Megan Gonzalez: Entre dos mundos, una misma voz

Por VozEs

Megan Gonzalez nació en Texas, hija adoptiva de una familia estadounidense que siempre tuvo claro algo: sus hijos debían crecer conectados con sus raíces mexicanas. Por eso, cuando Megan estaba en cuarto grado, empacaron todo y se mudaron a Ocotlán, Jalisco, Mexico. Ahí, en un pueblo que entonces era pequeño, Megan aprendió español, entendió de dónde venía su herencia y descubrió, sin saberlo, la primera pieza de una identidad que se movería entre dos mundos.

Su familia la matriculó directamente en una escuela mexicana. Fue un aprendizaje por inmersión total: los libros, los amigos, la comida, el clima, la vida cotidiana. Revisar las camas por alacranes antes de dormir, evitar beber agua del grifo, sentir el ritmo de un país distinto. “Amo México, de verdad. Esa experiencia me marcó muchísimo”, cuenta. Reconoce que vivió algo equivalente: crecer perteneciendo a dos culturas al mismo tiempo.

Esa doble identidad también la acompañó de regreso a Estados Unidos. En Charlotte le hablaban en español en el supermercado; otros le preguntaban constantemente “¿pero de dónde eres realmente?”. En México, en cambio, se mimetizaba con el entorno y quienes llamaban la atención eran sus hermanos rubios. Entre un país y otro, Megan aprendió a habitar ese espacio intermedio donde la pertenencia no se impone: se construye.

Desde niña, el arte fue su refugio. Sus primeros recuerdos son dibujos en kindergarten: un perro, luego un gato, después paisajes, plantas y animales que encontraba en los mercados de México. Dibujar le servía para entender lo que veía y también lo que sentía. Aún ahora, en cada viaje lleva un cuaderno donde registra edificios, comidas, rostros y sueños, literalmente sueños, que luego se vuelven piezas abstractas, brillantes, sin figura definida, nacidas de su imaginación nocturna.

Su trabajo transita entre varias técnicas: carbón, acrílico, acuarela, pintura digital, e incluso una serie de santos representados desde una mirada BIPOC. Le interesa experimentar, explorar materiales nuevos y dejar que cada etapa de su vida encuentre un lenguaje propio.

El camino hacia la justicia migratoria también la marcó profundamente. En high school tuvo una amiga indocumentada a quien le dijeron que no podía estudiar en la universidad. No entendía por qué. Más tarde supo lo que significaba vivir sin papeles, sin licencia de conducir, sin oportunidades que parecían obvias para cualquiera. Cuando vivió en California aprendió sobre César Chávez, Dolores Huerta y el movimiento de trabajadores agrícolas. Ese despertar político sería clave más adelante.

Ya en Charlotte, Megan comenzó a colaborar con la Latin American Coalition. Durante la Convención Nacional Demócrata conoció, junto a un grupo de jóvenes activistas, a artistas del movimiento Undocubus, entre ellos Julio Salgado. Ese encuentro la impulsó a preguntarse por qué Charlotte no tenía su propio colectivo de arte activista. Así nació Obra Collective.

Obra juega con un doble significado: la obra como creación artística y el acrónimo Observe, Bridge, Respond, Art Collective. La misión era clara: observar lo que ocurre en la comunidad latina, tender puentes educativos y responder a través del arte. Comenzaron ocho jóvenes; hoy suman más de treinta artistas de distintas edades, países y experiencias. No todos hacen arte activista, pero todos comparten valores fundamentales: la defensa de la comunidad inmigrante y la convicción de que el arte también es resistencia.

Como directora, Megan lidera desde la escucha. Las reuniones del colectivo son espacios donde se conversa de arte, pero también de ansiedad, de familia, de miedo, de oportunidades y de vida. “Siempre hay algo real que alguien necesita compartir”, dice. Prefiere que la voz pública de Obra la tengan los artistas, no ella. Los impulsa a hablar, a aplicar a becas, a participar en exposiciones, a contar sus historias. Y mantiene al grupo informado sobre recursos, talleres de “Know Your Rights”, cambios en políticas migratorias y cualquier cosa que pueda afectarles.

También celebran lo cotidiano: cómo se dice una palabra en Perú, en Venezuela, en México; qué comidas les recuerdan a casa; qué cosas las unen y cuáles las distinguen. Obra no es solo un colectivo de arte: es una comunidad.

Para Megan, aún hay historias urgentes por documentar: las de las personas mayores, las de las familias inmigrantes que nunca han contado sus recuerdos, las de comunidades indígenas que viven en Carolina del Norte y cuyas lenguas y relatos quedan fuera del radar. “Esas historias no pueden perderse”, insiste.

Hoy Megan prepara varias exposiciones para el próximo año: la muestra de San Valentín de Obra, un show de resistencia sobre el estado del mundo, su participación en Goodyear Arts y el proyecto que quiere retomar con otras madres-artistas: motivarse juntas para volver a crear. También sueña con una exhibición individual, quizá en 2026 o 2027, donde combinará piezas abstractas, dibujos nacidos de sueños y obra inspirada en recientes operativos migratorios que le han pesado en el corazón.

Entre dos países, dos lenguas y dos identidades, Megan ha encontrado un territorio propio: el arte como puente, como memoria, como resistencia y como hogar.

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