Por Sorayda Diaz

Einar de la Torre, la mitad del dúo artístico De la Torre Brothers, habla de arte como quien habla de vida: sin pretensión, con humor, y con una conciencia aguda de las contradicciones que definen al ser migrante. Desde su estudio entre Guadalajara y Baja California, reflexiona sobre lo que significa vivir, crear y narrarse desde esa zona difusa, donde nada es completamente de aquí ni de allá… o mejor dicho, donde se es completamente de ambos.
Desde muy jóvenes, él y su hermano Jamex comprendieron que la migración no solo transforma los paisajes, también transforma la mirada. La experiencia de vivir entre culturas les dio una perspectiva única: la posibilidad de observar desde adentro y desde afuera, como quien observa desde la pecera, pero también puede salirse a mirar desde el otro lado del cristal. En lugar de sentirse desplazados, asumieron la pertenencia múltiple como una riqueza. No adoptaron la narrativa de la exclusión, sino la de la expansión: sí son de aquí y también de allá.

Ambos comenzaron en el arte por caminos separados. Jamex se enfocó en la escultura clásica, mientras Einar exploraba iconografías religiosas desde una postura crítica, cuestionando lo aprendido en la infancia católica. Al comenzar a colaborar en los años noventa, esas trayectorias se fusionaron en un lenguaje propio que hoy es fácilmente reconocible: piezas en vidrio soplado con estética barroca y pop, esculturas que combinan deidades prehispánicas con personajes de caricatura, referencias a lo sagrado, lo profano, lo kitsch, lo popular, lo digital.
El mestizaje mexicano aparece como una constante en sus obras, no como celebración simple, sino como un territorio de contradicciones. Les interesa cómo lo indígena ha sido apropiado simbólicamente por el nacionalismo mexicano, mientras en la práctica continúa el racismo y la marginación. A través de símbolos como el calendario azteca, los códices, las ruinas o los íconos religiosos reinterpretados, señalan esas tensiones sin necesidad de enunciarlas literalmente.



“El arte habla de realidades y de puntos de vista para poder platicarlos”, dice Einar, dejando claro que su intención no es dictar discursos cerrados, sino abrir espacio a la conversación. La recepción de su obra varía según el contexto. En Europa, suelen ser vistos como encarnación del imaginario mexicano. En el centro de México, en cambio, a veces son leídos como artistas “fronterizos”, casi foráneos. Esa ambigüedad, lejos de molestarles, les permite reinventarse continuamente.
Einar reconoce que han sido encasillados muchas veces: artistas chicanos, mexicanos, californianos, escultores, vidrieros. Y aunque esas categorías pueden ser útiles para otros, ellos prefieren no dejarse limitar por ninguna. “Lo que queremos es reinventarnos”, afirma, defendiendo el derecho de crear desde la complejidad sin tener que explicarla o justificarla todo el tiempo.

El humor en su obra no es casual ni superficial. Es un lenguaje deliberado que les permite conectar con el espectador desde otro lugar. En sus palabras, es una forma de sobrevivir. Para ellos, el humor es más sano que el cinismo. La risa no solo desarma, también abre. En muchas de sus piezas, el primer impacto es visualmente atractivo, incluso gracioso, pero detrás de ese anzuelo hay una capa crítica, política, reflexiva. Logran que el espectador se detenga, mire más de una vez, piense.
“En México vivimos con esa ironía de forma más sana. Nos reímos de la muerte porque la entendemos como inevitable.”




Así como su obra transita entre materiales, también lo hace entre contextos. Han trabajado en galerías, museos, proyectos públicos, colaboraciones con mezcaleros y comunidades artesanas. Les preocupa profundamente la desaparición de las tradiciones artesanales en México, el abandono institucional, la falta de mercado justo, y cómo la migración ha vaciado muchos pueblos de jóvenes creadores. Habla con respeto del trabajo hecho a mano, del aprendizaje intergeneracional, de las historias que se pierden cuando se rompe la línea familiar del oficio.
“La línea familiar de hacer artesanías se rompió. El culpable es también el que regatea una pieza que tomó horas en hacerse. Así no se sostiene nada.”
A pesar de las dificultades, Einar sigue creyendo en el arte como lugar de posibilidad. Lo entiende como un espacio vivo, en el que el proceso de creación no termina cuando se firma una pieza, sino cuando alguien la ve, la interpreta, la resignifica. Recuerda una exposición en San Francisco, cuando una madre le explicó una obra suya a su hija. Aquella interpretación, distinta de su intención original, lo conmovió profundamente. Entendió que la pieza ya no le pertenecía solo a él. Que era también de quien la observaba.
“Lo que tú ya pensaste ya lo sabes. Pero cuando alguien interpreta la pieza desde su experiencia, eso te transforma.”
Einar de la torre
Para él, no hay interpretación equivocada. Cree que una niña puede entender una pieza tan profundamente como un curador, porque lo importante no es la teoría, sino la conexión. Su obra no busca respuestas ni encasillamientos. Busca provocar, conectar, generar preguntas. Y sobre todo, celebrar el derecho a reír, a mezclarse, a existir entre mundos.




La exposición Collidoscope: de la Torre Brothers Retro-Perspective se presenta en el Mint Museum de Charlotte hasta el 21 de septiembre. Una oportunidad para encontrarse con este universo estético vibrante y contradictorio, que nos invita a mirar con otros ojos eso que somos cuando cruzamos, mezclamos, migramos y, sobre todo, nos atrevemos a reinventarnos.
Fotos: Philipp Rittermann
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