Por Sorayda Díaz
“Como yendo pa’ la costa,
las montañas por ahí te guían,
pasando por Donmatías,
subiendo por Santa Rosa.
En los Llanos de Cuivá,
a la izquierda te desvías,
podés guardar las cobijas,
va a empezar a calentar.”

Juan Pablo Nieto canta estos versos y el camino comienza a dibujarse: las montañas de Antioquia, el frío de los Llanos de Cuivá, las cobijas que dejan de hacer falta mientras la carretera desciende y el clima empieza a cambiar.
Es una ruta que conoce, un paisaje recorrido y después convertido en canción, aunque los versos llegaron mucho más tarde y a miles de kilómetros de esas montañas, mientras trabajaba en un supermercado en Estados Unidos.
Juan Pablo nació en Pereira, Colombia, en una región atravesada por las cordilleras, y después de graduarse de la universidad terminó enseñando música en una zona rural de Antioquia. Llegar hasta sus estudiantes era ya parte de la experiencia: largos trayectos en motocicleta, subir el páramo, bajar hacia la selva de alta montaña y encontrarse con comunidades donde ser maestro podía significar mucho más que dar una clase.
Allí organizó grupos de guitarra, coro, dibujo, lectura y danza, involucrándose cada vez más en la vida cultural de la comunidad, hasta que la violencia que atravesaba la región terminó alcanzándolo también a él. Primero tuvo que dejar aquel lugar, después vinieron otras amenazas y finalmente la decisión de salir de Colombia.
En Estados Unidos comenzó otro recorrido, esta vez entre Texas, Nueva York y Florida, lejos de los salones, los grupos de danza y aquella vida construida alrededor del arte. Durante la pandemia trabajó en la carnicería de un supermercado y fue precisamente ahí, haciendo una labor repetitiva con las manos, cuando los lugares que había dejado comenzaron a regresar convertidos en versos.
“Empecé a escribir canciones mientras trabajaba la carnicería”, recuerda. Las ideas aparecían mientras empacaba piezas de pollo; repetía una frase hasta encontrarle un ritmo y, cuando podía, buscaba un momento para grabarla en el teléfono antes de que desapareciera. Al llegar a casa tomaba la guitarra y comenzaba a buscar la melodía.
La primera canción fue para Ituango, el lugar del que había tenido que irse, pero en vez de escribir desde el miedo eligió recordar los caminos, los pueblos, el cambio del frío al calor, esa geografía que la distancia parecía devolverle de otra manera.
“La nostalgia me inspira mucho”, dice.
Antes de convertir los paisajes en canciones, Juan Pablo ya había aprendido a contar historias con el cuerpo. Uno de sus primeros recuerdos de la danza es con su mamá, mientras ella hacía los oficios de la casa y escuchaba música colombiana; él era tan pequeño que ella lo subía sobre sus pies y así bailaban juntos. En una familia donde las fiestas, los cumpleaños y los fines de año inevitablemente terminaban en baile, moverse con la música era simplemente parte de la vida.
Después llegó una banda de marcha, la guitarra y finalmente la universidad pública de Pereira, donde estudió música y entró al grupo de danzas. Pasaba los días entre clases y ensayos, descubriendo que esas dos formas de expresión que lo habían acompañado desde niño podían también convertirse en una profesión. “Creo que es la época en la que más arte he hecho en mi vida”, recuerda.

Su música conserva mucho de esa geografía y de las mezclas que la habitan. Juan Pablo compone desde la tradición de la parranda paisa y habla con entusiasmo de pasillos, vallenatos y cumbias, de ritmos que viajaron de una región a otra y se transformaron al encontrarse con nuevos instrumentos y nuevas personas.
La cumbia, para él, contiene quizá el ejemplo más claro: los tambores africanos, las melodías y semillas indígenas, la presencia europea, tres mundos que terminaron creando algo que hoy atraviesa buena parte del continente.
“Somos una mezcla de la mezcla”, surge durante nuestra conversación.
Y Juan Pablo parece sentirse cómodo precisamente ahí, en la mezcla. No busca una tradición congelada, sino aquello que todavía puede hacerse con ella, por eso también compone pensando en quienes bailan. Una de sus canciones, Bailamos bailarina, nació de sus propios años como bailarín y hoy ha llegado a grupos de danza en Colombia, algo que para él tiene un significado especial: crear nueva música desde la tradición para que otros puedan seguir moviéndola.
Hace apenas unos meses, otro giro del camino lo llevó a Charlotte. Venía desde Florida rumbo a Nueva York y un amigo le propuso detenerse unos días; la escala se alargó y Juan Pablo comenzó a buscar algún lugar donde pudiera volver a bailar. Así encontró a Natalia y al grupo que estaba formando Cultura en Movimiento, un proyecto nacido desde la danza y con la intención de abrirse a otras expresiones artísticas.


A partir de ahí comenzaron a aparecer también otras cosas: personas que lo recomendaron para un trabajo, otras que intentaron ayudarlo a encontrar dónde vivir, espacios para enseñar y una comunidad que, casi sin planearlo, comenzó a darle razones para quedarse.
En medio de nuestra conversación Juan Pablo lo resume con una especie de epifanía reciente: “Yo creo que lo más importante de la vida son las relaciones”.
En su caso, muchas de esas relaciones han llegado bailando. La danza, y el arte en general, han sido una manera de entrar a lugares nuevos y encontrarse con personas que de otra forma quizá nunca habría conocido, una red que adquiere otro significado cuando se ha tenido que comenzar de nuevo más de una vez.
Y luego están las montañas.
Después de vivir en Texas, Nueva York y Florida, encontrarlas nuevamente en Carolina del Norte le produjo una familiaridad que reconoce casi físicamente. Me cuenta que cuando ve una montaña quiere caminar hacia ella, subirla, y que algo en su cuerpo se relaja cuando vuelve a estar cerca de ese paisaje.
Todavía no sabe si Charlotte será finalmente el lugar donde se quede. Su vida en Estados Unidos ha sido una sucesión de ciudades, trabajos y nuevos comienzos, pero aquí ha vuelto a bailar, a enseñar, a hacer música con otros y a encontrarse con una geografía que, sin ser la suya, le resulta conocida.
Quizá las montañas sigan haciendo lo que dicen sus propios versos: guiarlo.
Solo que esta vez el camino no va hacia la costa colombiana y tampoco sabemos todavía dónde termina. Por ahora, Juan Pablo vuelve a tener montañas cerca, música para contar el recorrido y, sobre todo, gente con quien bailarlo.
Fotografías y videos cortesía del artista.
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