Volver a casa  

Por Jesús Redondo Menéndez

Volvemos a casa, 

hermanos desperdigados, 

cada cual con su invierno, 

con su pequeña derrota guardada

en el bolsillo del abrigo, 

con años de puertas cerradas 

y trenes que partieron sin nosotros.

Volvemos. 

Y somos tantos 

que la mesa ya no sabe 

dónde termina. 

Venimos de lejos, 

de ciudades que aprendieron 

a pronunciar nuestros nombres

con otro acento, 

de trabajos que nos dejaron 

las manos cansadas, 

de noches en las que sobrevivir

parecía una forma menor 

de esperar. 

Pero aquí estamos. 

Hispanos, 

hijos de la misma luna, 

de la misma lengua que resiste

aunque le cambien las fronteras,

hermanos de una memoria 

que nadie pudo desahuciar. 

Esta noche 

el mundo juega al fútbol. 

Y nosotros también. 

No importa quién lleve la camiseta,

porque debajo de todas 

late el mismo regreso: 

la abuela que esperaba despierta,

el pueblo que nunca olvidamos,

el olor del pan, 

la voz de mamá desde la cocina,

los nombres que creíamos perdidos

y que ahora vuelven a llamarnos. 

Afuera,

millones gritan por un gol. 

Aquí dentro 

celebramos algo más difícil:

haber llegado hasta aquí.  

Después de un año de golpes,

de pérdidas (pequeñas quizás,

o también enormes), 

de aprender a levantarnos sin que nadie nos viera, 

hemos vuelto a sentarnos juntos.

Y eso también es una victoria.

Que ruede el balón. 

Que sacuda la noche. 

Que cada gol encuentre 

un corazón cansado 

y le recuerde 

que todavía puede latir con fuerza. 

Porque no somos solamente

los que se fueron. 

Somos también los que regresan. 

Los que cruzaron fronteras

sin dejar que las fronteras 

cruzaran el alma. 

Los que aprendieron 

que la esperanza no siempre llega

a modo de himno, 

como una canción triunfal: 

a veces llega despeinada, 

con las rodillas heridas, 

con hambre, 

con sueño… 

pero llega. 

Y esta noche llega con nosotros. 

Hermanos, 

acérquense. 

Que nadie quede fuera de la foto.

Mañana volveremos

a nuestras ciudades, 

a nuestros trabajos, 

a nuestras batallas. 

Pero esta noche 

somos casa. 

Esta noche 

somos multitud. 

Y también familia. 

Esta noche 

la sangre reconoce a la sangre

y la lengua reconoce a la lengua. 

Y mientras el estadio ruge 

y el mundo espera un campeón,

nosotros levantamos nuestros vasos

por una victoria más antigua: 

seguimos aquí.  

Seguimos juntos. 

Seguimos soñando. 

Y después de todo lo que perdimos, qué milagro tan sencillo 

volver a casa 

y descubrir 

que todavía nos queda 

algo que nadie pudo quitarnos: las ganas de celebrar. 

Imagen destacada generada con inteligencia artificial.


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