Teddy Espinales: también tenemos derecho al arte

By Sorayda Díaz

Teddy Espinales tenía siete años cuando llegó a Nueva York en 1987. Sus padres habían emigrado antes que él, primero su madre, cuando todavía no cumplía un año, y después su padre. Cuando finalmente pudieron llevarlo con ellos, Teddy llegó a una ciudad que en aquellos años tenía una enorme galería desplegada frente a sus ojos: las calles.

Sus padres no acostumbraban visitar museos ni galerías, pero era la época del graffiti en Nueva York y aquellas fueron, dice, las primeras obras de arte que recuerda haber visto.

“Yo considero que esas son las primeras piezas de arte que yo vi. Arte callejero.”

También estaban los lápices de colores, el papel para calcar y los libros de Disney que sus padres le compraban. Recuerda especialmente The Fox and the Hound y aquellas imágenes de la vida rural estadounidense que, desde el Bronx, le parecían pertenecientes a un mundo completamente lejano.

Antes de que el arte se convirtiera en una práctica consciente, ya le había dado algo importante: una identidad. Entre los niños del Bronx que destacaban por jugar básquetbol, fútbol americano o por otras razones menos inocentes en la cuadra, Teddy era el que sabía dibujar, el que podía hacer graffiti.

Era “el artista”.

La palabra llegó antes que las exposiciones y mucho antes de que él mismo pensara seriamente en mostrar su trabajo.

Durante la adolescencia regresó a Ecuador y estudió la secundaria en Portoviejo, Manabí, la ciudad costera de donde es originario. Dibujaba constantemente y también bailaba, representando a su escuela durante varios años, aunque el arte visual seguía siendo para él algo más cercano a un hobby.

A los 18 años volvió a Nueva York para estudiar la universidad y esta vez el viaje se sintió distinto. Ya conocía Estados Unidos y hablaba el idioma, pero dejaba atrás seis años de vida en Ecuador, amigos y familiares. Fue entonces cuando el dibujo comenzó a servirle para algo más.

“Esos primeros sketchbooks muestran eso, como ese desahogo que yo podía tener por medio del arte.”

Teddy habla del arte como algo que aparece especialmente cuando la vida se complica, una herramienta casi terapéutica que le permite procesar aquello que no siempre puede explicar de otra manera.

“Siempre en momentos difíciles, pues de una manera u otra he tenido mi arte y me ayuda a exorcizar o procesar cosas que estoy sintiendo.”

Aunque trabaja principalmente con retratos, lo que intenta representar no está necesariamente en el rostro, sino adentro. “Mi arte es muy interior”, dice.

Quizá por eso le interesan tanto las imágenes de personas que parecen olvidarse por un momento de que alguien las está observando. Entre sus referencias están las fotografías de Francis Wolff y particularmente sus retratos de músicos de jazz concentrados, intentando resolver algo o completamente perdidos en su proceso creativo.

Teddy tampoco suele sentarse frente al lienzo con todo resuelto. Puede tener una paleta de colores que descubrió mirando el trabajo de otro artista y después buscar una fotografía hasta encontrar aquella con la que siente alguna conexión. Aprendió temprano que dibujar es mucho más placentero cuando existe una relación con aquello que uno está mirando.

Trabaja mucho con carbón y acuarela, dos materiales que le permiten conservar algo que considera fundamental: la textura. No le interesa que una obra quede tan pulida que desaparezca la mano que la hizo.

“Me gusta que una pintura se note como una pintura, que un dibujo se note como un dibujo.”

Con la acuarela encuentra además libertad para incorporar salpicaduras y efectos que pueden responder a lo que está sintiendo mientras trabaja.

Su entrada al circuito artístico de Charlotte llegó bastante después. Cuando regresó a Nueva York para la universidad, una novia fue la primera persona que reparó seriamente en los dibujos que Teddy hacía en sus cuadernos y lo llevó a Pearl Paint, la enorme tienda de materiales de arte que durante años fue una institución en Manhattan. Ahí comenzó a experimentar con distintos medios y tomó clases de teoría del color, diseño gráfico y dibujo.

Años después se mudó a Charlotte y, alrededor de 2013 o 2014, otra persona volvió a darle un empujón. Su novia de entonces inscribió una de sus obras en una exposición sin decirle. Teddy llegó nervioso a Hart Witzen Gallery, entonces en NoDa, para la primera exhibición de su vida.

Quedó en tercer lugar.

Ese reconocimiento le dio el impulso que necesitaba y poco después se acercó a otros artistas locales, participó en los primeros encuentros de OBRA y comenzó a mostrar su trabajo en Charlotte.

Hoy Teddy continúa exhibiendo en la ciudad y forma parte de Ventanas Culturales, un proyecto de ENLACE CLT que acerca la obra de artistas latinos a distintos espacios de Charlotte. Pero cuando hablamos de lo que significa para él crear desde la experiencia inmigrante y latina, la conversación se fue hacia algo mucho más cotidiano.

Teddy piensa en algo que ha observado muchas veces, incluida su propia familia: llegamos a este país y aprendemos rápidamente a concentrarnos en el trabajo, las responsabilidades y las metas, mientras otras partes de nosotros van quedándose para después.

“En la comunidad hispana no siempre nos damos la oportunidad para sentarnos y reflejar”, afirma.

Teddy habla del derecho a crear incluso cuando crear no parece productivo, cuando no paga una cuenta, no resuelve un trámite ni responde a ninguna de las urgencias que tantas veces acompañan la experiencia migratoria.

También tenemos derecho a esa parte de la vida.

En este momento, sin embargo, Teddy está recurriendo al arte por una razón mucho más personal.

Su madre, Margarita, había muerto el 27 de mayo de este 2026, después de vivir durante ocho años con un diagnóstico de cáncer.

“Ahora mismo la persona que soy, pues es una persona que está atravesando ese proceso, tratando de descubrir cómo es mi vida ahora.”

Cuando muestra la obra en la que está trabajando actualmente, un autorretrato y de su cuerpo nacen margaritas, queda claro el homenaje a su madre.

“Creo que ahora mismo es la obra que más me representa”, me dijo.

El joven que dibujaba para procesar la tristeza de haber dejado Ecuador y el hombre que ahora intenta entender la ausencia de su madre siguen recurriendo al mismo lenguaje.

Tal vez por eso tampoco le interesa que sus obras sean demasiado perfectas. Después de trabajar tres o cuatro capas, cuando siente que una pieza está cerca de terminar, se hace una última pregunta: ¿qué falta? Es entonces cuando aparecen las salpicaduras, las marcas y esos gestos más expresionistas que deja para el final.

Teddy quiere volver también a enseñar. Ya ha impartido talleres de retrato para adultos y quiere retomarlos, esta vez con un interés particular en trabajar con la comunidad latina.

Quizá ahí se encuentre con alguna de esas personas que todavía recuerda el cuaderno que dejó de comprar hace veinte años.

Y quizá también ahí vuelve a aparecer aquel niño que llegó al Bronx y encontró sus primeras obras en los muros de Nueva York, el que descubrió entre sus compañeros algo que podía ser suyo y terminó siendo conocido simplemente como “el artista”.

El arte le dio a Teddy una identidad mucho antes de que supiera qué hacer con ella. Décadas después, espera que alguien se detenga frente a una de sus obras y encuentre, aunque sea por un instante, esa misma posibilidad, un:

«Yo también puedo«.

Fotografías cortesía del artista.
Conoce más de Teddy en su instagram


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