Mi Virgen, mi identidad

La Guadalupana nunca me pidió que creyera en ella.

México se encargó de enseñarme a quererla.

By Jacobo Strimling

No crecí creyendo en santos ni deidades. Desde pequeño me dijeron que solo existía un Dios, uno que estaba en todos lados y lo veía todo. Sin embargo, al vivir en un país donde la mayoría profesa la religión católica, Jesús siempre fue una figura familiar, pero aún más lo fue la Virgen de Guadalupe. Ella sí que estaba en todos lados.

Resguardada en un altar, aparecía sobre las aceras, en cada mercado, en estampas pegadas a los parabrisas de los taxis, en pequeñas figuras colocadas junto a una caja registradora, en medallas que colgaban del cuello de alguna mujer o en imágenes iluminadas por una vela detrás de una ventana. Siempre, como acongojada, mirando hacia abajo, pero sí, viéndolo todo.

En la Biblia que leí no se menciona a la Guadalupana. Por eso nunca le recé ni le pedí nada. Era, y es, ajena a mi religión. Mas no por eso dejé de respetarla y de admirar la veneración que despertaba.

Recuerdos de conmoverme ante el amor que irradiaba tengo muchos. Recuerdo, por ejemplo, a un grupo de mariachis cantando frente al altar de un sitio de taxis, no un 12 de diciembre, fecha en que se conmemora su aparición, sino un 10 de mayo, Día de las Madres. Recuerdo también a un vendedor ambulante besando el colgante con su imagen cada vez que el semáforo se ponía en rojo, como para mantener la fe de que vendería al menos un ramo de flores durante ese lapso.

Y, sobre todo, recuerdo esas largas y masivas procesiones por el Paseo de la Reforma para llegar a la Basílica, donde se le honra, se le pide y se le agradece.

El poder que tiene me pareció verlo cuando visité una extinta fábrica de colchones después de un incendio. Toda la construcción y lo que había dentro se había reducido a cenizas; sin embargo, la pared donde estaba colocado su altar parecía intacta. Allí estaba ella, rodeada de flores. Su mirada descendía, serena y triste, como si conociera las preocupaciones de quienes la observaban.

Yo tendría unos catorce años. Ya había celebrado mi Bar-Mitzvah, lo que, según la tradición judía, me convertía en un “hombre judío”. Pero quizás fue en ese momento cuando, de manera inconsciente, me hice judío guadalupano.

En voz alta lo dije, y me lo dije, por primera vez unos diez años más tarde. Lo asimilé, confieso, después de conocer que Diego Rivera solía decir: “Yo soy ateo… pero soy, eso sí, guadalupano”. Aquellas palabras del muralista mexicano me hicieron entender que la Virgen de Guadalupe trasciende lo religioso y que es, probablemente, uno de los símbolos más poderosos de la identidad mexicana.

Aprendí a reconocerla como se reconoce algo que forma parte de uno, aunque no pertenezca a sus propias creencias. Porque ella estaba ahí antes de que yo pudiera cuestionarla y siguió estando, apareciendo en nuestra conciencia colectiva como una madre simbólica, cercana y protectora.

Porque la Virgen de Guadalupe representa, ante todo, el amor de una madre: un amor incondicional que protege, acompaña y permanece. Eso le expliqué a mi preocupada y muy enfadada mamá cuando llegué a su casa vistiendo su imagen sobre mi pecho.

“Veo en ella tu amor. Es también la representación de una buena madre judía”, le dije. “Es esa presencia que abraza en los momentos difíciles y ofrece esperanza cuando parece que todo se ha perdido. Cariñosa y protectora, así como tú, madre mía”.

“No es que me esté cambiando de religión”, le aseguré.

Con el tiempo, no solo lo entendió; creo que también empezó a verla de otra forma: como un poderoso símbolo maternal de nuestra cultura mexicana. La Virgen representa la protección, la ternura y el consuelo de una madre que acompaña a sus hijos, especialmente en los momentos de dolor, incertidumbre y necesidad.

En ese entonces no conocía la historia de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, y, para ser sincero, me hubiera gustado no haberla escuchado nunca. Eso de que lo que pedía era un templo donde la adoraran no me cuadraba con la imagen de humildad, caridad y compasión que yo había construido de ella.

“¿No estoy aquí, que soy tu madre?”, pregunta en uno de los pasajes más conocidos de la tradición guadalupana. Una frase que parece decirnos que podemos acudir a ella sin miedo y sin condiciones.

En los inicios de mi carrera profesional la pinté por primera vez, a mi estilo artístico, y participé con mi obra en la Bienal Guadalupana, una exposición colectiva que se celebra en México desde 1985 y que reúne obras de decenas de artistas nacionales y extranjeros interesados en la reinterpretación, la crítica, la devoción o el análisis del ícono de la Virgen de Guadalupe.

Mi “Morenita del Tepeyac” es una de millones de reinterpretaciones de su figura que, a lo largo de casi cinco siglos, personas de distintas épocas y corrientes han realizado para hablar no solo de fe, sino también de identidad, mestizaje, lucha y pertenencia.

Hablando de lucha, durante mi adolescencia entendí que la religión se parece un poco a la Lucha Libre.

“Sabes que no es de verdad, pero te lo crees”, decía.

Cuando uno mira una pelea con enmascarados como El Santo, Blue Demon o Rey Mysterio, en el fondo sabe que aquello que está viendo es una representación. Los personajes tienen nombres, historias, rivalidades y una narrativa perfectamente construida. El golpe está coreografiado, el resultado puede estar decidido de antemano y, sin embargo, cuando el luchador cae contra la lona, el público grita, se emociona, se indigna y decide si le va a los rudos o a los técnicos.

Con esta comparación no digo que la religión sea una mentira. Hablo de la necesidad humana de creer en aquello que sabemos que pertenece al territorio de la representación, del símbolo y de la imaginación.

Nuestras experiencias religiosas necesitan de imágenes, historias, símbolos y rituales para hacer visible aquello que no podemos ver. La imagen de la Guadalupana es pigmento sobre una manta. Y, sin embargo, nos comportamos frente a esa representación como si hubiera algo más detrás de ella. Ahí aparece la capacidad humana de convertir una representación en una experiencia real.

Creemos en la religión porque necesitamos que las historias nos ayuden a comprender la vida. Y aunque esto difiere de la Lucha Libre, donde fingimos creer para disfrutar de la historia, en ambas se producen emociones reales a partir de representaciones: euforia, consuelo, esperanza, miedo, orgullo y pertenencia.

Y ahí es donde la comparación deja de ser una provocación, que nunca ha sido mi intención, y se convierte en una reflexión sobre la naturaleza misma de la fe.

Tal vez creer no significa necesariamente aceptar que todo lo que vemos es literalmente cierto. Tal vez significa aceptar que un símbolo puede contener una verdad que no es literal.

La Virgen de Guadalupe es un buen ejemplo de esto.

Podemos preguntarnos si realmente apareció ante Juan Diego, si la imagen es milagrosa o si los acontecimientos ocurrieron exactamente como los cuenta la Iglesia Católica. Pero, después de casi quinientos años, hay algo que ya no necesita demostración: la imagen existe y ha producido una realidad cultural, emocional e histórica extraordinariamente poderosa.

Existe en la memoria. Existe en el paisaje. Existe en esa necesidad que tenemos los mexicanos de llevar algo de nuestra tierra con nosotros. Yo, judío guadalupano, no soy la excepción.

En mi verdad, aquí sí, literal, la Virgen de Guadalupe ha formado parte de quien soy porque ha estado ahí desde siempre, acompañando mis recuerdos, mis pérdidas y mis esperanzas.

Y ante todo, para mi es la representación visual de alguien que pertenece a un lugar, pero que ha aprendido a vivir en otro.  En ese sentido, podemos interpretarla como un símbolo del mestizaje cultural que produce la migración.

Con veinticinco años viviendo fuera del país que me vio nacer, la Virgen de Guadalupe me acerca a México cada vez que la veo. Es origen, memoria, protección y pertenencia.

Fue en Charlotte donde acudí por primera vez a una misa en su honor. Una noche del 11 de diciembre, en víspera de la celebración de su aparición en el Cerro del Tepeyac, cuando todavía se realizaba en el Coliseo de Independence Boulevard.

El masivo y comunitario evento comienza con el desfile de todas las banderas latinoamericanas, con el que se honra a la Reina de México y Emperatriz de las Américas. Se incorporan expresiones culturales como una danza azteca, bailes folclóricos, representaciones de las apariciones y, por supuesto, comida tradicional mexicana.

Todo ello hace que la celebración deje de ser únicamente una conmemoración religiosa para convertirse también en una declaración de pertenencia.

Al dar la medianoche, le canté junto con todos los asistentes “Las Mañanitas”. Lo hice con profundo sentimiento y con el orgullo de ver cómo, a través de la Guadalupana, se recreaba un pedazo de “mi casa” en tierra extranjera.

En años subsiguientes he vuelto a vivir la experiencia y he honrado su imagen a través de nuevas expresiones artísticas.

Sigo sin pedirle nada. No hace falta. Ella, incondicionalmente, me da paz y esperanza. Me conecta con mis raíces y me hace recordar que tengo una madre que me ama tal y como soy, con mis virtudes, mis defectos y mis visiones distorsionadas de nuestra religión.


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