El Perú que se cuenta con los pies: una noche con CHOLITA

Por Sorayda Díaz

Hay algo fascinante en la manera en que los pueblos cuentan sus historias. Algunos lo hacen a través de la palabra, otros de la música, de sus tejidos, de sus rituales, y hay quienes lo hacen bailando.

Esta noche, el Perú se bailó en Charlotte. Y de qué manera.

El escenario del Parr Theater, en Central Piedmont Community College, se llenó de música, color y movimiento con CHOLITA – When Memories Become Dance, una producción de Salas Art Agency que nos llevó por un recorrido entre recuerdos, tradiciones e identidad.

El escenario se transformaba con cada danza, los vestuarios, llenos de color y detalles, eran un espectáculo por sí mismos. Las coreografías, las expresiones de los bailarines y la música iban construyendo ese universo en el que las tradiciones peruanas cobraban vida frente a nosotros.

Se notaba el trabajo detrás de cada escena con cuidado detallado en la producción, en las transiciones y en la manera de llevarnos de un momento a otro sin perder el hilo de la historia.

Y ese cuidado por los detalles comenzaba incluso antes de que se levantara el telón. La identidad visual de CHOLITA lleva la firma de Elliot Tupac, artista peruano reconocido internacionalmente por su particular manera de reinterpretar la gráfica popular de su país.

Sus letras, de colores intensos y formas inconfundibles, también cuentan una historia: la de una tradición que no se queda anclada en el pasado, sino que encuentra nuevas formas de expresarse. Una elección que dialoga muy bien con lo que vimos sobre el escenario.

Pero lo que más disfruté fue esa complicidad que se fue creando entre el escenario y el público.

La gente aplaudía, celebraba, seguía los ritmos del cajon, de los tacones y de las melodias de fondo. Había una alegría contagiosa en el teatro. Los bailarines de PEX Dance Company, liderados por Kiara Gatica, Antonio Vilchez y Andrea Chuiman fueron parte fundamental de esa experiencia, se llevaron una ovación de pie que decía mucho más que cualquier palabra.

Y es que ay algo en la música y la danza latinoamericanas que difícilmente nos permite ser espectadores pasivos. El ritmo nos llama, nos mueve y nos reconoce.

Mientras Cholita recorría su historia, nosotros también recorríamos un pedacito de la enorme diversidad cultural del Perú. Un país cuya riqueza no cabe en una sola danza, un solo traje ni una sola melodía, pero que anoche nos permitió asomarnos a algunas de sus muchas expresiones.

Me pareció especialmente hermoso ver a niños, jóvenes y adultos compartiendo el escenario. La cultura también se transmite así: de una generación a otra, no solamente contando las historias, sino viviéndolas.

Y eso fue CHOLITA. Una historia sobre la memoria y la pertenencia, contada desde el movimiento, sin perder la alegría de una verdadera celebración.

Al terminar la función me quedé pensando en lo mucho que necesitamos propuestas como esta en Charlotte. No como una curiosidad folclórica, sino como parte de la vida artística de nuestra ciudad, porque el talento latinoamericano merece escenarios, públicos y producciones a la altura de su riqueza cultural.

Ojalá CHOLITA regrese, y que sea antes del año, como adelantó Mauricio Salas. Que esta nueva producción encuentre otros escenarios y llegue a muchos más públicos. Porque una propuesta de esta calidad, con tanto trabajo, creatividad y talento detrás, merece mucho más que una sola noche.

Mauricio Salas y Ángela Castillo han puesto en escena algo que vale la pena celebrar: una historia que, sin renunciar a sus raíces, encuentra en la danza una manera de dialogar con el presente.

Anoche, el Perú volvió a hacer palpitar a la Ciudad Reina y mientras los artistas recibían una ovación de pie, quedó claro que el viaje de Cholita había terminado sobre el escenario, pero no entre quienes la acompañamos.


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