El llanto de Teresa

Por Sorayda Díaz

El cuarto olía a polvo, a nurite y humo viejo. Las paredes de adobe, agrietadas por los años y el sol implacable, guardaban el eco de los suspiros de la abuela. Era su cuarto parto, y las parteras, con sus naguas gastadas y delantales manchados de tiempo, se movían como sombras en la penumbra. Afuera, la noche había cerrado sus ojos y el viento se colaba por las rendijas, mezclándose con los rezos murmurados.

Cuando Teresa nació, el silencio llenó la habitación. No lloró. No hubo ese grito agudo que anuncia la llegada al mundo. Sólo su pequeño cuerpo resbaladizo, envuelto en sangre y placenta, se quedó allí, quieto, como si el peso de la vida le hubiera caído encima antes de tiempo.

Las mujeres se miraron entre sí, las manos temblorosas, agotadas por el esfuerzo de traer a la niña al mundo. Intentaron todo: frotaron su espalda, le soplaron suavemente, rezaron en voz baja. Pero Teresa no lloraba. Desesperadas, una de ellas salió y llamó a Antonio, el padre, que esperaba inquieto junto a los demás hombres, sombrero en mano y el corazón encogido.

—Antonio, ve por un cigarro —le dijeron—. Es lo único que queda por intentar.

Sin dudarlo, Antonio echó a correr. Se detuvo donde estaban los hombres fumando y pidió un tabaco. Alguien se lo dio, quizá sin comprender del todo para qué lo necesitaba. Antonio regresó jadeando, con el cigarro entre los dedos y el miedo asomándose en los ojos.

La partera encendió el tabaco con manos expertas. Jaló con fuerza el cigarrillo, acercó su boca al rostro de Teresa y, con un gesto firme, soltó una bocanada de humo que envolvió a la recién nacida.

Entonces ocurrió. De su pecho salió un llanto profundo, desgarrado, como si en ese instante hubiese comprendido todo lo que a la vida le debía y todo lo que le iba a cobrar. Las parteras se persignaron, murmurando un “gracias a Dios”, y mi abuela cerró los ojos, aliviada. Antonio, de pie junto a la puerta, dejó escapar un suspiro y apretó el sombrero contra su pecho.

Desde entonces, dicen que Teresa siempre llevó un poco de ese humo en el alma. Un recuerdo de cómo la vida le arrancó su primer respiro y de cómo el destino, entre tabaco y tierra, decidió que tenía que llorar para empezar a vivir.

Y aunque la vida le puso a Teresa lágrimas forzadas en el camino, ella las transformó en una mezcla perfecta de coraje con nobleza. Su corazón, templado por el dolor, se convirtió en refugio para quienes la rodean.

Y en mí, a través del cordón umbilical que nos unió, ese humo cargado de llanto me alimentó. Lo llevo en mis venas, mezclado con bondad, coraje y confusión, ese humo, que la hizo llorar para vivir, me recuerda que en cada respiro llevo su fuerza y su compasión.

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