Por VozEs

Caro Yáñez tendría cinco o seis años cuando su papá encontró uno de sus dibujos. Él era psicólogo y participaba en una revista que preparaba una edición sobre los efectos de las pantallas en los niños; ella había dibujado a una persona que parecía sorprendida, casi “electrocutada”, como la recuerda ahora.
Su papá le preguntó quién lo había hecho y después quiso quedarse con el dibujo, tomándolo, dice Caro, “como un tesoro”. Días más tarde regresó con la revista y ahí estaba, en la portada.
Tal vez lo que permaneció de aquel momento no fue solamente verse publicada siendo una niña, sino descubrir lo que ocurre cuando alguien se detiene frente a algo que uno ha creado y decide que merece ser visto.
El arte siguió apareciendo de distintas formas: dibujos, cámaras, videos, programas de radio inventados con sus hermanas, escritura y teatro. Creció además en una familia cercana a la música y acostumbrada a buscar museos durante los viajes, aunque una cosa era convivir con el arte y otra muy distinta imaginarlo como profesión. Cuando Caro comenzó a considerar esa posibilidad escuchó una frase conocida para muchos que alguna vez pensaron dedicarse a algo creativo: “Te vas a morir de hambre”.
La creyó y recuerda haber hecho “un pequeño funeral” en su interior para aceptar que nunca viviría del arte. Estudió Idiomas Modernos y siguió otro camino, aunque la creatividad nunca desapareció del todo; continuó fotografiando, escribiendo, dibujando y encontrándose con proyectos que entonces veía como oportunidades aisladas, sin reconocer todavía que había un hilo uniéndolos.



También vinieron las mudanzas. Llegó por primera vez a Estados Unidos en 2001 para realizar una pasantía y terminó quedándose por un tiempo; años después viajó por distintos países, vivió una larga temporada en Buenos Aires, formó una familia y eventualmente llegó a Charlotte. Para entonces, regresar a Venezuela ya no era una posibilidad y comenzar otra vez significaba algo muy diferente a aquella primera experiencia de juventud.

Después de tantas reinvenciones, Caro comenzó a cuestionar la idea de seguir construyendo su vida desde lo que se suponía que debía hacer.
“No quiero volver a reinventarme una vez más porque lo he hecho tantas veces, siempre en un camino del mandato; ahora lo voy a hacer desde mi corazón”.
El camino de regreso al arte apareció de una manera inesperada. Durante un momento difícil, tomó un cuaderno y comenzó a dibujar para bajar la intensidad de lo que estaba sintiendo; al terminar, además de sentirse distinta, se quedó mirando aquella imagen y preguntándose cómo podía reproducirla. La búsqueda la llevó al linocut printmaking y de ahí a horas de tutoriales, hasta que un pequeño HUG Grant de Charlotte Is Creative le permitió comprar sus primeras herramientas.
“Fue como si los hubiera tenido en mi mano toda la vida. Fue amor a primera vista”.
Era 2022 y el grabado no solo le dio un nuevo lenguaje, también la acercó a una comunidad artística en Charlotte que hasta entonces conocía poco. Mientras comenzaba a mostrar su trabajo y a encontrarse con otros artistas, algo empezó a inquietarla: había muchísimo talento, pero descubrirlo no siempre era sencillo.
Una obra podía estar colgada en una galería y depender de una cadena de coincidencias para llegar a alguien: entrar al lugar correcto, detenerse frente a la pieza indicada, conectar con ella. Caro comenzó entonces a preguntarse cómo podía “agrandar ese embudo”, una inquietud que inicialmente surgió pensando en su propio trabajo, pero pronto dejó de tratarse solamente de ella.
¿Y si en lugar de esperar que las personas fueran a buscar el arte, el arte apareciera en los lugares donde ya transcurre la vida?

De ahí nació Art in a Really Tiny Space, una iniciativa de Arts Art Collective que convierte una máquina expendedora en un pequeño punto de encuentro con artistas locales.
Dentro pueden aparecer grabados, postales, stickers y otras piezas adaptadas al formato, acompañadas por información que permite seguir descubriendo el trabajo de quien las creó.
La máquina, insiste Caro, es solo el vehículo; lo interesante sucede después, cuando alguien encuentra una pequeña obra sin haber salido pensando en comprar arte y, a partir de ella, descubre a un artista, busca su trabajo o simplemente se lleva consigo algo creado en su propia ciudad.
“El arte no se piensa demasiado, el arte lo sientes los primeros 30 segundos y te enteras si te gusta o no”.
La respuesta a la convocatoria confirmó que la inquietud era compartida: más de 35 artistas respondieron y Caro comenzó a imaginar el proyecto más allá de una sola máquina, con pequeños puntos de descubrimiento distribuidos por distintos lugares de Charlotte.
“Mi sueño es que descubrir a un artista local sea tan natural como entrar a un café”.
Quizá por eso una máquina diminuta tiene tanto sentido en la historia de Caro Yáñez. Durante años fue ella quien encontró pequeños lugares donde mantener viva la creatividad mientras la vida avanzaba por otros caminos; ahora quiere abrir esos espacios para otros y, al mismo tiempo, acercar su trabajo a quienes quizás nunca pensarían en entrar a una galería.




Aquel dibujo que su papá tomó “como un tesoro” terminó en una portada porque alguien se detuvo a mirarlo. Muchos años después, Caro parece seguir persiguiendo esa misma posibilidad: que el arte aparezca frente a nosotros y nos dé una razón para detenernos.
Conoce mas de la artista en: https://www.instagram.com/cayoyin/?hl=en
Fotografías cortesía del artista.
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