Por VozEs

Hablamos con Marcela Canchola desde Ottawa, Canadá. Estilista de moda y fundadora de Club Brunette, Marcela ha construido una carrera que se mueve entre la intuición estética, la escucha profunda y la transformación personal. Su proyecto nació hace casi una década en la Ciudad de México, en paralelo a su trabajo en televisión, donde formó parte del equipo de estilismo de un programa matutino nacional. Ahí, en el ritmo intenso del set, el vestir dejó de ser solo imagen para convertirse en lenguaje, presencia y narrativa.
Con el tiempo, su camino profesional evolucionó. La moda se desplazó del foro televisivo al acompañamiento cercano, del vestuario pensado para cámara al estilo construido para la vida cotidiana. La maternidad, los cambios de ciudad y la migración marcaron nuevas etapas que transformaron su práctica y la llevaron a formalizar Club Brunette como un espacio de guía, reflexión y autoconocimiento a través de la imagen.
Marcela es oriunda de Irapuato, Guanajuato, y habla desde un lugar profundamente atravesado por sus raíces mexicanas. En su relato, la identidad no aparece como algo fijo, sino como algo que se cultiva. Habla del orgullo de ser mexicana, de no esconder el acento, de llevar el idioma, las texturas y los colores como una presencia cotidiana. En un contexto donde la neutralidad parece ser la norma, su forma de vestir se vuelve una declaración silenciosa de pertenencia. No para destacar, sino para no perderse. Desde ahí, el estilo deja de ser apariencia y se convierte en un lenguaje íntimo, una forma de afirmarse sin pedir permiso.



¿Qué significa el estilo personal como arte, para ti?
Para mí, el estilo personal es una forma de expresión artística. Es el lugar donde vive la creatividad individual y donde se unen las experiencias de vida: los lugares que te marcaron, las personas que te dejaron huella, las conversaciones, los libros, incluso los momentos difíciles que te transformaron. Todo eso se traduce en la manera en la que te vistes. No como algo superficial, sino como una mirada honesta hacia adentro. El estilo se convierte en un reflejo de quién eres y de cómo te habitas hoy.
Cuando aprendes a conocerte y a respetarte, tu estilo también evoluciona. Se vuelve más consciente, más fuerte y más auténtico. Para mí, ahí es donde el estilo se convierte en arte.
¿En qué momento entendiste que vestirte podía ser un acto creativo y no solo una necesidad?
Creo que desde muy pequeña. Tenía unos siete u ocho años cuando mi mamá llegaba a casa —a veces casi a escondidas de mi papá— con bolsas llenas de ropa de tiendas locales y nos dejaba escoger lo que más nos gustaba. Ahí entendí, sin saberlo, que vestirse podía ser un juego y una forma de expresión.
Me encantaba ponerme vestidos amplios con zapatillas de ballet, especialmente unas con flores de colores. Bailaba con ellas y me sentía especial, distinta, libre.
En la adolescencia empecé a experimentar más: combinaba el esmalte de mis uñas con la ropa y comencé a entender cómo el color podía jugar a mi favor. Ya no era solo vestirme, era elegir.
Cuando entré a la universidad, mi cuerpo cambió y también mi relación con la ropa. Poco a poco fui puliendo mi estilo, compraba pensando en ocasiones específicas, planeaba mis looks y observaba más.
En ese momento aún no sabía todo lo que me faltaba por aprender, pero ya estaba profundamente enganchada. Ahí entendí que la manera en la que te vistes puede abrirte —o cerrarte— puertas.


¿Cómo influye tu historia personal en la forma en la que construyes estilo, tanto en ti como en otros?
Influye absolutamente en todo. El estilo personal comunica quién eres sin necesidad de hablar; es una extensión directa de tu historia.
Convertirme en madre fue una transformación emocional profunda. Más recientemente, dejar México para vivir en Canadá fue otro punto de quiebre que me obligó a mirarme con honestidad, a soltar lo que ya no era y a reconstruirme desde otro lugar.
Cuando entendí el porqué de ese cambio, mi visión personal se elevó, y con ella también mi mirada como stylist. Aprendí que el estilo no es estático: evoluciona contigo, con tus duelos, tus procesos y tus renacimientos.
Muchos de los clientes que llegan a mí están atravesando cambios importantes de vida. Las experiencias dejan marcas, pero cuando sabes leerlas, esas marcas pueden convertirse en la base de un estilo más auténtico, orgánico y poderoso.
¿Qué papel juegan la intuición y la sensibilidad artística en tu trabajo?
Juegan un papel protagónico. Ambas son herramientas fundamentales que me permiten acompañar a mis clientes desde una perspectiva coherente, sofisticada y profundamente humana.
Cada persona tiene ritmos, hábitos y necesidades distintas. Comprender eso requiere tiempo, escucha y sensibilidad. Nunca apresuro un proceso; me interesa observar, escuchar y crear un espacio de confianza.
La intuición me ayuda a leer entre líneas; la sensibilidad artística me permite traducir eso en imagen. Así puedo acompañar cada etapa de un cambio de imagen, respetando siempre la esencia de quien tengo enfrente.
¿Cómo dialogan la identidad, el cuerpo y la ropa dentro de tu proceso creativo?
Dialogan desde un lenguaje muy noble. Para verse bien, primero hay que sentirse bien. Y para sentirse bien, hay que creérselo. La identidad es el punto de partida. El cuerpo no es algo que se corrige, sino algo que se escucha y se respeta. La ropa llega después, como una herramienta que acompaña y potencia.

Mi proceso no parte de tendencias, sino de preguntas: ¿quién eres hoy?, ¿cómo te quieres sentir?, ¿qué quieres comunicar?. Cuando identidad, cuerpo y ropa se alinean, el resultado se siente: coherencia, presencia y seguridad.
¿De qué manera tu experiencia como inmigrante ha moldeado tu mirada estética y artística?
Migrar es un acto de coraje. Te confronta y te obliga a mirarte con profundidad.
En la distancia empecé a valorar cosas que antes daba por sentadas, como la luz. En Canadá, donde el sol desaparece durante meses, el clima extremo y la nieve reducen el paisaje a una paleta de neutros.
La ausencia de color fue una de las primeras cosas que empecé a extrañar. Desde ahí nació una búsqueda profunda: estudié colorimetría estacional para entender cómo el color influye no solo en la imagen, sino también en el ánimo y la seguridad personal. Ese proceso transformó mi mirada artística y mi negocio. Hoy acompaño a mis clientas a vestirse con intención y a resaltar su belleza natural, incluso en entornos donde todo parece apagado.
¿Has sentido que tu forma de vestir ha sido una herramienta para reclamar espacio o pertenencia?

Sí, absolutamente. Vestirme ha sido una forma silenciosa pero poderosa de reclamar espacio, especialmente en momentos de cambio.
No se trata de llamar la atención, sino de sostenerte. Cuando te vistes desde la coherencia contigo misma, la pertenencia deja de depender del entorno y empieza a construirse desde adentro.
En tu trabajo, ¿cómo acompañas a las personas a transformar su imagen en una narrativa visual propia?
Acompaño desde la escucha. Antes de pensar en ropa, me interesa entender la historia, el momento de vida y las emociones.
Traduzco todo eso en decisiones visuales que tengan sentido estético y emocional. No creo personajes ni impongo estilos: ayudo a que cada persona construya una narrativa visual honesta y alineada con quién es hoy.
¿Qué buscas que permanezca —emocional o simbólicamente— después de una sesión de styling?
Busco que permanezca la claridad. Que la persona se vaya con calma, seguridad y autoconocimiento. Más allá de un outfit, quiero que se lleven herramientas para mirarse con más amabilidad, elegir con intención y reconocerse sin juicio.
Si el estilo fuera una obra de arte, ¿qué historia estaría contando hoy la tuya?
Estaría contando una historia de evolución y honestidad. La de una mujer que se permitió cambiar y reconstruirse sin perder su esencia. Hoy mi estilo habla de calma, intención y coherencia. No busca validación externa, sino conexión interna. Es una obra viva, en proceso, que encuentra belleza en la conciencia, la madurez y la libertad de ser quien soy hoy.
Escuchar a Marcela es volver a la idea de que la identidad no se negocia, se cultiva. Sus raíces mexicanas atraviesan su manera de vestir, de hablar y de criar a sus hijos. El idioma, el acento, el color y las referencias culturales aparecen como gestos cotidianos de resistencia y orgullo. No desde la nostalgia, sino desde la presencia.
En un mundo que empuja a la neutralidad, Marcela propone otra cosa: habitar el cuerpo con intención, vestirse desde la historia propia y usar el estilo como una forma de pertenecer sin diluirse. Esta conversación deja claro que el estilo no es superficie ni tendencia. Es memoria, es identidad viva y es una manera de seguir siendo quien eres, incluso lejos de casa.
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