Folletín

Por Loli Molina

M. pren. Artículo literario, novela u otra obra cualquiera

que se publica por partes en un lugar especial de los periódicos. 

Novela truculenta, de escaso valor literario. 

Diccionario Enciclopédico Vox 1. @ 2009 Larousse Editorial, S.L.

LA TRAICIÓN DE MARIELITA

Capítulo 3

Cuando cerró la puerta de casa, Marielita era un cóctel de rabia y arrepentimiento. Rabia por el presente y arrepentimiento por el pasado. Ese batiburrillo era un combustible peligroso pero necesario para bajar las escaleras de los trece pisos con tanta agilidad que ni escuchó el bombeo de la sangre en su cabeza. Quiso evitar coger el ascensor porque tenía la mala suerte de coincidir con algún vecino del piso catorce al que le gustaba conversar sobre el tiempo y ella no lo soportaba. A Marielita cada vez le gustaba menos la gente. Ella, que siempre había sido extrovertida, se había ido convirtiendo en una sociable selectiva. Simplemente no quería hablar de lo que no quería hablar. Pero a veces hay que hablar. Así que hablemos. 

Hablemos de la traición. De la trasgresión. De la ruptura de la fidelidad. Hablemos de Ángel. Ángel era alto, pero no demasiado alto; fuerte, pero no desmesuradamente fuerte; y guapo, pero tampoco sobradamente guapo. Lo que sí era, muy mentiroso. Desde hacía un año, desde que había cumplido los sesenta, había empezado a tener relaciones extramatrimoniales. Mujeres más jóvenes que él la mayor parte de las veces. Carne fresca, según él. Así las llamaba entre sus amigos, capaces de guardar secretos tan escabrosos como avergonzantes. El pacto de caballeros milenario. Ángel era un experto en compartir sus escarceos. Le gustaba encender un cigarro, dar una calada profunda y comenzar su relato. Susana, veintinueve años, tenía los pechos como melones y el culo suave pero duro. Estela, treinta y dos, más guapa que mi mujer, con eso ya me basta. Judit, cuarenta y dos, más cachonda que ninguna de las anteriores, qué barbaridad. Así una tras otra. Una tras otra. Una tras otra. Entre una y otra, risotadas y palmadas en la espalda. La celebración de la hazaña. Eso sí, siempre con discreción. Porque, ante todo, él quería a su mujer. 

Aún recordaba el día que fue a la exposición invitado por un amigo y la conoció. Una mujer bella y con sensibilidad artística sería ideal como madre de sus hijos. Así que insistió hasta que la dejó embarazada y la persuadió de seguir su carrera para que se quedara en casa cuidando de su hijo. Su primogénito. Un varón. Su sueño hecho realidad. Luego vino la hembra. Y podrían haber tenido un tercero pero Dios no lo quiso. Así que se quedaron en una familia de cuatro. Él, mientras, iba escalando puestos en la empresa, como se merecía. Ella, por su parte, dedicaba sus días a la familia, la casa y alguna que otra afición de esas que no perjudicaban. Punto, macramé, crochet. Costura no porque recordaba a su madre con la espalda arqueada echando horas frente a la máquina para hacerle los vestidos que ella elegía en las revistas de patrones y cómo fue perdiendo la vista poco a poco. El matrimonio perfecto durante cuarenta años. O al menos eso parecía. 

A Marielita no le gustaba hablar, porque hablando salen las verdades y ella no quería que salieran. Si salían, si se escurrían por entre sus dedos como agua que no ha podido ser bebida, entonces tendría que tomar decisiones y la vida le había acostumbrado a cuatro décadas de silencios y mentiras. Hasta hoy que, tras bajar las trece plantas de escaleras, salió por la puerta del que una vez fue el edificio de apartamentos más caro de la ciudad como alma que lleva el diablo pero con rumbo fijo. Por primera vez.

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