Por Sorayda Diaz
Ángel Pahuamba pinta procesos: migraciones, identidades en movimiento, violencias normalizadas, memorias que se resisten al olvido.
Originario de Cherán, Michoacán, un pueblo de Mexico que el mundo conoce por su organización comunitaria y su defensa del bosque, Ángel ha logrado construir una obra profundamente enraizada en su territorio, pero al mismo tiempo capaz de dialogar con públicos en Suecia, Alemania, Chile, Perú, Estados Unidos y otros rincones del llamado sur global.

Su arte ha salido de la meseta purépecha, pero no para convertirse en postales, sino para mostrarse como lo que es: una reflexión crítica sobre la migración, la violencia, la identidad y la memoria.
Ángel creció en una familia donde la creatividad era cotidiana. Su padre fue muchas cosas: resinero, músico, tallador de madera, albañil, comerciante, chicharronero. Su madre, bordadora. En esa casa, las manos siempre estaban haciendo algo: cosiendo, tallando, cocinando, inventando.


Hay dos escenas que él recuerda como si las estuviera viendo todavía:
Un día, acompañando a su padre al monte para sacar resina de los árboles, vio una masa amorfa de madera y resina pegada al tronco. Su papá la cortó y se la llevó a casa. Él, niño, no entendía para qué. Ya en el taller, esa “cosa rara” se convirtió, poco a poco, en una tortuga tallada. Ahí descubrió que de la deformidad podía nacer una forma clara, que alguien más ya había imaginado.
Años después, en Morelia, demolían una vieja casa. Entre los escombros, un grupo de niños y personas mayores le aventaban piedras a algo. Ángel se acercó: era una tortuga de piedra. La rescató, la cuidó un tiempo, la llevó a su casa, hasta que un día decidió devolverla a un lugar húmedo en el cerro para que dejara de ser objeto de burla. Esa tortuga, de alguna manera, también migró: de la casa vieja al maltrato, del maltrato al cuidado, del cuidado al monte.
Entre esas escenas hay otra travesura que recuerda con risa: volcar el canasto de hilos de su madre y hacer “lluvia de colores” por todo el cuarto, hay una constante: color, materia, transformación y prohibiciones. Sin saberlo, ya estaba entrenando la mirada del artista.
De Cherán al mundo: migrar para poder crear

Ángel se nombra a sí mismo migrante, aunque nunca haya cruzado la frontera hacia Estados Unidos. Su migración comenzó a los 17 años, cuando salió de casa y ya no volvió a vivir en su pueblo. Se fue a estudiar la licenciatura en arte a Morelia, y desde entonces su vida ha sido una sucesión de desplazamientos: Morelia, San Miguel de Allende, Guanajuato, Querétaro, Puerto Vallarta, Ciudad de México.
Antes de terminar la carrera, se hizo “hippie”: vendía collares, aretes y artesanías, viajando de mochilazo de un lugar a otro, sobreviviendo del intercambio y el movimiento. Esa experiencia marcó lo que después sería uno de sus proyectos centrales: Diablito Nómada, un taller de grabado itinerante que viaja de comunidad en comunidad.
Pero para él la migración no es solo geográfica:
“Yo me considero migrante aunque no me haya ido a Estados Unidos. Migré de casa, migré de ciudad, migré de forma de pensar. Hoy me duermo con una idea y mañana ya cambió. Somos seres migrantes por naturaleza”.
En su visión, migran los cuerpos, pero también las ideas, las creencias, las identidades, los lenguajes y hasta los materiales que usa en su obra. Nada se queda quieto.



La obra como cuerpo migrante
Para Ángel, la obra misma es migrante. Aunque esté físicamente en una galería o un museo en Michoacán, hoy las imágenes viajan: por redes sociales, catálogos digitales, exposiciones colectivas, residencias artísticas. Su trabajo ha sido expuesto y coleccionado en varios países, sobre todo hacia el sur: Perú, Chile, otros territorios latinoamericanos donde siente una conexión distinta.
En su exposición Entre máscaras y puños, por ejemplo, investigó rituales que combinan violencia, cuerpo y comunidad en Perú y México. En Perú, el Takanakuy, un ritual donde la gente se pelea para “limar asperezas” antes de recibir el Año Nuevo. En México, rituales como el de los tecuanes, donde los golpes y la sangre son ofrenda para pedir lluvia.
Ángel no se queda en la descripción pintoresca. Le interesa mostrar la contradicción, misma que tambien observa en su propio pueblo: cómo esos rituales pueden tener sentido comunitario, pero al mismo tiempo reproducen violencias que se heredan y normalizan.



La máscara del diablo: migración, ritual y crítica
Uno de los motivos que más se repite en su obra es la máscara de diablo. No como simple personaje folclórico, sino como síntesis de la migración de símbolos entre continentes.
Su padre le contaba de niño historias de danzas de diablos. Con el tiempo, Ángel fue entendiendo que esa figura del diablo no es originaria de acá, sino que llegó de Europa y se mezcló con los rituales de los pueblos originarios. Es un personaje migrante, apropiado, reinterpretado.
En el proyecto Diablito Nómada, esa figura se vuelve guía y pretexto. En compañía de Citlali, su pareja, llevan un taller de grabado y exploración comunitaria a distintos pueblos. Allí hablan de: violencias que se viven y se callan, identidades que se defienden o se mueven, memoria intergeneracional, historias del pueblo que se cuentan mientras se imprime, se dibuja, se mira.
Durante la conversación, aparece una idea que atraviesa toda la obra de Ángel:
la migración nos afecta incluso si nunca salimos.
Él lo explica con calma pero con mucha claridad: cuando alguien se va, también migran los afectos, las responsabilidades, los miedos, las expectativas; cambian las dinámicas de la casa, del pueblo, de la familia. Cuando alguien regresa después de años, muchas veces vuelve con otra máscara encima: ya no es el mismo, ni lo ven igual.
“Del punto A al punto B, el que se va se transforma. A veces cuando regresa ya no reconoce lo que dejó, y tampoco se reconoce en el lugar al que vuelve. Ahí también hay una fractura”.



El arte como detonante
Para Ángel, el arte no es decoración ni folclor para consumo rápido. Su obra confronta temas como la violencia, el machismo, la migración, las herencias coloniales y las tensiones entre comunidad e institución. Por eso sus exposiciones, como Aguantamos Vara, incomodan: buscan organización, resistencia y levantar la voz.
Él lo explica con claridad:
“El arte tiene que detonar preguntas. No me interesa solo venderle al mundo una versión colorida del ser mexicano.”
Rechaza también la etiqueta de “arte indígena” como estrategia de mercado. Critica cómo museos y galerías exotizan a los artistas originarios, convirtiéndolos en escenografía. Para él, el arte debe valer por lo que es, no por la identidad del creador.
Esta reflexión lo llevó a replantearse su propia identidad. Aunque reconoce sus raíces indígenas y su origen en Cherán, entiende que la identidad también se elige y se transforma. “Una cosa es la identidad con la que naces y otra la que decides”, dice. En el camino ha construido familias elegidas y nuevas formas de pertenencia, como muchos migrantes.
Esa apertura se refleja en su técnica: pasó de pintar con cuatro colores a mezclar materiales y herramientas inusuales, aerosoles, tarjetas telefónicas, cuchillos y a explorar grabado, escultura y acuarela. Su única regla es disfrutar el proceso: si él no se emociona, la obra no puede tocar a nadie.



Incluso la cocina forma parte de su lenguaje creativo. En recetas como las atápacuas, heredadas de su madre, encuentra otra manera de contar memoria, resistir y crear.
En su visión, todo migra: las ideas, los materiales, las identidades, las formas de nombrarnos. Migramos incluso cuando no nos movemos físicamente. Y en ese movimiento constante, el arte se convierte en el lugar donde todo puede transformarse.
Conoce más de su obra en:
Instagram: @angelpahuamba
