Por Sorayda Diaz

Hablar con Ulises Cueto es descubrir que la frontera no es una línea, sino un ritmo. Una forma de vida. Una identidad que se respira sin darse cuenta hasta que se vive lejos de ella. Nacido en El Paso pero criado entre Juárez y Chihuahua, Ulises se reconoce mexicano desde el origen. Aunque haya estudiado en escuelas estadounidenses, su corazón, como su cultura, siempre cruzaron hacia el sur: familia, vacaciones, costumbres, comida, lenguaje. “Yo crecí mexicano,” dice con una seguridad que desarma cualquier etiqueta.
Y quizá por eso su historia no inicia con el típico relato migrante. Él no “cruzó” buscando pertenecer: nació perteneciendo a dos lados a la vez. Su experiencia fronteriza, ese ir y venir entre ciudades hermanas pero separadas por un puente, se convirtió con los años en su mayor motor artístico. Curiosamente, no lo descubrió hasta irse. Vivió tres años en San Antonio y casi una década en Austin, donde desarrolló su carrera como muralista. Solo entonces, al regresar a El Paso, entendió que su obra llevaba años pidiéndole volver a sus raíces.
“Antes yo era un artista mexicano en Austin. Ahora soy un artista fronterizo,” afirma. Ese matiz lo cambió todo: su paleta de colores, sus símbolos, su mensaje, incluso su lengua. En Texas escribía y diseñaba en inglés; hoy, casi todo lo que crea vibra en español.

Su mural más reciente en la calle El Paso, donde un lagarto monumental se eleva sobre la icónica X de Juárez, es un mapa emocional de dos ciudades que viven juntas aunque les duela la separación. Es homenaje, denuncia, memoria y esperanza en una sola pieza. Representa el puente Santa Fe, la interdependencia económica, la vida diaria marcada por agentes fronterizos y trámites desgastantes, pero también el orgullo, la fuerza y el movimiento constante que define a quienes habitan esa franja del mundo.
La X, creada por Sebastián, aparece como símbolo nahua de movimiento; el lagarto como referencia a la Plaza de los Lagartos, corazón de la historia urbana de El Paso. Juntos sostienen una narrativa poderosa: ninguna ciudad funciona sin la otra.
En la base del mural, Ulises incorporó diseños prehispánicos de los pueblos originarios de la región: Tigua, Comanche, Plaines y cerámica de Casas Grandes, recordándonos que antes del puente, antes del muro y antes de la frontera, existió un territorio indígena vivo que sigue presente en la gráfica del desierto. “El mural es el pasado, el presente y el futuro,” dice.
Su trabajo no es político en el sentido tradicional; prefiere hablar desde el color y la alegría. Todos sus murales esconden —a veces casi imperceptible— la palabra “Ánimo”. Es una filosofía personal y un mensaje universal. “Quiero que la gente se alegre,” cuenta. Su deseo es que el arte callejero eleve el ánimo del barrio, que la comunidad se vea en los colores brillantes y se encuentre en lo que pinta.



Su camino en el muralismo comenzó desde la infancia, dibujando caricaturas y personajes animados. En la preparatoria aprendió soldadura y empezó a hacer esculturas. Más tarde se definió entre las Bellas Artes, el diseño gráfico y el arte urbano. En San Antonio pintó su primer mural: un Cantinflas saliendo entre nubes de vapor colorido. Hoy, después de doce años trabajando en paredes de distintas ciudades, Ulises mantiene una práctica artística sólida que combina influencias prehispánicas, psicodelia, rótulos, stencil y una estética vibrante que ya es totalmente suya.
Aunque sus murales se han multiplicado, no deja de lado la comunidad. Contrata a estudiantes de arte para que aprendan el oficio desde adentro, porque él nunca tuvo esa oportunidad y quiere abrir caminos para quienes vienen atrás. También colabora con negocios locales —como la taquería cuyo carrito paletero intervino con stencil y rótulos hechos a mano— y mantiene una relación directa con comerciantes y vecinos. Tocar puertas, presentarse en persona, escuchar la historia del espacio: para él, esa es la esencia del muralismo real.
Sueña con llevar su estilo a Japón o Berlín, ciudades que imagina como escenarios ideales para un mural prehispánico-psicodélico que hable del desierto y la frontera en otro idioma. Mientras tanto, planea instalarse en el estado de Hidalgo, cerca de Ciudad de México, para seguir creciendo como artista. Le atrae la energía cultural, los museos, las organizaciones artísticas y la posibilidad de vivir una nueva etapa sin perder cercanía con la capital.




Ulises también trabaja en su próximo gran diseño: “Amigo X”, una pieza que combina el antiguo sol del logotipo clásico de El Paso con la X de Juárez y la iconografía del quinto sol mexica. Quiere un muro enorme, uno digno del peso simbólico de la imagen. Sabe que el muralismo es efímero, que todo puede desaparecer por tiempo, clima o política, pero no le preocupa demasiado: si su obra vive un año y alegra a la comunidad, eso ya es ganancia.
Al final, Ulises pinta para que el muro nos hable con una sola palabra que aparece escondida en cada una de sus piezas: ánimo. Porque en la frontera —como en el arte— moverse, resistir y crear también es un acto de esperanza.
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