Folletín

Por Loli Molina

Folletín

M. pren. Artículo literario, novela u otra obra cualquiera que se publica por partes en un lugar especial de los periódicos. 

Novela truculenta, de escaso valor literario. 

Diccionario Enciclopédico Vox 1. @ 2009 Larousse Editorial, S.L.

LA TRAICIÓN DE MARIELITA

Capítulo 4

Nada más salir, levantó la mano derecha y llamó un taxi. El sol se estaba poniendo y unos tímidos rayos iluminaban la calle justo antes de que comenzara a llover. Marielita tenía carnet de conducir pero nunca le gustó. Los primeros años solía llevar a sus hijos pequeños al colegio, uno privado muy exclusivo al que iban los hijos de políticos locales y alguna que otra estrella televisiva o futbolística. Sin embargo, cuando se hicieron mayores y reclamaron su primera motocicleta, su padre no tardó en complacerles. Una Vespino roja para Angelito y una Vespino azul para Martita. Marielita aún no lo sabía, pero a partir de ese momento dejaría de ser necesaria. Es ley de vida, le decía Ángel y seguía como si nada, como si a él no le doliera, aunque en el fondo sentía un pequeño aguijón que se negaba a compartir con Marielita porque la vulnerabilidad no era algo de lo que sentirse orgulloso. Y así fue por el resto de los años. 

Cuando consiguió parar un taxi, el último rayo de sol se despedía y las diminutas gotas de agua amenazaban con mojar su pelo alisado. Marielita se apresuró a subir en el coche y se quedó en silencio, incapaz de dar la orden, de marcar el destino, muda como si esperara el primer cachetazo de su vida. Pero el taxista, curtido en mil viajes, esperó paciente mientras le daba un botellín de agua cortesía de la casa. Al Hotel Andrómeda, dijo Marielita, y el conductor no tuvo que pensar ni un momento la ruta. Allí van todos, masculló con una mezcla de hastío y resignación, y puso la radio en la cadena de música clásica. Marielita lo escuchó y esbozó una sonrisa por el espejo retrovisor, lo que sorprendió al taxista. Así, viendo como la lluvia se afanaba en ganar la batalla al limpiaparabrisas, dio un primer sorbo al agua sin sed y agradeció la lluvia porque la lluvia limpia el ambiente, al igual que limpia el alma, al menos la suya. 

Pasados quince minutos de trayecto, el taxista estacionó en la puerta de un edificio de estilo art déco. Quince cincuenta, por favor, y Marielita ya tenía preparado un billete de veinte. Quédese con la vuelta. Gracias. Se puso las gafas de sol y salió como una de esas estrellas de cine el día del estreno, confidente y con tanto aire en los pulmones que sentía como estaban a punto de explotarles. Una vez en el vestíbulo del hotel, se dirigió a la recepción y, sin el más mínimo titubeo, solicitó una llave. Habitación 317, por favor. Aquí tiene, señora. Se giró y se encaminó hacia el ascensor. Una vez dentro, pulsó el botón de la tercera planta y se miró en uno de los tres espejos. Su reflejo se presentaba aún con gafas, el flequillo algo despeinado y las manos jugando con la tarjeta de la habitación. Hasta ese momento no había reparado en las arrugas de sus manos, ni en las líneas verticales alrededor de su boca, que por un instante se rozaron justo antes de que el ascensor detuviera su marcha. Planta tres, dijo una voz artificial. Y Marielita se dirigió por el pasillo de la derecha sabiendo que esa sería su última vez. Por fin. 

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