Bogotá: 2138

Por Juan David Cruz Duarte

Camino por las calles de Bogotá. Una lluvia fría moja mi chaqueta de plástico transparente. Mis botas de cuerina impermeable pisan los charcos que reflejan las luces de neón como si fueran espejos de mercurio líquido vibrando al ritmo de los aero-deslizadores eléctricos. Un vendedor ambulante en una esquina está repartiendo disimuladamente tarjetas de burdeles de androides: “fembots”, dice en voz baja: “grandes, pequeñas, jóvenes, viejas, morenas, pelirrojas. ¿Qué se le ofrece?” Yo le compro un cigarrillo de marca Nativo Americano. Dicen que estos nuevos cigarrillos de nicotina sintética no son adictivos. Si eso es cierto, ¿por qué siento ganas de fumar cada vez que empieza a llover?

Camino por los barrios de la localidad de Nuevo Chapinero. Llego a la Avenida Caracas y me dirijo hacia el Sur. Los vagones de Transmi-Metro están decorados con leds amarillos y rojos, para conmemorar los 600 años de la fundación de Bogotá. En un par de meses la ciudad se vestirá de fiesta. Seis siglos. Es difícil creer que se cumplan tantos años de este circo de violencia, caos, lluvia, sexo, explotación, inseguridad, ternura, precariedad, generosidad, tuberculosis, resistencia, drogadicción, poesía, música, accidentes de tránsito, inundaciones, alcoholismo, peleas callejeras, fútbol, marchas y contramarchas, ratas leprosas, violencia política, botellas rotas, plazas de mercado, arroz con huevo frito, prostitución, empanadas rellenas de carnes misteriosas, violinistas itinerantes, brujería, microtráfico, neblina, gatos negros de ojos verdes, secuestros, mañanas soleadas, mierda de perro, antros de rock, salas de cine, mendigos, gorriones andinos, granizo, iglesias cristianas, ajedrecistas frustrados, paraguas grises, escritores insomnes, ventanas rotas, teatros, policías corruptos, puestos de aguacate, cafecitos centenarios, ferreterías de barrio, palomas enfermas, cocteles molotov, sables oxidados, colillas de cigarrillo, casonas coloniales que se caen a pedazos, estatuas cubiertas de rocío, hermosos mirlos, hackers de callejón, bares de salsa, zapateros honrados, raperos de parque, tormentas eléctricas… ¿Qué sé yo? ¡Amo esta puta ciudad!

No sé qué estoy buscando. Creo que sólo quiero alejarme de mi oficina. Estoy cansado. No quiero seguir viendo su rostro en los pasillos del edificio. No quiero verla de lejos, mientras almuerza con sus amigos en la cafetería, ni quiero toparme con ella en el ascensor. No quiero oír su dulce voz, no quiero saludarla en el estacionamiento, ni verla esperando el bus en la esquina.  Yo sé que no es culpa suya. Tal vez por eso me alejo, porque es lo único que puedo hacer. Mañana tal vez vuelva a verla, pero estoy siguiendo mi instinto, y mi instinto me dice que camine. Todo esto es tan absurdo… No quiero entrar en detalles. Sólo diré que tengo mis razones.

Cada vez que inhalo el humo de mi cigarrillo siento cómo una neblina tibia llena mis pulmones. Este pequeño ritual me hace sentir un poco mejor. Estoy cansado de repetir su nombre en mi mente, cansado de darle vueltas a las letras de ese nombre, creando palabras nuevas, buscando rimas para versos que nunca voy a escribir. No sé por qué caigo en estos juegos inútiles.

Ahora camino por la Carrera Séptima. A mano izquierda, los cerros orientales se alzan sobre la caótica ciudad. No recuerdo en qué momento llegué a este lugar. Simplemente sigo caminando hacia el sur. Cuando estoy pasando por los bares que hay cerca de la Universidad Javeriana oigo gritos. Me doy la vuelta para ver qué está pasando. Asumo que un ladrón le ha robado su cartera a una transeúnte. Estoy equivocado. Hay ocho o nueve personas aglomeradas en la entrada de un bar. Están peleando. Vuelan botellas de cerveza, noto que alguien perdió su zapato en medio del caos. Mira al cielo, pero no veo ningún dron de vigilancia de la policía sobrevolando la zona. Por la ropa que llevan, creo que la pelea es entre neo-fachos y personas del kolectivo. Ya me estoy cansando de los neo-fachos. Hace unos años se veían uno o dos caminando por ahí, a altas horas de la noche, buscando pelea en los bares, a la salida de las estaciones de servicio, afuera del estadio de fútbol, en las tiendas de los barrios. Pero últimamente son más, muchos más. Da la impresión de que salen de las alcantarillas, para patrullar la ciudad como un ejército de ratas. Los miembros del kolectivo usualmente no se meten con nadie, a menos de que alguien ande por ahí diciendo cosas racistas, acosando a las mujeres o maltratando a miembros de cualquier minoría étnica o sexual. Yo sé bien de qué lado estoy, ya me he hecho romper la cara por la causa; pero hoy no, esta no es mi pelea… esta noche sólo quiero encontrar algo de paz. Me meto las manos en los bolsillos, y sigo caminando hacia el centro. La lluvia se hace más intensa. Me doy la vuelta y veo, ya de lejos, que la caótica pelea empieza a dar señales de terminarse. Un dron de la policía cruza el cielo a gran velocidad, dejando tras de sí una estela de luz roja y azul. Las autoridades estarán ahí en cuestión de segundos. Yo no quiero quedarme a ver en qué termina la riña. Estoy cansado de hacer parte de esta telaraña de causas y efectos, esta red en la que todos nos encontramos inevitablemente interconectados. Me gustaría que mis acciones no pudieran afectar a los demás, que las acciones de los demás no llegaran a mí. Supongo que es imposible. No podemos beneficiarnos de lo bueno si no aceptamos también lo malo. “La luz es la mano izquierda de la oscuridad” y todo eso. Supongo que es el milagro, esa es la tragedia de vivir en sociedad.

Finalmente llego al Armstrong, el viejo bar de jazz donde solía sentarme a beber cuando estaba estudiando en la universidad. Desconecto mi conexión neurológica para que nadie pueda contactarme. Un hombre de camisa blanca y pantalones de cuerina púrpura toca una vieja canción de Chet Baker en su trompeta. Me siento en una mesa cerca de la ventana y pido una cerveza negra. Al frente veo la fachada de lo que alguna vez fue el Hotel Continental. Ahora el edificio está lleno de tiendas de tecnología y oficinas de call centers. Me dijeron que en el último piso venden recuerdos. Uno puede descargarlos directamente de una computadora a su cerebro. Vacaciones en Aruba, orgías desenfrenadas, saltos en paracaídas… ese tipo de cosas. A mí nada de eso me interesa. Una apatía infinita ha empezado a tomarse todos los rincones de mi mente. Estoy aburrido de este mundo. Amo esta ciudad, pero a veces me asfixia. Todo me fastidia, todo menos ella. La ironía es que ella representa todo lo que debo evitar. Trato de sacármela de la cabeza, me concentro en la melodía melancólica y dulce de la trompeta. Cierro los ojos por un instante. Creo que estoy sonriendo. Tal vez estoy perdiendo la razón. Tomo un sorbo largo de cerveza fría. Miro por la ventana y noto que han abierto un nuevo negocio al lado del viejo Hotel Continental. Creo que se trata de uno de esos nuevos cafecitos que están abiertos 24 horas al día, los siete días de la semana. Hay algo desesperanzador en todo este asunto: es algo que tiene que ver con el elegante letrero del nuevo establecimiento. Leo las dos palabras lentamente. Las vuelvo a leer, sólo para estar seguro. Estaba en lo cierto. ¡Mierda! El nuevo local lleva su nombre.


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