Por Sorayda Díaz
Una lúdica imagen de Edgar Allan Poe convertido en papa fue lo que me llevó hasta Saz Ross. Lo encontré casi por accidente en Baltimore, cuando estaba por salir de Blue Moon Cafe y, entre toda la decoración del lugar, vi una ilustración que inmediatamente me hizo detenerme: Edgar Allan Poetato. Me dio risa, me pareció ingeniosa y, como hago muchas veces cuando viajo y encuentro el trabajo de algún artista local que me gusta, pregunté si podía comprarla.

No pude. La pieza pertenecía a una de las trabajadoras del restaurante, pero me dijeron dónde podía encontrar a la artista y así fue como llegué al mundo de Saz, un universo lleno de humor y personajes inesperados, donde la literatura puede convertirse en un juego de palabras y donde hacer reír no le resta profundidad al arte.
Cuando meses después conversamos para VozEs entendí que esa parte juguetona de su trabajo no había surgido por casualidad. Saz había comenzado su carrera como maestra de arte y fueron precisamente sus estudiantes más pequeños quienes, sin saberlo, terminaron recordándole algo que los adultos vamos perdiendo con los años: la libertad de crear sin preocuparnos demasiado por lo que alguien más vaya a pensar.

“If I can make you smile, if I can make you laugh, I’m going to do it”, me dijo.
Pero para entender de dónde viene Saz hay que regresar un poco más atrás, hasta las mujeres que marcaron su historia.
Su abuela salió de Puerto Rico rumbo a Nueva York para lo que originalmente sería un viaje y terminó quedándose. Estaba comprometida, pero durante aquella visita conoció en una fiesta al hombre que se convertiría en su esposo, rompió su compromiso y comenzó una vida completamente nueva en la ciudad. Trabajó en distintos empleos, desde contabilidad hasta labores de oficina, construyó una carrera antes de formar una familia y, como la describe su nieta, fue siempre una hustler.
“I come from a very strong matriarch family”, dice Saz, y esa historia de mujeres trabajando, resolviendo y abriendo camino aparece una y otra vez mientras hablamos.
Saz nació en Manhattan y creció entre Queens y Long Island. Cuando todavía era pequeña, su madre decidió mudar a la familia de Queens a un vecindario predominantemente blanco y quiso que el inglés se convirtiera en su idioma principal, especialmente en la escuela. Con los años sucedió algo bastante común entre hijos y nietos de familias inmigrantes: mientras el inglés ocupaba cada vez más espacio, el español comenzó a perderse.
Todavía puede entenderlo, pero hablarlo le cuesta y le provoca una inseguridad que reconoce sin problema. Durante nuestra conversación incluso fantaseamos con la posibilidad de que algún día se fuera un verano a México o Puerto Rico y se obligara a hablar español hasta recuperarlo.
El idioma se fue perdiendo, pero no necesariamente la cultura. Su abuela terminó vendiendo su casa en Queens para ayudar a cuidar de Saz y su hermana, se mudó con la familia y la casa volvió a llenarse de español, comida puertorriqueña y de una abuela que, según recuerda Saz, escondía botellas de ron por distintos rincones, bailaba, se reía y tenía una personalidad enorme.
Su madre fue otra presencia determinante. No ganaba mucho dinero, pero trabajaba constantemente y era la principal proveedora de la familia, algo que marcó profundamente la manera en que Saz entendió la independencia y el trabajo desde niña.
También era artista, aunque esa parte de su vida permaneció casi escondida. Después de que murió en 2019, Saz encontró obras que su madre había creado y que ahora procura compartir, algunas veces en redes sociales y otras durante sus presentaciones públicas. No quiere que desaparezcan y, sobre todo, no quiere olvidar que muchas de las posibilidades que ella tiene hoy existen porque otras mujeres antes que ella hicieron sacrificios distintos.

“There needs to be, like, a layer of gratitude in anything that we accomplish”, me dijo. No desde la idea de romantizar lo difícil que fue la vida de generaciones anteriores, sino desde reconocer que alguien estuvo haciendo camino antes de que nosotros pudiéramos caminarlo.
Tal vez por eso resulta interesante que una de sus primeras memorias con el arte tenga que ver precisamente con la libertad. Saz recuerda estar en un salón de preescolar, tocar papel maché, experimentar con colores y descubrir que, a diferencia de otras materias que le resultaban difíciles —particularmente las matemáticas—, aquí no había una única respuesta correcta.
Aquello la atrapó inmediatamente. Comenzó a acumular materiales en su habitación, dibujaba sobre las paredes, sus pantalones, zapatos y mochila, y llevaba Sharpies en los bolsillos para que sus amigos pudieran escribir sobre ella como si fuera un billboard. El arte, mucho antes de convertirse en una profesión, ya estaba metido en prácticamente todo lo que hacía.
Años después volvió a encontrarse con esa misma libertad cuando comenzó a trabajar como maestra de arte con niños de kindergarten a quinto grado. Le fascinaba verlos crear sin las inhibiciones que vamos adquiriendo de adultos y, después de pasar el día enseñando, regresaba a casa y se sentaba a dibujar en el sofá. Algunas veces llevaba esos dibujos a sus estudiantes para saber qué pensaban y recibía exactamente lo que uno puede esperar de un niño pequeño: opiniones completamente honestas, a veces divertidas y otras sorprendentemente útiles.


Fue ahí donde empezó a recuperar algo que terminaría definiendo su propio lenguaje artístico, esa posibilidad de jugar sin tener que justificar demasiado por qué.
“As we grow, we lose that ability to play”, me dijo.
Mientras más años cumple, asegura, más silly se vuelve su trabajo, como si estuviera tratando conscientemente de conservar a esa niña que dibujaba sus zapatos y llevaba marcadores en los bolsillos.

Y de ahí, eventualmente, salió Edgar Allan Poetato.
Vivir en Baltimore significa convivir inevitablemente con la figura de Edgar Allan Poe, así que Saz buscó una manera de tomar un personaje inmediatamente reconocible en la ciudad y hacerlo suyo, agregarle humor, convertirlo en algo que pudiera hacer sonreír a quien se encontrara con él.
Y eso resulta especialmente apropiado porque buena parte de lo que Saz hace hoy consiste precisamente en provocar ese tipo de encuentros.

Es fundadora de The Print Pact, una iniciativa que lleva el trabajo de artistas a cafés, cervecerías y otros negocios, espacios donde las personas ya están pasando tiempo pero donde quizá nunca esperarían encontrar una pequeña galería. La idea nació cuando Saz comenzó a observar que muchos de estos lugares tenían murales, camisetas y mercancía propia, pero pocas oportunidades para comprar trabajo de artistas locales. Al mismo tiempo, estaban llenos de residentes y turistas que probablemente no entrarían a una galería durante su visita.
Entonces pensó: “Why don’t I bring the gallery to them?”
The Print Pact reúne actualmente entre 120 y 130 artistas de Maryland, Virginia, Pennsylvania y Delaware y continúa expandiéndose por la región. Las piezas se colocan en canastas dentro de los negocios, alguien encuentra una que le gusta, escanea el código en la parte posterior, paga y se la lleva.
El modelo también fue evolucionando. En un principio funcionaba bajo un esquema tradicional de consignación, hasta que el propietario de uno de los negocios le hizo una pregunta inesperada: ¿por qué no dejar que los artistas recibieran el dinero completo de la venta? A partir de ahí comenzaron a desarrollar un sistema que permite que los pagos lleguen directamente a quienes hicieron las obras.
Hoy utilizan además una aplicación desarrollada por el esposo de Saz que permite registrar las piezas y saber exactamente en qué negocio y en qué estado se encuentra cada una. Algunos artistas, cuenta, han llegado a generar ingresos importantes solamente a través de estas canastas, mientras que algunos compradores ya las siguen por la ciudad para descubrir qué trabajo nuevo ha llegado.
En medio de una conversación sobre un proyecto construido alrededor de artistas reales, piezas que uno puede tocar y encuentros que suceden fuera de una pantalla, era inevitable hablar de inteligencia artificial.
Saz no tiene demasiadas dudas sobre lo que piensa cuando se trata del arte: “AI is a dangerous tool”.
Le preocupa la manera en que los sistemas se alimentan del trabajo de otros creadores, muchas veces sin reconocimiento, pero también la facilidad con la que negocios que hablan de autenticidad y creatividad comienzan a sustituir el trabajo humano por imágenes automatizadas. En The Print Pact esto no es solamente una discusión teórica; revisan cuidadosamente las solicitudes de nuevos artistas y han rechazado algunas cuando existen dudas sobre el uso de inteligencia artificial, porque para Saz la credibilidad del proyecto depende precisamente de saber que detrás de cada pieza hay una persona que la creó.
“We’re craving that sense of touch again.”
Después de la pandemia, de tantos años frente a pantallas y ahora de una cantidad prácticamente infinita de imágenes digitales, Saz cree que estamos extrañando la experiencia de tocar las cosas, de encontrarnos físicamente con el arte y con quienes lo hacen. Para ella hay algo diferente en descubrir una ilustración dentro de una cafetería, sostenerla, darle la vuelta, sentir el papel, pagarla y salir con ella debajo del brazo.
Al final de nuestra conversación le pregunté con cuál de sus obras se presentaría si tuviera que escoger solamente una y pensé, después de todo lo que habíamos hablado sobre humor y juego, que elegiría alguna de sus piezas más divertidas.
No fue así.

Eligió Lost, una de las primeras obras que imprimió. En ella aparece una niña de espaldas, sosteniendo una linterna frente a una enorme y extraña casa de árbol. Hay una luz encendida, aunque no sabemos si alguien está dentro, y tampoco sabemos qué decidirá hacer la niña, si avanzar hacia la casa o darse la vuelta.
Saz dice que se reconoce en ese momento de incertidumbre porque nunca ha tenido demasiado miedo a explorar lo desconocido. Su abuela dejó Puerto Rico y construyó otra vida en Nueva York, su madre trabajó para sostener a su familia y creó arte incluso cuando nadie lo estaba viendo, y ella siente que no intentar, no arriesgarse y no perderse alguna vez sería ignorar parte de lo que recibió de ellas.
“I’m not playing it safe. I’m taking calculated risks”, me dijo. “If I don’t see a road, I’m gonna pave it myself and build it myself.”
Quizá Lost sea la pieza con la que Saz Ross elegiría presentarse, pero yo llegué a ella por Edgar Allan Poetato, y de alguna manera ambas obras cuentan partes de la misma artista.
Fotografías cortesía del artista.
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