By Sorayda Díaz
Durante una parte de su juventud, Art Carrillo creyó que ser estadounidense lo colocaba por encima de otros. Había nacido y crecido en Los Ángeles, hijo de padres mexicanos, en una época en la que los comentarios despectivos hacia los mexicanos eran parte de lo cotidiano y la asimilación parecía ofrecer una manera de pertenecer.

Con los años tuvo que desaprenderlo.
“I realized that I was wrong”, me dijo durante nuestra conversación. “I embrace who I am. I embrace my culture.”
Hoy, esa cultura de la que alguna vez se distanció ocupa el centro de su pintura.
Carrillo es mexicanoamericano de primera generación, licenciado en Diseño Gráfico y un pintor fotorrealista que trabaja principalmente con acrílico. Desde hace más de una década ha llevado a los lienzos escenas de la vida chicana de Los Ángeles: personas que encuentra en la calle, familias, automóviles, espacios y pequeños momentos que probablemente pasarían inadvertidos para alguien que no los estuviera buscando.
Pero Carrillo sí los busca.
Los fotografía, los observa y después reproduce con una precisión que obliga a mirar dos veces para confirmar que estamos frente a una pintura.



Su trabajo parte de una técnica exigente, pero para Carrillo la destreza no parece tener demasiado sentido si está separada de aquello que quiere contar. Hoy tiene muy claro para quién pinta.
“It doesn’t matter to me what the art world wants. It matters to me what my community thinks.”
Una oración a la comunidad
Conocí personalmente a Carrillo en una exhibición en East Los Angeles, un lugar donde la identidad mexicana y chicana se reivindica todos los días y donde los referentes que aparecen en sus pinturas existen también fuera de la galería.
Tiempo después, cuando lo entrevisté para VozEs, quise preguntarle por una descripción que había encontrado sobre su trabajo: sus pinturas como una especie de oración a la belleza de su comunidad.



Carrillo sonrió y aclaró que esas palabras las había escrito alguien más. Pero no renegó de ellas.
“Yeah, it is a prayer to my community.”
Quiere que quienes se reconocen en sus cuadros sientan orgullo, fuerza y seguridad en quienes son.
Muchas de las personas que pinta salen precisamente de esa comunidad. Carrillo se acerca, se presenta y les pide permiso para fotografiarlas. Después, cuando les enseña ejemplos de lo que hace, algunas vuelven a estrecharle la mano. Es un gesto pequeño, pero él lo recuerda porque percibe en esa segunda reacción una especie de orgullo.
Pintarlos, dice, es su manera de devolver algo.
Esa intención ayuda también a entender la especificidad de sus imágenes. Carrillo no parece interesado en construir una versión de la cultura chicana fácilmente digerible para todo el mundo. Le interesan precisamente esos elementos que alguien de la comunidad puede reconocer inmediatamente como propios.
Durante nuestra conversación surgieron, por ejemplo, los lowriders, parte inseparable de la historia visual y cultural de Los Ángeles.
“They’re going to be able to identify with this, and they’re going to be able to relate to it”, dijo. “It reminds us of our culture, reminds us of who we are, and it’s very specific. And that’s what I want to do.”



Aprender el orgullo
El orgullo que hoy aparece en la obra de Carrillo no siempre estuvo ahí.
Su madre había crecido en los projects y, según recuerda, en un ambiente donde también existía un fuerte rechazo hacia los mexicanos. Carrillo cree que para ella la asimilación se convirtió en una forma de navegar ese entorno. Él, nacido en Estados Unidos, absorbió parte de la misma idea a través de la cultura que consumía: películas y programas de televisión donde Estados Unidos aparecía siempre como el más fuerte y los demás como inferiores.
Su propia vida lo obligó después a cuestionarlo.
Carrillo habla sin rodeos de haber formado parte de una pandilla y de haber pasado tiempo en prisión. También señala esa experiencia como parte del proceso que terminó desmontando las jerarquías raciales que había aceptado de joven.
“Nobody’s better than anybody”, dijo al recordar esa etapa. “Nosotros tenemos gente fuerte, gente inteligente.”
Hay algo importante en conocer esa historia al mirar sus pinturas actuales. El orgullo chicano presente en ellas no proviene de una identidad que siempre estuvo resuelta. Carrillo tuvo que regresar a ella.
Entre lo cotidiano y lo incómodo
Su obra, sin embargo, no se limita a documentar la vida cotidiana.
Carrillo utiliza también objetos de la cultura popular —juguetes, figuras comerciales, símbolos reconocibles de la cultura estadounidense— para construir escenas fotorrealistas con una lectura política mucho más incómoda.
Cuando le pregunté si alguna vez había provocado ese tipo de reacción con sus pinturas, recordó una obra en la que incorporó la Estatua de la Libertad con referencias al Ku Klux Klan y otra surgida de su investigación sobre la violencia ejercida contra los pueblos indígenas durante la colonización española.
Es una parte de su trabajo muy distinta, al menos a primera vista, de las escenas comunitarias. Aquí aparecen muñecos, objetos comerciales y elementos de una iconografía estadounidense que Carrillo reorganiza para hablar de racismo, violencia, historia y poder.
La apariencia casi lúdica de esos objetos contrasta con los temas que coloca frente al espectador.



No resulta extraño que entre los artistas que han influido en su trabajo aparezcan nombres tan distintos como Francisco de Goya, Norman Rockwell, George Bellows y William Bliss Baker. En Carrillo conviven precisamente esos dos impulsos: observar la vida cotidiana y utilizar la imagen para decir algo sobre el momento histórico en que se vive.
Él mismo lo resume de una manera mucho menos complicada: quiere pintar sobre todo, desde un plato de fruta hasta los problemas sociales relacionados con la condición humana.
Una trayectoria construida desde Los Ángeles
Carrillo comenzó a exhibir su obra en 2012 y desde entonces su trabajo ha pasado por espacios como el Autry Museum of the American West, el Southwest Museum of the American Indian, Los Angeles Municipal Art Gallery, Ontario Museum of History and Art, Museum of Latin American Art (MOLAA) y Caltech, además de galerías y espacios culturales en el condado de Los Ángeles.
Su relación con el arte tampoco se limita al lienzo. Ha trabajado como instructor de arte, participado en proyectos de restauración y producido escenografías de gran formato. En 2016 curó su primera exposición, WHAT I SEE, en Avenue 50 Studio, y al año siguiente co-curó MAN OF THE PEOPLE, una muestra en homenaje a Edward Roybal realizada en Tranquilo Gallery, en la Placita Olvera.
También ha regresado como invitado a su antigua preparatoria en Bell Gardens para conversar con estudiantes, responder sus preguntas y compartir con ellos su propia experiencia.
Es difícil separar estas actividades de aquella afirmación que hizo durante nuestra entrevista: le importa lo que piensa su comunidad.
La mano detrás de la imagen
Hacia el final de nuestra conversación llegamos a un tema inevitable para cualquier artista que trabaja hoy desde el fotorrealismo: la inteligencia artificial.



Carrillo no rechaza automáticamente las nuevas herramientas. Puede entender el uso de Photoshop o incluso de imágenes generadas con inteligencia artificial como referencias dentro de un proceso creativo. Para él, la diferencia está en lo que sucede después.
Un artista puede utilizar una herramienta digital para resolver una referencia que no tiene y después construir su propia obra. Lo que cuestiona es entregar por completo ese proceso a una computadora: escribir una idea, presionar unos botones y dejar que la inteligencia artificial produzca el resultado.
“That’s like cheating”, dijo.
La discusión resulta especialmente interesante frente a sus pinturas. El fotorrealismo de Carrillo puede producir por un instante la duda de si estamos mirando una fotografía. Pero detrás de esa precisión hay un proceso manual deliberadamente lento: construir la composición, trabajar con cuadrículas, observar la referencia y reproducir detalles con acrílico hasta conseguir la imagen que busca.
No se trata solamente de demostrar que puede hacerlo.
Carrillo se define como un comunicador visual y quiere que quien entre a una galería encuentre una razón para detenerse frente a su trabajo. Después de más de una década exhibiendo, su aspiración sigue siendo bastante sencilla: dejar pinturas que hayan valido el tiempo de mirarlas.
En una época en la que producimos y descartamos imágenes a una velocidad cada vez mayor, quizá esa sea también una forma de resistencia el detenerse, mirar, y pintar a las las personas que están alrededor.
Y hacer que alguien de su propia comunidad pueda encontrarse frente a uno de esos cuadros y reconocerse ahí.
Conoce más de su obra en: https://www.artcart9.com/
Fotografías cortesía del artista.
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