, pero no lo soporta; necesita inmediatez. Por eso trabaja con acrílico y látex, sumando aerosoles y buscando texturas con masillas, enduido, esponjas, trapos o rodillos modificados. Experimenta sin miedo, siguiendo la intuición más que la técnica estricta.

Migrar también transformó su forma de nombrarse. En Simoca era “la hija de”, “la prima de”, “la amiga de”. En Carolina del Norte nadie la conocía. Sus murales fueron su carta de presentación. La gente empezó a reconocerla como “la chica del mural”, y esa identidad propia —no heredada, no prestada— la fortaleció. Encontró valor en su trabajo y comenzó a sentirse orgullosa de presentarse como argentina, latina y artista.

Cuando piensa en quienes llegan a Estados Unidos y dejan atrás sus talentos, su mensaje es directo: no lo hagan. Sea música, pintura o cualquier otra pasión, cree que es vital mantener viva esa raíz creativa en el nuevo país. Para ella, la pintura fue un puente que la sostuvo emocionalmente y también la conectó con otras personas. Encontró su tribu artística y, con ella, una nueva forma de pertenecer.

Hoy trabaja en nuevos murales para discotecas que abrirán en Greensboro y en una serie de paisajes a los que se acerca con paciencia. También se prepara para el próximo año en la fundación, donde celebrarán tradiciones argentinas y continuarán construyendo comunidad en el exilio. Cada proyecto, cada obra y cada reto la hacen sentir más segura de su camino.

En sus murales llenos de textura y color conviven dos geografías: Simoca y Carolina del Norte. Y en esa combinación hay una certeza luminosa: migrar la obligó a empezar de cero, pero también le dio una nueva forma de pertenecer. Entre pinceles, flores vibrantes y mates compartidos, Mayleen ha encontrado un lugar donde su historia se expande y florece.

Sigue a Mayleen en: @arteintensa

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