El atrevimiento de volver

Por Rosario Acosta

Llegó sin pedir permiso.

No llamó a la puerta ni anunció su regreso, simplemente apareció en medio de una habitación llena de desconocidos, como si entre ellos no existieran la distancia, el silencio ni todos esos años que deberían haberlos separado para siempre.

Ella lo vio al otro lado del salón.

Era imposible.

Y, sin embargo, allí estaba.

Tan real que pudo escuchar su respiración entre las voces de la gente, tan cerca que creyó sentir el calor de su cuerpo. En sus ojos seguía brillando la misma luz de la última vez que lo había visto, aquella que durante años intentó olvidar y que, en secreto, había temido no volver a encontrar en nadie.

Había personas alrededor de él, rostros que parecían pertenecer a su vida, a ese mundo que había construido sin ella. Todos hablaban, reían y se movían con naturalidad; solo ella permanecía inmóvil, sintiéndose como una intrusa dentro de un recuerdo ajeno.

Entonces él la vio.

No pareció sorprendido.

Caminó hacia ella con esa seguridad insolente que siempre había tenido, como si supiera que todavía podía acercarse, como si los años no hubieran cambiado las reglas. No dijo nada, ni siquiera se disculpó; solo abrió los brazos y la estrechó contra su pecho.

El cuerpo de ella, traidor, lo reconoció.

Recordó su cercanía, su olor, el calor de su cuello, la forma exacta en que alguna vez había encajado entre aquellos brazos, cuando todavía creía que amar significaba entregarse sin reservas y que protegerse era una forma de cobardía.

Por un instante, cerró los ojos.

Él interpretó aquel gesto como una rendición, se apartó apenas lo suficiente para mirarla y después la besó.

Fue un beso lento, profundo, terriblemente familiar.

La besó como si los años no hubieran pasado, como si pudiera regresar y reclamar con la boca todo aquello que el tiempo le había quitado, como si ella continuara siendo la mujer que había dejado atrás: vulnerable, enamorada, incapaz de imaginar una vida en la que él no existiera.

Y, por un instante, ella lo dejó.

Dejó que creyera que todavía podía desarmarla, que aún tenía poder sobre ella, que bastaba un beso para devolverla a aquel tiempo en que lo había querido sin saber protegerse.

Él la acercó más y ella sintió la confianza en la presión de sus manos, en la tranquilidad con la que recorría su espalda, en la certeza con la que volvía a ocupar un lugar que ya no le pertenecía.

Entonces llevó una mano hasta su pecho.

Debajo de la tela sintió su corazón latiendo.

Fuerte. Confiado. Tan vivo.

Él sonrió contra sus labios, convencido de que aquella caricia era una invitación.

Ella también sonrió.

Hundió los dedos en su pecho.

No encontró piel, huesos ni sangre; su mano atravesó aquel lugar imposible con la facilidad con que se atraviesa una cortina, porque en los sueños existen rincones del cuerpo a los que solo puede entrar quien alguna vez fue amado.

Cerró la mano alrededor de su corazón y tiró de él.

Él abrió los ojos.

No gritó.

No hubo sangre ni dolor, solo un silencio extraño, absoluto, como el que queda cuando alguien comprende, demasiado tarde, que ha perdido todo poder sobre otra persona.

Ella sostuvo el corazón entre las manos. Todavía latía.

Durante unos segundos, él permaneció frente a ella con una expresión que no era de miedo, sino de desconcierto. Tal vez había creído que podría regresar cuantas veces quisiera; tal vez nunca imaginó que, mientras él seguía viviendo en sus sueños, ella había aprendido a sobrevivir en la vigilia.

El corazón palpitó una vez más entre sus dedos.

Entonces ella comprendió la verdad.

Él no había venido a buscarla.

Había regresado para devolverle todo lo que se había llevado aquella vez: su paz, su deseo, sus noches, las palabras que nunca dijo y las preguntas que durante años se quedaron sin respuesta.

Se acercó a su oído como si fuera a besarlo de nuevo.

—Ya no te pertenece nada de mí —le murmuró.

Después abrió la mano.

El corazón cayó al suelo y, antes de tocarlo, desapareció.

Ella despertó.

La habitación estaba oscura y en silencio. Durante unos instantes permaneció inmóvil, mirando el techo, esperando la rabia, la nostalgia o aquel vacío que siempre la acompañaba después de soñarlo, pero no sintió nada de eso.

Ni siquiera quedaba el recuerdo de su beso sobre la boca.

Solo había una calma extraña, una ligereza nueva y la certeza deliciosa de haber descubierto, por fin, cómo terminaba el sueño.

Qué atrevimiento el suyo, haber vuelto después de tantos años.

Qué mala suerte la suya, haber entrado justo la noche en que ella comprendió que, para dejar de soñarlo, primero tenía que matarlo dentro de sí.


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