The Intimate and Emotional Photography of Livier Miroslava

By Sorayda D. León

En las fotografías de Livier Miroslava, la figura femenina no aparece únicamente como sujeto visual. Aparece como presencia emocional, como identidad y, muchas veces, como un espacio de confianza compartida entre fotógrafa y retratada.

“Me enfoco principalmente en las mujeres”, explica Livier durante nuestra conversación. “Conecto de una manera completamente diferente con ellas. Siento que vibramos de una manera similar.”

A sus 27 años, la fotógrafa mexicana ha desarrollado un lenguaje visual profundamente marcado por la intimidad, la emoción y la identidad femenina.

Su trabajo, que recientemente ha comenzado a expandirse hacia ciudades como Los Ángeles y Chicago, se mueve entre lo artístico y lo cotidiano, entre el maximalismo urbano y la vulnerabilidad emocional.

Pero más allá de la estética, hay algo que atraviesa gran parte de sus imágenes: la necesidad de crear espacios seguros para las mujeres frente a la cámara.

“Yo busco que cuando hago sesiones de fotos, sean espacios donde ellas se sientan seguras”, dice. “Que no estén pensando en cómo se van a ver o en cuidarse todo el tiempo. Más bien quiero ser esos ojos que ellas necesitan para decirles: confía en mí.”

Esa sensibilidad no parece surgir solamente de una decisión artística, sino de experiencias personales. Livier comenzó a tomar fotografías alrededor de los 13 años, en un momento donde, según cuenta, estaba atravesando emociones difíciles relacionadas con la adolescencia, la inseguridad y la tristeza.

“No soy buena escribiendo”, dice entre risas. “No podía expresar lo que sentía con palabras.”

Entonces encontró otra forma de hacerlo.

Recuerda claramente una de las primeras fotografías que tomó con una cámara semiprofesional que había traído uno de sus hermanos desde Estados Unidos. Puso el temporizador, se sentó frente a la cámara y comenzó a fotografiarse llorando.

“Quería expresar lo que sentía sin tener que decir literalmente ‘estoy triste’”, recuerda.

Ese momento terminó definiendo gran parte de su relación con la fotografía. Para Livier, tomar imágenes nunca fue solamente producir algo “bonito”. Desde el inicio estuvo ligado a las emociones, a la vulnerabilidad y a la necesidad de comunicar cosas que no siempre pueden decirse de manera directa.

Y quizás por eso muchas mujeres conectan tan fácilmente con ella frente a la cámara.

Sus retratos tienen una cercanía emocional poco común. Incluso cuando utiliza escenarios urbanos saturados de color, mercados o calles caóticas, las imágenes conservan cierta intimidad. Sus modelos no parecen estar “posando” para cumplir una expectativa estética; parecen existir cómodamente dentro de la fotografía.

Livier cree que eso tiene que ver con la manera en que construye confianza.

“No importa si nunca has modelado”, explica. “Yo te ayudo a que esto funcione.”

En un medio donde muchas veces predominan ciertos estándares de belleza muy específicos, Livier insiste en retratar diversidad.

“Muchos fotógrafos buscan cierto tipo de modelo, cierto cuerpo, cierta belleza más europea”, comenta. “Yo siempre busco diversidad.”

Esa búsqueda aparece también en sus espacios y escenarios. Su trabajo reciente se ha movido hacia una estética maximalista donde los colores, los mercados, los tianguis y los elementos populares mexicanos toman protagonismo.

“Muchas veces intentamos que todo se vea europeo”, dice. “Y dejamos de ver la belleza de los espacios cotidianos que ya existen aquí.”

Una de las series más importantes dentro de esta nueva etapa fue la sesión realizada con una amiga maquillada de payasita dentro de un mercado popular. El proyecto, que mezcla teatralidad, cultura popular y fotografía callejera, terminó llevándola recientemente a obtener el segundo lugar en los Sony Awards, uno de los concursos de fotografía más importantes a nivel internacional.

Sin embargo, incluso dentro de esa explosión visual, sigue existiendo un interés claro por la emocionalidad femenina.

Livier habla mucho de los payasos como figuras que aparentan alegría mientras esconden tristeza. Una dualidad con la que se identifica profundamente.

“Creo que soy esa persona que siempre intenta hacer reír a todos independientemente de cómo se sienta”, dice.

Hay algo de eso en sus fotografías también: imágenes visualmente intensas que, al observarlas más tiempo, revelan cierta melancolía, vulnerabilidad o incomodidad emocional.

Parte de esa sensibilidad viene también de vivir constantemente entre México y Estados Unidos. Aunque nació en Estados Unidos, creció principalmente en México y hoy se mueve continuamente entre ambos países visitando familia y desarrollando proyectos creativos.

Ese ir y venir la ha llevado a reflexionar mucho sobre identidad, estética y representación.“Estados Unidos para mí se siente gris”, comenta. “Por eso intento llevar el color y todo lo que hago allá.”

Y justamente dentro de ese color, las mujeres ocupan un lugar central. Mujeres mexicanas, mujeres latinas, mujeres diversas, alejadas de los estándares tradicionales y retratadas desde una mirada mucho más cercana y humana.

Su fotografía parece funcionar entonces como una especie de conversación entre mujeres: una detrás de la cámara y otra frente a ella, construyendo juntas una imagen donde ambas puedan reconocerse.

“No quiero que alguien llegue pensando todo el tiempo en cómo se ve”, dice. “Quiero que se sienta segura.”

La fuerza de su trabajo se refleja no solamente en la estética, los colores o los reconocimientos internacionales, sino en la capacidad de mirar a otras mujeres sin intentar corregirlas, suavizarlas o transformarlas en algo distinto.

Simplemente permitirles existir dentro de la imagen.

Photos: Courtesy of the artist

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