By Sorayda Díaz

Uno de los primeros sonidos que Claudio Ortiz recuerda no viene de un instrumento. Era niño, tendría cinco o seis años, estaba recostado sobre su papá durante una reunión familiar mientras la gente cantaba y, con la cabeza apoyada en su pecho, podía sentir la voz rebotando dentro de él.
Foto tomada para LatinX Portraits por John Mejia
La imagen sigue ahí muchos años después, quizá porque antes de aprender acordes, ritmos o géneros, Claudio conoció la música de esa manera: como algo que se escucha, pero también se siente en el cuerpo.
En su familia cantar era algo cotidiano. Su madre venía de una familia musical, tocaba guitarra y mandolina, y había crecido cantando junto a sus hermanos en la iglesia; sus padres se conocieron en Venezuela, donde su abuelo materno, un misionero pentecostal, había iniciado una congregación. Claudio y su hermana Lisa crecieron entre esas historias y sonidos, aprendiendo casi al mismo tiempo a hablar y a cantar, tanto que todavía hoy, cuando hay un cumpleaños familiar, suelen celebrarlo enviando canciones a varias voces.
También hubo clases de violín, aunque en la adolescencia aparecieron el rock y el punk y con ellos las ganas de cambiarlo por una guitarra. Su mamá le enseñó un acorde de sol y Claudio hizo el resto de oído, buscando canciones, experimentando y tratando de inventarse sus propias maneras de tocar. Durante mucho tiempo, reconoce, tuvo más curiosidad que disciplina para estudiar música formalmente; quería probar antes que aprender las reglas.
Con los años esa relación cambió. En sus veintes comenzó a escuchar con más atención la música que había acompañado a sus padres, descubriendo la complejidad de ritmos que antes simplemente formaban parte del paisaje familiar y entendiendo que, para mezclarlos, primero tenía que conocerlos.
“Uno no puede romper las reglas si uno no sabe cuáles son las reglas”, dice, una idea que parece explicar bastante bien su manera de hacer música: estudiar la tradición sin sentirse obligado a permanecer dentro de ella.
Ese recorrido terminaría pasando por varias bandas y experimentos musicales junto a Lisa. Hubo folk, rock, cumbia, percusión, saxofón, teclados y sonidos difíciles de colocar dentro de una sola categoría; de una experiencia surgía la siguiente y, poco a poco, también una certeza: había espacio para una música latina que no tuviera que sonar exactamente como se esperaba que sonara.



Con «Chócala» comenzaron a explorar esa posibilidad de manera más intencional y descubrieron algo que después sería fundamental: su música podía conectar con públicos muy distintos. Había latinos que reconocían algo propio en ella, pero también personas que no hablaban español y llegaban por el sonido; podían tocar en un bar pequeño y después presentarse en un museo o incluso en la residencia del gobernador de Carolina del Norte, donde Chócala fue uno de los grupos invitados en 2019 para celebrar la música creada en el estado. Claudio describe esa capacidad como lanzar “una malla inmensa” que consigue recoger públicos que aparentemente no tendrían mucho en común.
De aquella experimentación nació eventualmente Bravo Pueblo, el proyecto que hoy comparte con Lisa y el guitarrista Lisandro Herrera. Para Claudio, trabajar con ellos trajo una libertad distinta, no solamente porque podían hablar en español o compartir referencias culturales, sino porque muchas ideas ya no necesitaban traducción. “No tenemos que explicar de dónde viene la idea”, cuenta.
El nombre, propuesto por Lisa, viene de las primeras palabras del himno nacional venezolano, Gloria al Bravo Pueblo, aunque la música que hacen se resiste a quedarse dentro de una sola geografía. Ahí caben las raíces venezolanas y puertorriqueñas de Claudio, los sonidos que escuchó en casa, el punk y el rock de su adolescencia, la electrónica, la percusión y todo lo que ha ido recogiendo en el camino. No parece interesarle resolver esas influencias para que encajen limpiamente unas con otras; precisamente de la mezcla surge su lenguaje.
Quizá por eso tampoco resulta extraño que su vida se mueva entre disciplinas que, a primera vista, podrían parecer distantes. Claudio lleva alrededor de quince años trabajando como terapeuta de masaje, estudió fisiología del ejercicio y ha participado en proyectos comunitarios donde se cruzan bienestar, música, arte y naturaleza. Más recientemente ha profundizado también en el estudio de la percusión, particularmente las congas, acercándose ahora con paciencia a tradiciones musicales que de joven habría preferido descubrir simplemente experimentando.
Cuando le pregunto si encuentra una relación entre trabajar con el cuerpo y hacer música, Claudio no duda demasiado. Para él todo termina conectado por una intención similar: aportar algo positivo a la persona que tiene enfrente, ya sea a través de sus manos o desde un escenario.
“Iba a decir que esto suena muy hippie, pero es que yo soy hippie”, dice riéndose.
Detrás de la broma hay una convicción que atraviesa su manera de entender lo que hace. La música no tiene que ignorar lo difícil para generar alegría; puede hablar de cosas pesadas y, aun así, hacer que alguien quiera bailar, algo que Claudio reconoce profundamente en las tradiciones latinoamericanas. “¿Cómo se supera esto? Vamos a superarlo bailando”.
Tal vez por eso aquella primera memoria de la voz de su padre permanece tan clara. Antes de conocer las reglas que después aprendería a romper, antes de las guitarras, las bandas, las congas o Bravo Pueblo, Claudio ya había experimentado algo esencial sobre la música.
No solamente entra por los oídos.
A veces comienza en el pecho y desde ahí encuentra la manera de quedarse.
Fotos tomadas del Instagram del artista
Learn more from Vozes de Expresión
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
