Por VozEs
Hubo una época en que el tango fue considerado un baile escandaloso. A finales del siglo XIX, mientras crecía en los barrios populares de Buenos Aires entre inmigrantes, trabajadores y puertos, muchos sectores conservadores lo rechazaban por la cercanía entre los cuerpos, la sensualidad de sus movimientos y el ambiente social del que provenía. Con el tiempo, aquello que alguna vez fue visto como algo marginal terminó convirtiéndose en uno de los símbolos culturales más importantes de Argentina.
Hoy, lejos de Buenos Aires, el tango sigue encontrando nuevas formas de sobrevivir.

Roxana Marinoff y César Dávalos, fundadores de R&C Tango, llevan varios años construyendo su carrera artística en Estados Unidos especificamente en Carolina del Sur en donde actualmente radican y comparten no solamente una danza, sino también una manera particular de entender la conexión humana, la migración y el arte.
Su llegada al país ocurrió después de la pandemia, un momento que transformó profundamente el mundo artístico y especialmente el trabajo escénico. Ambos habían trabajado previamente con compañías y espectáculos de tango en distintos países, pero el cierre de teatros y eventos durante la crisis sanitaria los obligó a replantear su futuro profesional.
“Durante todo el año de la pandemia estuvimos pensando qué hacer”, cuenta César. Fue entonces cuando surgió la posibilidad de regresar a Estados Unidos, donde años antes habían trabajado brevemente enseñando ballroom en distintos estudios de danza de la costa este.
Sin embargo, empezar de nuevo no fue inmediato.
Según explican, los primeros años estuvieron enfocados más en darse a conocer que en generar ingresos. Asistían a milongas, conectaban con comunidades de tango y buscaban crear relaciones dentro del ambiente artístico estadounidense antes de poder trabajar formalmente como lo hacen actualmente.
“Era mostrar quiénes éramos”, explica Roxana. “Acá si no te conocen, no te contratan.”
Con el tiempo comenzaron a abrirse nuevas oportunidades. Algo que ambos destacan es la existencia de pequeñas comunidades de tango distribuidas por distintas ciudades estadounidenses, muchas veces impulsadas por personas no necesariamente argentinas, pero profundamente apasionadas por esta expresión cultural.
Para ellos, el tango va mucho más allá de una coreografía.


César describe el tango tradicional como una conversación improvisada entre dos personas. A diferencia de otros ritmos más estructurados, el tango no depende de una secuencia fija de pasos, sino de la comunicación constante entre quienes bailan.
“Son pasos que se van conectando entre sí. Es una conversación.”
Esa idea aparece repetidamente durante la charla: el tango como escucha, conexión y presencia.
Marinoff señala que muchas veces las personas creen que bailar bien significa ejecutar movimientos complejos o espectaculares, cuando en realidad lo más importante sigue siendo el abrazo y la confianza entre ambos cuerpos.
“Si un hombre tiene un buen abrazo y buena conexión, no necesito un millón de pasos”, comenta.
La pareja también habla sobre cómo la experiencia migratoria transforma la identidad cultural. Aunque llegaron desde Argentina, con el tiempo comenzaron a relacionarse con comunidades mexicanas, colombianas, hondureñas y latinoamericanas en general, encontrando similitudes culturales inesperadas entre distintas experiencias migrantes.
Además del tango, ambos disfrutan otros estilos de baile como salsa, bachata o rock, aunque reconocen que gran parte de su tiempo continúa dedicado al entrenamiento y práctica profesional. Su cuerpo, dicen, es su principal herramienta de trabajo.

Durante la conversación también surge un tema recurrente dentro de sus clases: el miedo a bailar.
César menciona que muchas personas, especialmente hombres, suelen decir que “tienen dos pies izquierdos” y creen que nunca podrían aprender tango. Para él, el baile comienza desde algo mucho más simple.
“Si podés caminar, podés bailar tango”, afirma.
Quizá esa sea una de las razones por las que el tango continúa conectando con tantas personas alrededor del mundo. Porque más allá de la técnica o el espectáculo, sigue siendo una práctica profundamente humana: una forma de comunicación donde el cuerpo aprende a escuchar al otro.
