Por Irlanda Ruiz Aguirre
Escuché un silbido.
Escuché un bocinazo.
Escuché los gritos:
Cierren la puerta.
Quédense adentro.
Ya llegaron.
Mi teléfono no para.
WhatsApp está desatado.
Los grupos repiten:
Protejan a las familias.
Quédense resguardados.
Leo las noticias.
Veo los comentarios.
La Patrulla Fronteriza se acerca—
están en la esquina,
acechan a la comunidad latina.
La gente corre.
Los negocios cierran.
Y yo me pregunto:
¿es real esta experiencia
o es el miedo quien sentencia?
Las redes sociales explotan—
rumores, miedo,
odio que brota.
Leo los comentarios,
uno tras otro,
sumando filo al dolor roto:
“No me importa si los niños son enjaulados.”
“No me importa si padres e hijos son separados.”
“Que se los lleven a todos
y que queden encerrados.”
Mi corazón se agita.
Mis manos tiemblan.
Me niego a creer
que el odio tenga tanta fuerza,
que la crueldad se repita,
que la maldad se fortalezca
y la compasión desaparezca.
Lloré sin consuelo.
Estoy angustiada—
por mis vecinos,
por mis amigos,
que hoy permanecen escondidos,
con los sueños suspendidos.
Recibo un correo:
Tenemos pavos.
Consigue transporte y los llevamos.
Un halo de luz.
Un rayo de esperanza.
Los pavos fueron entregados.
Un momento de confianza.
Sonrío en silencio.
Recupero mi silbido—
una señal,
una advertencia,
y así decimos:
aquí seguimos,
de pie, erguidos
valientes,
y de frente,
somos la resistencia.
