(Y lo agradezco)
Por Monica Villegas
Es verdad, me quedé despierta más de lo habitual para ver las estrellas.
Era noticia nacional: la galaxia de Perseo iba a salir a desfilar en el cielo. Quería estar en primera fila.
Las precauciones que tomé para no perdérmelo eran una gran taza de café, una silla en el patio y la aguerrida disposición de no cerrar los ojos.
Porque aún soy de las personas a las que el café las relaja, lejos de mantenerme los ojos abiertos.
A las doce de la noche, el cielo tenía una oscuridad elegante, al menos donde yo vivo, que casi siempre es así.
Pero las estrellas, las que siempre están ahí y con las que casi nunca hablo porque se robaron mis deseos, estaban diferentes.
Brillaban diferente.
Titilaban presumidas, como si ese día se hubieran vestido de lentejuelas y salieran a festejar algo muy de ellas.
Y yo, con el cuello torcido, viendo hacia arriba, en pantuflas y pijama, esperaba la lluvia de Perseidas.
Reclamaba en mi mente que debí viajar al este.
No, mejor al noreste.
¿Al sur?
No sé…
Hablaba en voz alta como mi abuela.
—¡No se van a ver! ¡Está muy nublado! ¡Mejor vete a dormir!
Últimamente nadie nunca quiere ver el cielo.
Pero yo me aferraba a no moverme, mientras recitaba gratitud por lo que tenía que hacer al otro día.
Ay, debí poner música o algo para disfrutar el momento…
¿Por qué tardan tanto?
Debí acostarme de espaldas al suelo para no terminar con tortícolis.
En fin… casi me rendí.
Y de repente, un destello azul.
Demasiado veloz.
¡Zuum!
Salió del firmamento y se esfumó.
Y yo quedé tan impresionada, algo inquieta, sin pestañear, esperando ver las demás.
Y se volvieron a tardar.
Me rendí.
Me fui a dormir, con el reloj en la mano, para volver más entrada la madrugada.
Estaba dormida, con la ansiedad de que algo no estaba viendo, cuando abrí los ojos de golpe.
3:13 de la mañana.
Y entre mi mente y caminar hacia el patio otra vez decía:
—Ay, no. Ya no las vi. ¿Qué hago despierta?
Prenderé una luz.
Me da miedo.
Pero recordé que debía estar oscuro para aprovechar el espectáculo galáctico, único e irrepetible en muchos años.
Salí valiente al patio.
Ni siquiera podía abrir los ojos del sueño que sentía, pero sí me sentía loca.
Pensaba también que la oscuridad de esa hora era más densa, más insostenible.
Y aun así di el paso hacia el patio, sin fijar la vista alrededor.
No vaya a ser que haya un ladrón o un loco y me quiera atacar.
Quizás un gato.
O un ratón.
Lo sé, son tonterías.
Alcé mi vista al cielo.
Y seguía igual.
Una fiesta de estrellas presumidas.
Y yo sin poder ver nada.
De repente, di un paso hacia atrás para ver mejor.
Pero sin voltear…
sentí en la pierna que alguien me tocó.
Era la silla.
La que había dejado ahí, en medio del patio, y que no pude ver porque estaba oscuro.
Así que pegué el grito de mi vida.
Corrí hacia mi cama, cerré con llave y me metí bajo las colchas, pensando que no se iba a notar que estaba nublado.
Resignada a esperar otro siglo o verlo en la mañana en las noticias.
No pude ver la lluvia de estrellas.
Solo vi una estrella.
Y lo agradezco.
Me desvelé.
Buenas noches.
Y amanecí con tortícolis…
y la lista de deseos otra vez,
guardada en el cajón.
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