Por VozEs

Julieta Picardi ha puesto algunas de sus obras a la venta y después se ha arrepentido, no porque haya decidido que valen más dinero ni porque esté esperando una mejor oportunidad, sino porque, llegado el momento, desprenderse de ellas no le resulta tan sencillo.
“Es como que te voy a vender mi corazón o este cuadro”, me dice.
Para Julieta, cada pieza guarda algo de lo que ocurrió mientras la pintaba, a veces incluso algo que ella misma no sabía que estaba tratando de decir, por eso la idea de que alguien simplemente llegue, pague y se la lleve todavía le resulta extraña. Prefiere pensar que hay obras que necesitan encontrar a la persona correcta.
Lo compara con una herencia, con esos objetos que alguien guarda durante años y que, llegado el momento, decide entregar pensando específicamente en quién los recibirá. El valor no está solamente en el anillo, la cadena o, en su caso, la pintura, sino en todo aquello que viaja con el objeto.
“Te están dejando como una herencia, un pedacito de ellos”, explica. Con su arte siente algo parecido: antes de dejar ir una obra quiere sentir que del otro lado existe alguien capaz de conectar con aquello que ella dejó ahí.
Quizá esa resistencia a desprenderse de sus piezas tenga que ver también con la manera en que llegó a ellas. Julieta nació en Rosario, Argentina, aunque parte de su infancia transcurrió en California; creció entre dos países y aprendió temprano a asumir responsabilidades, a ser la niña de buenas calificaciones, mientras aquello que hacía simplemente por placer iba quedando en otro lugar.
La creatividad, sin embargo, encontraba pequeñas maneras de aparecer. Estudió primero Ciencias Económicas y después cambió a Marketing, atraída por la publicidad, los colores y la psicología detrás de ellos; ya en Estados Unidos trabajó durante años en publicidad para el mercado hispano. Había elegido un camino profesional, pero dentro de él seguía buscando aquello que le permitiera crear.
Durante la pandemia decidió comprar pinturas. No sabía demasiado sobre técnicas ni tenía un proyecto definido, simplemente llevaba años pensando, cada vez que conocía la historia de alguien que tenía una profesión y además pintaba: “Algún día voy a ser esa persona, voy a ser yo”.



Comenzó con cursos, ejercicios y experimentos hasta que una pintura la sorprendió. Había dejado una pieza sin terminar y, cuando regresó a verla al día siguiente, encontró una figura escondida, con lágrimas; no recordaba haber decidido pintar eso y la imagen la incomodó, sentía que estaba diciendo más de lo que quería mostrar, quizá incluso más de lo que ella misma entendía en ese momento. Su primera reacción fue querer taparla, pero decidió dejarla.
A partir de ahí comenzó a darse más permiso. Incorporó la escritura a sus mañanas, llenó cuadernos, experimentó sobre papel y siguió pintando hasta comprender que aquellas imágenes no necesariamente nacían de una idea que pudiera explicar antes de comenzar; a veces ocurría al revés, primero aparecía la obra y después tenía que sentarse frente a ella para descubrir qué estaba diciendo.
A uno de sus cuadernos lo llamó Soul Language, porque eso comenzó a parecerle el arte, un lenguaje para aquello que durante mucho tiempo no había encontrado una voz. “Es como si yo misma hubiese abierto la puerta de un cuarto que no quería entrar”, recuerda.
En sus piezas empezaron también a repetirse formas que ella no buscaba conscientemente: toros, círculos conectados, números, figuras que parecían contar historias. Algunas tardaban días o semanas en revelarle algún sentido y otras siguen siendo preguntas abiertas, pero Julieta no parece tener demasiada prisa por resolverlas porque parte del proceso está precisamente en regresar a ellas y mirar otra vez.
“Encuentro muchos pedazos míos”, dice.
Y ahí comienza también la dificultad de mostrar. Colgar una obra en una pared significa permitir que alguien mire algo que nació en un territorio mucho más privado, una experiencia que Julieta describe como una especie de danza entre esconderse y atreverse, entre decidir cuánto mostrar y hasta dónde permitir que otra persona entre.
Su participación en Ventanas Culturales comenzó a mover ese límite. Ver sus piezas fuera de casa y escuchar a personas detenerse frente a ellas, hablar de los colores o contarle lo que les provocaban, la llevó a hacerse una pregunta bastante sencilla: “¿Por qué estoy escondiendo mi arte?”.
Mostrarlo se convirtió entonces en otra parte del proceso creativo, una que implica cierta vulnerabilidad, pero también una manera distinta de reconocerse. “Necesito mostrarme más”, dice.
Venderlo todavía es otra historia.
Julieta sabe que eventualmente tendrá que aprender a soltar algunas piezas, incluso se ríe al admitir que necesita “pintar para vender, para soltar”, pero por ahora no parece interesada en producir pensando primero en quién comprará. Tampoco imagina fácilmente trabajar por encargo, a menos que exista una conexión que le permita crear con libertad.



Porque para Julieta el proceso parece ocurrir en otro orden: primero necesita crear, después entender qué apareció frente a ella, atreverse a mostrarlo y dejar que alguien más encuentre ahí algo propio. Quizá entonces llegue el momento de desprenderse de la obra.
Por ahora, cada cuadro conserva algo de ese espacio interior que durante mucho tiempo permaneció cerrado. Julieta ya comenzó a abrir la puerta y a permitir que otros miren; dejar que alguna de esas piezas se vaya requerirá algo más.
No solamente un comprador, sino alguien con quien, de alguna manera, la obra también conecte.
Siguela en: https://www.instagram.com/julieta_picardi_art/?hl=en
Fotografías cortesía del artista.
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