Por Juan David Cruz Duarte
Te extraño tanto aunque estés cerca…
Extraño tus manos buenas y etéreas como nubes blancas,
extraño tus labios suaves y líquidos como fuentes de verano.
Extraño tu piel húmeda y tus brazos tensos de emoción.
Extraño el brillo de tus pupilas negras que me miraban sin fatiga,
que me miraban desde el fulgor constante de un sol negro
y no desde las sombras amargas de un hastío cansado.
Te extraño, te extraño desde un ángulo oculto de tu cuerpo,
desde la respiración cortada de los niños enfermos,
desde los ojos vidriosos de los perros callejeros y desde los acentos
tristes de los ancianos.
Allá, allá en donde las golondrinas negras lluevan muertas,
allá en donde el sol nazca de nuevo y la luna vuelva a enfriar los desiertos,
allá en donde tus manos sean de nuevo buenas y etéreas,
como nubes blancas,
allá estaré esperando por ti.
Allá, en aquel lugar en donde puedas volver a amarme,
allá, en aquel punto luminoso de la noche,
en aquel sueño claro a la distancia,
allá estaré esperando,
allá esperaré por ti.
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