Por Sorayda D. León
Hay personas que parecen cargar dentro de sí un paisaje entero. Como si ciertos lugares del mundo no solamente las hubieran marcado, sino que siguieran respirando a través de ellas. En el caso de Sydney Duarte, ese lugar tiene nombre: el Lago Atitlán, en Guatemala.

Rodeado de volcanes y cubierto por una energía que distintas culturas describen como espiritual, Atitlán vive todavía en la manera en que Sydney crea comunidad, escucha a otros y transforma espacios en refugios.
“Dicen que existen vórtices de energía alrededor de la Tierra, y ese es uno de ellos. Puedes sentir algo especial en el aire”, comparte durante nuestra conversación.
Quizá por eso, al recorrer proyectos como TAOH Outdoor Gallery o Luminous Lane en Charlotte, uno siente algo difícil de explicar racionalmente: una mezcla de libertad, cuidado colectivo y pertenencia. Como si esos espacios no hubieran sido construidos únicamente con madera, pintura y esculturas, sino también con memoria, duelo, migración y esperanza.
Sydney no habla de arte como un objeto decorativo; habla de él como una necesidad humana, como una forma de sanar.



“Muchísima gente llega aquí diciendo que este es su lugar feliz, su santuario, su espacio de terapia”, explica mientras señala las paredes llenas de murales, columpios, esculturas improvisadas y personas creando sin miedo.
TAOH Outdoor Gallery nació originalmente como un espacio para pintar, pero terminó convirtiéndose en algo mucho más grande: un punto de encuentro para artistas, skaters, fotógrafos, clubes de lectura, ciclistas, músicos y personas que simplemente necesitaban sentirse acompañadas. Un espacio abierto las 24 horas, iluminado con energía solar, donde las únicas reglas son el respeto y la posibilidad de expresarse.
En una ciudad donde muchas veces el arte institucional puede sentirse distante o inaccesible, Sydney apuesta por otra lógica: el arte como abrazo comunitario.
Y quizá esa forma de cuidar venga de mucho antes.
Durante la entrevista, Sydney recuerda constantemente a su abuela María, a quien todos llamaban cariñosamente “Mita”, en Guatemala. Una mujer que crió sola a ocho hijos después de que su esposo muriera cuando el padre de Sydney tenía apenas tres años. Además de sostener a su familia, también dirigía una escuela. La recuerda como una figura casi mágica, con el cabello plateado teñido ligeramente de morado, atravesando las olas del Lago Atitlán en pequeñas lanchas al atardecer.
“Puedo sentir a mi abuela conmigo todo el tiempo”, dice. Y en realidad, esa presencia parece extenderse hacia cada persona que llega a sus espacios buscando refugio, conversación o simplemente un lugar donde existir sin juicio.

Sydney creció entre dos mundos: Kentucky y Guatemala. Hija de padre guatemalteco y madre estadounidense, pasó buena parte de su vida intentando entender cómo habitar ambas identidades al mismo tiempo. En Guatemala encontraba algo que marcaría profundamente su manera de ver el mundo: una comunidad que abraza antes de preguntar.



“No importa si hablas el idioma o no. Te reciben, te alimentan, bailan contigo, te hacen sentir parte”, recuerda.
Esa filosofía de pertenencia hoy atraviesa todo lo que hace.
Por años trabajó dentro del mundo corporativo en Charlotte. Dieciséis años de estructuras rígidas, horarios interminables y una vida que poco a poco comenzó a alejarla de su centro creativo. Hasta que un día decidió irse. Cambió certezas por movimiento.

Comenzó a viajar utilizando Couchsurfing, hospedándose con desconocidos en distintas partes del mundo, compartiendo historias, voluntariados y procesos creativos. Recorrió Nueva Zelanda, Australia, Bali, Sudáfrica, Madagascar y buena parte de América Latina.
En cada lugar dejó algo: murales, talleres, vínculos humanos o simplemente escucha.
“Los humanos, en el fondo, queremos lo mismo: conexión”, reflexiona.
Sus viajes también fortalecieron otra dimensión importante de su trabajo: la defensa de comunidades indígenas y de la naturaleza. En Brasil, por ejemplo, trabaja junto a comunidades Asháninka que luchan por proteger territorios amazónicos amenazados por la minería ilegal, la tala y la deforestación. Parte de su visión artística futura incluye pintar rostros indígenas en espacios urbanos para obligar a las personas a detenerse y preguntarse quiénes son esas personas y por qué sus historias importan.
En Sydney, el arte nunca aparece separado de la vida cotidiana. Tampoco de la sanación emocional.
Habla abiertamente sobre trauma, ansiedad, depresión y la necesidad urgente de crear espacios seguros para quienes nunca los han tenido. Cree profundamente que el dolor no expresado termina proyectándose sobre otros, y que el arte puede interrumpir ese ciclo.



“Si no sanas el trauma, termina saliendo hacia otras personas”, explica.
Por eso insiste tanto en permitir que otros ocupen espacio. Que pinten, escriban o simplemente existan pero siempre dejando una marca.
Tal vez ahí esté el verdadero significado de sus proyectos: no solamente embellecer paredes, sino recordarle a la gente que pertenece.
En tiempos donde tantas comunidades migrantes viven entre incertidumbre, desplazamiento y miedo, Sydney parece empeñada en construir pequeños territorios emocionales donde todavía sea posible respirar.
Espacios donde alguien pueda llegar sin conocer a nadie y terminar sintiéndose visto asi como sucedía en casa de Mita, junto al Lago Atitlán. Como si aquel vórtice de energía guatemalteco hubiera cruzado fronteras para instalarse silenciosamente en Charlotte.
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Fotos: Cortesía de la artista
