Por Juan David Cruz Duarte
Era diciembre 24 del año 2186. Yo estaba acostado en mi vieja cama, solo en mi habitación de paredes blancas y muebles de duraluminio. A lo lejos se podía escuchar el ruido de la pólvora y la algarabía de la gente que festejaba la Navidad con su familia. Esta iba a ser mi última noche viviendo en el enorme complejo de apartamentos grises que se encontraba dentro del primer mega-domo residencial construido en Marte. Había llegado al planeta rojo cuarenta y cinco años atrás, junto con la primera misión de colonizadores. Por años habíamos estado cultivando nuestros propios alimentos, escribiendo nuestra propia literatura, creando nuestra propia tradición artística, inventando nuestros propios deportes y desarrollando la tecnología que necesitábamos para sobrevivir y prosperar en este nuevo planeta.
Digo que era mi última noche en ese lugar porque iba a ser, la última de mi vida. Mi cuerpo ya empezaba a ser una carga para mí, y aunque los robots nos atendían a todos de manera eficiente, no podían proporcionarme el calor humano que necesitaba desde hacía mucho tiempo. Me tomé media botella de vodka, acompañada de un frasco entero de pastillas para dormir. Calculaba que me quedaban a lo sumo un par de horas de vida. De repente vi que una neblina extraña empezaba a materializarse en la habitación, se movía lentamente, y comenzaba a condensarse sobre una silla que había colocado en el rincón opuesto a la cama. Poco a poco algo fue tomando forma; la nube parecía cada vez más densa, más sólida, y empezó a asumir la figura de un cuerpo humano. Nada de esto me asustó. Simplemente asumí que estaba empezando a alucinar.
Cuando esta extraña bruma terminó de condensarse, pude ver con claridad que se había transformado en un hombre delgado, de baja estatura, pelo muy negro, una incipiente calvicie, y unos anteojos de marco grueso. Llevaba puesta una camisa blanca de manga corta y un pantalón de paño gris. En su rostro podía adivinarse una barba de tres días que le daba un aspecto descuidado. El tipo estaba leyendo lo que parecía ser una vieja edición de Las crónicas marcianas de Ray Bradbury. Lo reconocí con cierto temor: era yo, pero unos cuarenta años más joven.
—¿Qué hace usted aquí? – le pregunté, dudando de su existencia.
Él me miró aterrado. Echó un vistazo a su alrededor, y se levantó bruscamente, tratando de encontrar el interruptor que encendía la luz de la habitación. No lo encontró. Tal vez nunca había estado en este lugar. Pero estoy seguro de que la escasa luz eléctrica que entraba por entre las persianas era suficiente para que él lograra distinguir mis facciones.
—¿Quién es usted?—contestó nervioso—Esta es mi habitación. ¿También está hospedándose en el hotel? Creo que ha habido un error.
—Se equivoca—le dije—Estamos en mi habitación, este es el planeta Marte. El año en que me encuentro es el 2186. ¿Usted qué año cree que es?
—No. Estamos en un hotel en la ciudad de Houston. Es enero quince del año 2140 después de Cristo.
—Ya lo comprendo—contesté—Es como en ese viejo cuento de Borges. Estamos en dos momentos y dos lugares diferentes. No se alarme, yo soy usted, solamente varias décadas más viejo.
—Eso es imposible.
—Dígame: ¿está en Houston para entrevistarse con el personal de la NASA? Quiere viajar al planeta Marte, supongo. Sueña con hacer parte de la primera generación de colonizadores humanos en el planeta rojo. Los robots terminaron de construir los domos hace un par de años, ¿no es así?
—Todo eso es cierto—dijo el otro, disimulando el espanto—¿Esto es un sueño?
—Algo así, son mis últimos momentos de vida. Creo que estoy alucinando o viajando en el espacio-tiempo. Tal vez ya estoy muerto y la que viaja en el tiempo es mi conciencia.
—Puede ser.
—Se ve cansado. Si mal no recuerdo, hace unos pocos días murió su amiga de la infancia. ¿Alicia se llamaba?
—Amalia.
—Eso: “Amalia”. No sufra, yo sé que hace mucho no hablaban, pero ella no se tomó a mal su ausencia. Todos vivimos siempre tan ocupados… Además, ella estaba muy enferma; supongo que lo mejor era que no sufriera más.
—Es posible que tenga razón… Pero usted no se ve muy bien. ¿Debería llamar a un médico?
—Le he dicho que me estoy muriendo. Déjeme cumplir mi última voluntad.
El joven se quedó viendo el frasco de pastillas en mi mesa de aluminio. Me pregunté si él veía la misma mesa. No obstante, creo que comprendió lo que estaba pasando. Le temblaban las manos.
—¿Cómo llegamos a esta situación?
—Es la suma de todas nuestras acciones y decisiones. Nada más que eso. ¿Por qué habría de querer aferrarme a esta existencia que no me produce ningún placer, ninguna forma de felicidad? Creo que me reconforta la idea de por fin dejar atrás este circo de horrores y hastío.
El otro guardó silencio por un buen rato. Me miraba desde ese rincón poco iluminado de la habitación. Se frotaba las manos nerviosamente. Finalmente se animó a hacerme una pregunta:
—¿Hay algo que pueda decirme sobre el futuro?
—Le diré que acá en Marte conocerá a una hermosa y brillante mujer. Vivirá con ella algunos de los momentos más felices de su vida. Tendrán un hijo que morirá muy joven, a causa de una enfermedad típica de las personas nacidas en Marte. Su esposa murió hace varios años también. La soledad que lo espera es infinita.
—¿Qué debo hacer entonces? Mañana es mi reunión con los ejecutivos de la Agencia.
—Lo sé. Pero yo no puedo decirle qué debe hacer. Yo mismo no sé si mi vida ha valido la pena. Pero he vivido como un hombre, he tratado de mantener la frente en alto. Ahora estoy tratando de irme sin arrepentimientos.
—No sé qué debo hacer.
—Nunca lo sabrá. Nadie lo sabe. O tal vez solamente lo sabemos en momentos puntuales. Instantes breves de absoluta claridad. Yo no sé…
El tipo encendió un cigarrillo y se puso a fumar. Parecía distraído, era obvio que tenía miedo. Yo no había fumado en más de tres décadas. Al menos sabíamos que el tabaco no sería culpable de mi muerte.
—Tengo que salir a tomar aire—dijo él. Necesito pensar las cosas con calma.
Se levantó y salió de la habitación. Recordé que también yo había salido a caminar por las calles de Houston en esa noche lejana. Recordaba haber ido al bar, creo que lloré mientras caminaba de vuelta al hotel. No recordaba haber visto a una versión más vieja de mí mismo agonizando en la cama. Tal vez lo había olvidado. Tal vez la idea era demasiado horrible para que mi memoria la conservara. O tal vez él regresó y yo ya no estaba, y con el tiempo se convenció de que todo se trataba de un sueño… o quizás las cosas solamente pueden pasar una vez. Tal vez esta es la primera y única vez que esa versión más joven de mí mismo se encuentra con este viejo condenado. Lo dije antes: todo me recordaba a ese viejo cuento de Borges… ¿Cuál era el título? Era un número, tal vez una fecha. Tal vez Borges no era el autor, tal vez era Bradbury. Pero ahora resultaba inútil esforzarme. Mi memoria había dejado de funcionar. Había perdido las palabras.
No sé qué pasó después. Supongo que yo seguí muriéndome mientras él se tomaba un par de cervezas y se fumaba media cajetilla de cigarrillos en ese viejo bar. Supongo que sí viajó a Marte. Si no, ¿cómo se explicaría el resto de mi vida en este exilio interplanetario? ¿O acaso él se quedó? Tal vez pasó su vida en la Tierra. Tal vez el encuentro conmigo lo hizo cambiar de opinión, y terminó viviendo otra vida, siendo (para bien o para mal) otro hombre. Todas estas cosas son imposibles de saber. Como pasa casi siempre en esta vida, al final todo es cuestión de fe.
